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Chernóbil, 30 años después de la catástrofe

Mientras los científicos llegan a un consenso sobre los daños por la gran explosión de 1986, la región recibe a turistas.

26 de abril de 2016

Cuando de Kiev, la capital de Ucrania, se sigue por unas dos horas hacia el norte, la postal de una Unión Soviética de 1986 se hace más viva. “Avanzas y vas viendo menos coches, pocas personas, construcciones más antiguas y abandonadas. Luego, te quedas con carreteras largas, bosques y, de repente, te dicen que estás en los alrededores de Chernóbil, en unos pequeños pueblos estancados y deshabitados, donde la naturaleza se devoró las plazas, los templos, los edificios y la historia”.

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Así lo recuerda ‘Ogmias’, un abogado español que bajo ese seudónimo, que prefiere conservar por exigencias de su trabajo, viaja y escribe en blogs de viajes sobre lugares extremos, aunque a veces se lo reprochen.

En abril de 2013, convencido de que aquello vergonzoso que la humanidad no ignora, jamás lo repite, estuvo en la zona, la misma que en la madrugada del 26 de abril de 1986 fue escenario del peor accidente nuclear de la historia, cuando pruebas de suministro eléctrico en el reactor 4 de la planta de Chernóbil generaron una explosión, obligaron a la evacuación de 116.000 personas y provocaron cientos de muertes posteriores por la exposición a material radioactivo: Mientras el Organismo Internacional para la Energía Atómica (Oiea) habla de 4.000 defunciones, Greenpeace dice que solo en Bielorrusia, Rusia y Ucrania el accidente causó alrededor de 200.000 entre 1990 y 2004.

Vea aquí: Chernóbil: 30 años después de la tragedia

Hace 30 años nadie pensaba que fuera posible regresar. Sin embargo, en Chernóbil y lugares cercanos se adelanta un proyecto de limpieza por un costo de 2.300 millones de dólares que tres décadas después ha permitido, con cierto recelo, organizar tours de la catástrofe, tal como lo hizo ‘Ogmias’.

“Todo el tiempo, los guías te dicen que si sigues las reglas, como no tocar, comer o beber nada, tu salud no estará en riesgo”, le dijo el bloguero a EL COLOMBIANO, y agregó que antes de partir a Ucrania consultó con el Consejo de Seguridad Nuclear de España que le aclaró que si ese país es miembro de la Organización Internacional de la Energía Atómica, las autoridades deben tener muy claro si hay o no peligro de visitar la zona.

Dominik Orfanus creó en 2009 Chernobyl Wel, una agencia de viajes especializada en visitas guiadas a la central nuclear y a los pueblos abandonados, que incluyen hotel, estancias hasta por dos días, exposiciones de historiadores y testimonios de víctimas del accidente.

El emprendedor eslovaco le aclaró a EL COLOMBIANO que los guías llevan a los visitantes por rutas donde previamente se ha medido el nivel de radiación, donde está probado que hubo descontaminación y donde han calculado por cuánto tiempo se puede exponer una persona sin comprometer su bienestar.

De igual forma, los guías llevan geigers, unos instrumentos para medir en tiempo real la radioactividad, más alta en cercanías al punto donde estaba el reactor 4 y en Pripyat, la llamada ‘ciudad fantasma’, construida en 1970 por la Unión Soviética para ostentar que podían crear una urbe “perfecta” y donde residían los trabajadores de la planta.

“En Pripyat te impacta ver que todo aquello que podrías encontrar en la cotidianidad está completamente destruido allí. Puedes ver un templo neoclásico, un parque de atracciones, una guardería con sus juguetes, un supermercado, teatros, todos como a punto de acabarse por la maleza y el abandono”, narra Orfanus, para quien al final, el hecho de que en la zona del impacto aún vivan unas 700 personas —que aunque son constantemente examinadas por el gobierno, pueden llevar una vida—, le deja “sensaciones fuertes” a quienes la visitan:

“De repente, te das cuenta de que aquello que es realmente importante para ti, como el lugar en el que vives, es frágil y vulnerable a cualquier tragedia. Pero sería mejor si los colombianos lo ven con sus propios ojos, así que son bienvenidos”.

El impacto nunca termina

Si bien en la mayoría de los cinco millones de personas residentes en zonas contaminadas por el desastre la exposición a radioactividad no excede de los límites recomendados, unas 100.000, sobre todo de Ucrania, Bielorrusia y Rusia todavía reciben dosis altas y son susceptibles a enfermarse.

Jaya Mohan, oficial del Comité de las Naciones Unidas para los Efectos de la Radiación Atómica (Unscear, por sus siglas en inglés), explica que desde el accidente se ha producido un aumento sustancial de la incidencia de cáncer de tiroides entre las personas expuestas. En gran parte, dice que ese grupo consumió leche durante los primeros meses después del accidente, leche que había sido contaminada con yodo radioactivo. “Antes de 2005, observamos más de 6.000 tipos de cáncer de tiroides solo entre menores 18 años que estuvieron al momento del desastre”, le dijo el experto a EL COLOMBIANO.

No obstante, Mohan advierte que es necesario un análisis epidemiológico cuidadoso que analice otros factores para concluir adecuadamente sobre esa tendencia. Lo mismo considera Jonathan Cobb, de la Asociación Mundial Nuclear, para quien los Efectos psicológicos del accidente y la evacuación posterior fueron “mucho más perjudiciales que los efectos de las dosis de radiación recibidas”, y anota que desde el desastre, muchas plantas y animales —como caballos salvajes, jabalíes y lobos—, han aumentado su reproducción. “Aunque esto se debe principalmente a la ausencia de personas en la región de influencia, nos muestra que todavía no podemos concluir de forma positiva o negativa sobre la radiación”, explicó.

En un punto medio del debate está Frank Boulton, fundador de la Campaña Médica contra las Armas Nucleares y especialista que ha estudiando a decenas de pacientes con leucemia, posiblemente relacionada con la radiación de Chernóbil y otras exposiciones a ese material. Su conclusión, según le dijo a este medio, es que ha sido imposible corroborar desde la ciencia una relación real entre cáncer y radiación nuclear, más allá de un 1% de incidencia que encontró entre varios trabajadores de centrales.

Para él son justamente las opiniones diversas las que han dificultado un consenso y, por lo tanto, tomar medidas más drásticas.

Lo que para él es claro es que “no tener energía nuclear es la única forma de evitar estos accidentes”, y advierte que esa fuente energética se hace cada vez más obsoleta con la consolidación de nuevas, como la eólica y la solar.

De Chernóbil a Fukushima

Hace treinta años, el desastre nuclear de Chernobyl puso fin al mito de “energía nuclear segura”, y hace cinco años, el 11 de marzo de 2011, se hizo evidente que la humanidad no aprendió la lección cuando ocurrió lo mismo en Fukushima, Japón.

“Estas dos catástrofes ejemplifican el enorme sufrimiento humano, los efectos sobre la salud que ocurrirán a través de generaciones, y la destrucción del medio ambiente causada por la cadena nuclear durante los últimos 70 años. A partir de la extracción de uranio, la producción de energía y de armas, cada parte de la industria, causa un daño inconmensurable que hay que detener ahora”, expuso Barbara Hövener, de la sede en Berlín de la Federación de Global de Físicos por la Prevención de la Guerra Nuclear.

Desde otra orilla argumenta Joonhong Ahn, profesor de Ingeniería Nuclear en la Universidad de California. “En Chernóbil, el accidente se produjo por un mal diseño del reactor nuclear y su operación incorrecta e ilegal, por la mala ingeniería y la negligencia de la seguridad en el nivel más fundamental. Estos pueden ser los resultados de la cultura del antiguo socialismo soviético”, aseveró.

No obstante, sobre el caso de Fukushima, el experto le dijo a EL COLOMBIANO que los reactores estaban muy bien diseñados y operados con fiabilidad. Más bien, fueron causas externas, el tsunami y no el terremoto, las causantes.

“Las olas limpiaron todo el sistema necesario para enfriar y llevaron al desastre. Tal vez el error fue no imaginar que podría ocurrir una catástrofe con estas dimensiones en ese justo lugar”, agregó.

Así las cosas, para Ahn no hay razón para pensar que hay que dejar de utilizar la energía nuclear.

“Si sopesamos los riesgos, vemos que los combustibles fósiles nos llevan irremediablemente al calentamiento global. En cambio, la humanidad es capaz de desarrollar tecnologías y ciencias para minimizar los daños de la nuclear. Es cuestión de un reto que debemos asumir”, advirtió.