Sense, diez años de sacar el arte de los museos
El colectivo está compuesto por mujeres profesionales. Cada año el tema de reflexión está conectado con el medio ambiente.
La artista y gestora cultural Carolina Daza está convencida que el arte ayuda en la transformación positiva del mundo. Y cree que lo hace cuando el conocimiento pasa de la cabeza al cuerpo. Es decir, cuando los números de las hectáreas de bosques talados y las cifras del calentamiento global dejan de ser solo datos de la razón y se convierten en motores de las emociones.
“Solo a través de la emoción vamos a movilizar a la acción, vamos a hacer algo afuera”, dice Carolina, sentada a pocos metros de una quebrada que camufla entre sedas el ruido de Medellín. Ese paso a la acción, en el caso de Carolina, consiste en el diseño y gestación de Sense, un proyecto relacionado con las artes expandidas, que tiene la intención de poner en la discusión ciudadana los temas del medio ambiente.
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Fuertes mensajes
Todo este asunto —que puede parecer abstracto— adquiere peso y sentido en cada uno de los eventos que durante una década ha diseñado el grupo de Carolina. En el más reciente Sense, por ejemplo, el grupo quiso recordarle a la gente algo muy simple y poderoso: el río Medellín, que atraviesa parte de la geografía de la capital antioqueña, estuvo ahí antes de la fundación de la ciudad y seguirá ahí después de que muchos de nosotros no seamos más que polvo y recuerdo.
Por ese motivo, las artistas se vistieron de colores y caminaron unos kilómetros por la vera del río. “Fue un acto simbólico de decir ‘vamos a reconocer el río, a volverlo a nombrar, a acercarnos a él, a suavizar sus verdades y sus historias’. Este es un río olvidado, canalizado, un río del cual todos dependemos. Esas aguas son las mismas que atraviesan nuestros cuerpos, pero estamos completamente desconectados del ciclo del agua”, dice Carolina. El Sense X comenzó el 1 y fue hasta el 10 de octubre.
El tipo de arte que cultiva Sense es el efímero y consiste en intervenciones o performances realizados en espacios no convencionales que toman por sorpresa a los caminantes de la ciudad y pretenden dirigir la mirada a temas y escenarios invisibles por la rutina. Las integrantes del colectivo han danzado en el Aeropuerto Olaya Herrera, en el puente de Guayaquil, en el Parque de la Frontera, en Matelsa, en una casa patrimonial en Manila, en el Claustro Comfama y en otros lugares de Medellín. Ellas buscan que cada evento contamine lo menos posible, por esa razón no imprimen afiches ni volantes para dar a conocer la programación. Acuden al voz a voz y a la difusión en redes sociales para publicitar sus actos.
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El colectivo está compuesto por mujeres profesionales que, en su mayoría, se acercaron a las clases de yoga que Carolina dirige en Humanese, un laboratorio cultural ubicado en San Lucas. Allí las participantes han gestado los eventos en el fuego lento de la conversación y el estudio. Y han dejado que sea la misma realidad la que les muestre los temas de sus actos artísticos. Al hablar del origen del Sense de este año, Carolina señala la quebrada y dice: “hace unos meses, estaba aquí con mi hija en brazos, y esa quebrada se creció luego de un aguacero con granizo. Pensé, entonces: “esto es el cambio climático” y me dije que había que hacer algo”.
Luego de esto, Carolina habla de los resultados que ha tenido el proyecto en una década. A renglón seguido compara el trabajo de Sense con el de esparcir semillas en los campos. A veces los frutos no son muy visibles ni se dan con rapidez, pero casi siempre se dan. El gran fruto de este proyecto es el de introducir en la agenda de la ciudad los problemas del medio ambiente. Y hacerlo desde las lógicas del arte y no con el lenguaje de la política o de la burocracia.