Histórico

El patrón de Naranjal

JOSÉ DOMINGO GARCÉS Naranjo, terrateniente culto, innovador y condecorado por Hitler, murió solo, atendido por una empleada.

08 de agosto de 2010

Nadie pudo contar jamás el monto de su fortuna. Ni él mismo, dicen sus sobrinos segundos. Tuvo más de 367 propiedades; plata en el banco; un laboratorio en el que desarrolló y patentó 120 medicamentos; una fábrica de loza y, al mejor estilo del Tío Rico, una espaciosa habitación en la que atesoraba lingotes de oro, libras esterlinas y una alucinante cantidad de joyas. Su diversificado imperio le dio para ser uno de los diez hombres más ricos de Medellín del siglo pasado. Pese a ello, murió como un pobre solitario, custodiado por una empleada del servicio, mientras otros disfrutaban las mieles de su riqueza.

Así de gloriosa, y a la vez triste en su despedida, fue la existencia de José Domingo Garcés Naranjo, el hijo que José Domingo Garcés Mejía y Matilde Naranjo Uribe tuvieron un 17 de abril de 1895.

Su niñez y juventud fueron cómodas. "Dominguito", como llamaban a su padre, tenía buenas tierras, cacharrerías e importaba mercancías. Gracias a esa holgura dos de sus hijas, Amelia y Magdalena, estudiaron en Europa. Pedro Pablo no llegó a los 30, pues murió a manos de un cochero al que le rechazó un trago de licor. Julio César fue el primer contador del Ferrocarril de Antioquia. A estos hermanos, y también a Julia, Ángela y Clementina, los enterró José Domingo Garcés Naranjo. Él fue el último en morir, un 14 de mayo de 1977, y sus despojos mortales fueron depositados en una fosa del Cementerio San Pedro, que nadie sabe ubicar. La soledad de sus últimos días era hermana mayor del abandono. A sus sobrinos segundos no los dejaban acercársele, por temor a que al entonces anciano, y declarado interdicto o inhábil mentalmente, le cogieran firmas en documentos para bajarlo de alguna de sus pertenencias.

"Dominguito" tuvo un revés económico, sin que por ello sus hijos aguantaran hambre. Buena parte de la herencia recibida por su hijo José Domingo incluía la extensa finca de Naranjal, situada en el barrio que hoy lleva ese mismo nombre, y El Pantano, en donde ahora están La Alpujarra y el Teatro Metropolitano. El aún muchacho fue agrandando sus propiedades, unas veces comprando muy barato y otras, dicen algunos de sus parientes, tumbando a sus mismos hermanos. Sus dominios incluyeron propiedades en el centro de la ciudad y en lo que en la actualidad es el barrio la América.

Era un terrateniente culto. Hablaba francés, inglés, italiano y alemán. Le gustaban la poesía, los buenos trajes y los mejores carros. Era dueño de Turingia, una de las más apetecidas casas de verano de El Poblado. Sabía de medicina, química, arquitectura, finca raíz, comercio e industria, pero su mayor obsesión era cómo ganar más y más dinero.

De su genio hablan bien los productos farmacéuticos que inventó en el Laboratorio Garcol. Célebres fueron el Urol, medicamento para el hígado y los riñones, premiado en Europa, y el Sangrol, raro nombre para un reconstituyente. Sus medicinas las exportaba a países como Alemania, de donde, a su vez, importaba maquinaria y equipos. Hay quienes dicen que como fruto de esa relación comercial con los germanos fue reconocido con una medalla de plata que recibió de manos de Adolfo Hitler, antes de que se iniciara la Segunda Guerra Mundial. Otras versiones dicen que el reconocimiento fue por haber sido el único sobreviviente en el accidente de un dirigible, en Alemania, que llevó a su familia a realizarle, completa, la novena de difuntos. Lo único cierto es que nadie tiene la bendita medalla.

También dicen varios de sus mismos herederos que Garcés Naranjo fue uno de los primeros traficantes de narcóticos, pues conseguía coca en Bolivia, la enviaba a tierras alemanas y de allí traía sustancias prohibidas, con lo cual suena más a contrabandista que a narco.

Como buen "pelión" le dio gran brega al Municipio. Desafió durante 26 años a los burócratas con la construcción del edificio Colón, violando presuntamente normas urbanísticas. Al final ganó y, "de pura pica", en ese momento paralizó la obra.

"Le dolía mucho pagar impuestos", recuerdan familiares que tratan de justificar su alergia fiscal en el hecho de que la municipalidad no le pagaba lo justo cuando le expropiaba fajas de tierra para ampliar vías. Luchaba de frente y sus abogados se limitaban a firmar los memoriales que él mismo redactaba.

Olfateaba oportunidades en donde otros solo veían problemas. En 1932 estalló la guerra entre Colombia y Perú. El Gobierno Nacional pidió cacao, o mejor, las joyas de los ciudadanos para financiar los costos del conflicto. A muchos el patriotismo se les ahogó en el corazón, porque le vendieron sus joyas a José Domingo, quien las compraba por kilos, las metía en talegos de arroz o en viejos barriles de vino, y las ponía al lado del oro y las libras esterlinas.

Esa guaca la tenía en casa de "Mamá Matilde", en un cuarto al que no entraba ni su esposa. Los que sí entraron allí, pero a la fuerza, fueron los cacos, quienes por poco lo matan, de dos golpes en la cabeza, cuando intentó frustrar el robo.

No fue la única vez que escapó de la muerte. En otra ocasión se cayó de un edificio que construía, porque un obrero, cegado por la ira, le colocó mal un andamio; aunque los cables de la energía le ayudaron a amortiguar la caída, su cabeza se estrelló contra el piso tapizado de rocas, lo cual obligó a realizarle la primera trepanación de cerebro en Medellín.

También tuvo un accidente de tránsito en Ecuador; fue secuestrado, amarrado en un árbol y golpeado; y tuvo un derrame cerebral que por poco lo deja tullido, pero a fuerza de voluntad volvió a caminar.

La vida le dio muchas cosas a Garcés Naranjo. Pero le negó la dicha de tener hijos con su esposa Libia Restrepo Maya, hija de un ex gobernador de Antioquia. Otros, en tal circunstancia, se vuelven sumamente generosos con sus sobrinos, por ejemplo. No fue el caso de José Domingo. Para unos fue avaro en extremo con sus parientes. Otros, más indulgentes, destacan que no era pendejo y no le regalaba nada a nadie. Sin embargo, uno de sus sobrinos terminó manejándole la fortuna, de una manera que se convirtió en fuente de disgustos. O en la maldición de los Garcés, porque esa riqueza ha motivado demandas y desaveniencias que siguen vivitas y coleando.

Los 17 sobrinos segundos del hombre que llevaba consigo hasta 200 llaves de sus propiedades, son hoy por hoy dueños del 26 por ciento del área neta de Naranjal, el barrio que está a un par de minutos del centro administrativo de Medellín y en donde se promueve un ambicioso plan de renovación urbana de 700.000 millones de pesos.

Aunque aún subsisten reservas en uno que otro miembro del clan, los Garcés le apuestan a la transformación de Naranjal. Su decisión es sensata. De un lado, porque sus 14.697 metros cuadrados están representados en 30 predios, de los cuales apenas ocho están saneados. Los restantes 22 tienen problemas jurídicos, incluyendo demandas entre parientes.

De otra parte, porque esta es una ocasión propicia para que cada uno de los descendientes sepa realmente cuánto tiene, pues hay bienes en los cuales hasta diez primos y hermanos comparten la propiedad. Adicionalmente, porque se van a poder quitar de encima una culebra de más de 500 millones de pesos que le adeudan en impuestos al Municipio de Medellín.

Como si fuera poco, ya no seguirían perdiendo parte de su legendario patrimonio, pues ellos estiman que en los últimos 20 años les han robado en Naranjal 5.000 metros cuadrados.

Detrás de tantos números hay algo: los Garcés son pieza clave para remozar a Naranjal. Si ellos, como los mayores jugadores, se meten, otros propietarios pensarían que el negocio es bueno, mientras que los inversionistas verían una clara señal de la viabilidad del proyecto. No se equivocan. En la llamada Unidad de Actuación Urbana (UAU) número 2, el 65 por ciento de los predios es de los Garcés. En la UAU 4 su peso es del 45 por ciento y en la UAU 3 controlan el 34 por ciento del territorio.

A los Garcés se les apareció la virgen. Claramente su fortuna ya no es tan fabulosa como la que en su momento amasó José Domingo. Aquí ya no hay cuartos repletos de morrocotas, lingotes de oro y joyas preciosas. Pese a ello, es muy probable que algunos de los sobrinos segundos puedan tener su desquite, comprando esos grandes tarros de galletas que disfrutaba, en solitario, un excéntrico tío terrateniente al que prácticamente tenían prohibido acercársele.