Histórico

El país de los árboles locos

01 de enero de 1900

  • Fragmento de un nuevo libro. En él hay misterio y sutileza...
Buscando la locura de los árboles visité muchos países y comprobé que no hay criatura más extraña en este mundo que los seres humanos. Otra noche, mi ángel, te hablaré de los humanos.

Te contaré la historia del sabio monje chino que viajó catorce años para buscar un libro. Te hablaré de la reina que estuvo cautiva en la isla de los monos. Te diré las leyendas del diente más venerado que existe sobre la tierra. Te contaré la historia del intrépido hombre que consiguió robarlo, pero lo perdió luego. Te hablaré de la pestaña que destruyó un imperio. Te contaré la historia, descabellada y triste, del científico loco Cornelio van Kerrinken. Te hablaré de la bruja más bruja que ha existido y del ogro más malo. Esta noche es de árboles, mi jardín perfumado.

En Bombay conocí al hombre girasol, un monstruo ciego y flaco de piernas atrofiadas. Buscando claridad, una cierta mañana, ese hombre silencioso alzó la vista al sol. Al principio lloraba, sus ojos le dolían, algunos aseguran que era posible oír como se achicharraban. Pero el hombre girasol no se rindió. Mantuvo la tenacidad de su mirada puesta en el astro rey. Siguió su ascenso hasta la cúpula del mediodía. Lo vio disminuirse hasta la noche con un gesto ardoroso y triunfal. Muchos pensaron que ahí acababa todo. Pero al día siguiente apareció de nuevo, se sentó en el mismo sitio, y esperó la salida del sol.

Al final de ese día estaba ciego. Los curiosos lo vieron moverse titubeante como un pollo recién salido del cascarón. Supieron que tendrían que ayudarlo a levantarse, que tendrían que cargarlo hasta su casa.

?Mañana, temprano?, gritó el hombre cuando todos se alejaban. Cuando lo conocí, llevaba quince años cumpliendo su cita cotidiana. Sus vecinos se turnaban para traerlo y llevarlo. Ya no había altanería en sus gestos. Ya ni siquiera hablaba. Sólo cumplía con gozo contenido la tarea de seguir la tibieza con el rostro.

En Birmania encontré a un hombre en cuyas manos hacían nido los pájaros. Un jueves de noviembre, este hombre caminaba muy cerca de su casa cuando sintió deseos de rascarse la axila.

Quizá exageró un poco y elevó todo el brazo, quizá encontró placer en rascarse y rascarse, lo cierto es que mantuvo su mano muy en alto el tiempo suficiente para que un arrendajo pensara que esa mano era el lugar preciso para armar una casa.

El pájaro probó la consistencia de esa rama, notó que vibraba pero que parecía firme y salió apresurado a buscar un hierbajo. El hombre no recuerda por qué mantuvo el brazo en alto. A veces piensa que no había terminado de rascarse, que rascarse era cada vez más delicioso y que ni siquiera notó las primeras visitas del arrendajo. Cuando quiere dar fe a esta versión de los hechos, concluye que cuando ya terminaba de rascarse, notó que el nido ya estaba avanzado y sintió que era su deber seguir así hasta que los críos nacieran y volaran.
Cuando está de otro ánimo, cuando quiere otorgarle a su vida otro sentido, el hombre recuerda haber notado al arrendajo desde la primera vez. Ya ni siquiera tenía ganas de rascarse, pero mantuvo el brazo en alto porque supo, súbitamente, como si un relámpago lo hubiera iluminado, que su papel sobre la tierra consistía en acoger en sus manos los nidos de los pájaros.

Cuando los nuevos pajaritos volaron, el hombre decidió que era hora de bajar el brazo. Pero no pudo hacerlo. Todas sus coyunturas, desde el hombro hasta las falanges, parecían soldadas. Es posible que hubiera podido restituirle el movimiento a su extremidad, si antes no llega un sinsonte y nota en su mano alzada las propiedades ideales, y hasta la materia prima, para hacer un nido.

El hombre también tiene dos recuerdos sobre la forma como su otro brazo terminó acogiendo nidos. En su primer recuerdo, la indignación lo llevó a su condición actual. Cuando el sinsonte empezó a recomponer el nido del arrendajo, el hombre alzó el otro brazo al cielo en señal de protesta, o al menos de pregunta, con tan mala suerte que en ese momento pasó un azulejo y decidió que esa mano levantada era apropiada para construir un nido.

Según su otro recuerdo, cuando vio lo que hacía el sinsonte, el hombre volvió a tener una revelación sobre su tarea y alzó el brazo libre hacia el cielo en espera de otro pájaro.
Ahora este hombre nunca baja los brazos. Cuando lo visité me pidió que lo rascara un poco en la axila derecha, cosa que hice lo mejor que pude. Al final de nuestro encuentro, levantó sus cejas muy tupidas para decirme adiós.

Cuando ya me daba por vencido, cuando empezaba a creer con firmeza que Mia Swenson había mentido o delirado, que no había tal país de tales árboles, cuando ya empezaba a ir y venir de un lado a otro de la tierra -como antes fui entre libros-, alimentando mi curiosidad sobre los árboles, pensando que volvía a mi vieja obsesión sin saber la razón de la misma, llegó a mi rescate el marinero desdentado.

Puede resultar irónico que hable de rescate, si digo que cuando conocí a mi salvador él estaba perdido en una borrachera descomunal, al fondo de un bar de mala muerte en la Isla de los Pepinos. Yo había ido hasta allí para ver los árboles que se acuestan para dormir, pero el encuentro con ese hombre cambió mis intenciones y mi vida. Esta historia no sería esta historia si yo no hubiera entrado a ese lugar, si no hubiera fijado mi atención en las sonoras carcajadas, en la paradoja de su dentadura blanquísima y perfecta.
Al principio mi interés radicaba en esos dientes que exhibía con estruendo y orgullo. Me resultaba extraño que todos en aquel sitio lo conocieran como el marinero desdentado. Yo lo miraba desde la barra, presidiendo su mesa, dueño absoluto de todas las historias. A veces la embriaguez lo vencía y pegaba la frente a la mesa y roncaba, pero volvía a la carga y yo esperaba a que dejara salir sus risotadas para ver si faltaba al menos una de las treinta y dos piezas. Pero no faltaba nada.

En ese asombro estaba cuando lo vi poner su pierna de palo sobre la mesa y decir orgulloso: ?Está hecha con madera del país de los árboles locos, un sitio del que sólo regresan unos pocos?. Siento que pasó una eternidad antes de que yo pudiera ser consciente de lo que había escuchado. Entendí que era la confirmación que buscaba desde que me fui de Princeton. Dos personas hablando de lo mismo lo hacían real. Era real entonces el sitio de la tierra donde mi vida entera tendría claridad.

Busqué la manera de integrarme a la charla, esperé a que el marinero desdentado volviera a despertar, aproveché su sueño para mirar de reojo la extraña turbiedad de la madera de su pierna. Supe que por más que lo intentara, jamás conseguiría imaginar la manera como ese lugar me daría respuestas. El marinero desdentado alzó la cara, pero se veía tan borracho que parecía difícil que siguiera hablando. Algunos se levantaron y se fueron en busca de otras diversiones. Ocupé una butaca a su lado y le dije:
?Disculpe, señor. Quiero saber un poco más del país que ha mencionado?.
?¿País??, dijo él. ?¿De qué país hablas? Deliras, muchacho?.
?Hablo del país de los árboles locos?.
?¿De qué??, dijo el marinero desdentado con los ojos perdidos, alzando las cejas, tratando con ese movimiento de tener el rostro en alto.
?Del país de los árboles locos?, insistí, paciente, convencido de que no sería fácil, pero también de que no había otra alternativa que esperarlo, procurar que saliera de su bruma de licor.

El marinero dejó caer la frente sobre la mesa y empezó a roncar. Me sentí triste y desconsolado. El mundo me pareció un lugar exageradamente grande, mi soledad exageradamente triste y la vida, una cosa demasiado absurda para poder justificarla.

Ahora sólo estábamos los dos en esa mesa. Decidí que lo sacaría de ese lugar y que procuraría devolverle la sobriedad. Cuando logré pasar un brazo suyo por mi espalda y levantarlo, el dueño del local vino a cobrarme todo lo que se había consumido en esa mesa desde hacía tres semanas, y tuve que pagarle.