En La Ceja celebran el centenario de Manuel J. Bernal, el compositor del jingle navideño de Caracol
El músico antioqueño deslumbró al frente de varias orquestas. Además, compuso bambucos importantes del repertorio nacional.
Periodista, Magíster en Estudios Literarios. Lector, caminante. Hincha del Deportes Quindío.
El espíritu sopla dónde y cuándo quiere. Esa es la conclusión a la que llego al oír la historia de Manuel J. Bernal, un músico nacido el 2 de febrero de 1924 en La Ceja. Aunque el nombre no le diga mucho a la gente que está por fuera del ámbito de la música andina, la sola alusión de una de sus composiciones despierta la nostalgia de varias generaciones de colombianos.
Manuel J. fue quien, a mediados de los años cincuenta del siglo pasado, le puso música a una letra de Jaime Trespalacios que dice así: “De Año nuevo y Navidad, Caracol por sus oyentes, formula votos fervientes de paz y prosperidad”. En efecto, el paisa es uno de los cerebros detrás del jingle navideño más antiguo del mundo.
En una oficina de la Secretaría de Salud de Antioquia, una tarde de enero, el médico Guillermo Alejandro Bernal hace el relato del talento musical de su tío. Para él todo se remonta a Samuel Bernal Patiño, un campesino “patiancho” -la expresión es de Guillermo Alejandro-, que a principios del siglo veinte recibió el encargo del cura párroco de La Ceja de cantar en unos servicios religiosos para honrar a la Inmaculada Concepción. En pago por el trabajo, el cura inscribió al labriego en las clases de armonio de José María Bravo Márquez y Jaime Santa María Vasco. “Cuando el papá se ponía a estudiar, el muchachito Manuel J. iba mirando y cuando el papá se paraba del teclado, el muchachito se ponía a estudiar. Y resulta que salió más talentoso que el papá”, dice con visible orgullo Guillermo Alejandro.
Le puede interesar: Historias de la primera reportera gráfica paisa
Manuel J. Fue bendecido por las musas de la genética. Según sus allegados, su destreza musical se debe a que tuvo oído absoluto. De manera simple se puede describir al oído absoluto como la capacidad que tiene el 1% de la población mundial de identificar la altura tonal en cualquier ruido. Aunque no es un rasgo privativo de los músicos, muchos compositores e intérpretes de primer nivel han contado con este rasgo. Quizá los casos más conocidos sean los de Wolfgang Amadeus Mozart, María Callas, Jimy Hendrix y Charly García. Las anécdotas relacionadas con el oído absoluto están en los límites de la leyenda.
La de Manuel J. ocurrió en un concierto de la Ópera de Rio de Janeiro, que se presentó en el teatro Junín de Medellín en 1962. Allí el paisa dirigió un montaje de La Traviata, después de cerrar la partitura de su atril. Por ese derroche de talento, el grupo lo invitó a Brasil para dirigirlo. Esta historia la cuentan los familiares del músico para sostener que Manuel J. fue un fuera de serie.
El comienzo de la carrera
Antes de que los reflectores se fijaran en él, Manuel J. fue músico de la parroquia de La Ceja y luego fue el organista de la iglesia de Abejorral. En 1946 viajó a Bogotá, donde estudió órgano con el padre Egisto Giovanetti. Allá estuvo hasta 1948, el año en el que el país se desmadró tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Manuel J. se radicó en Medellín y estudió piano con Luisa Manighetti. Muy pronto fue fichado para tocar este instrumento en la Orquesta de La Voz de Antioquia.
El siguiente paso en su ascenso meteórico lo dio en 1951, cuando fue nombrado director de esa agrupación. Dicho puesto le permitió liderar una de las orquestas más completas de la radio nacional e interactuar en los escenarios con artistas de la talla de Celia Cruz, Matilde Díaz, María Luisa Landín, Leo Marini y Pedro Vargas. Es decir, compartió escenario con las estrellas de la época dorada de la radiodifusión. “En esos años, Manuel J. era toda una personalidad en Medellín”, dice Guillermo Alejandro. Para dar una idea de la celebridad que alcanzó su ancestro, el sobrino lo compara con el renombre que tienen hoy Karol G., Maluma o J. Balvin.
El talento de Manuel J. no se limitó a la dirección y la interpretación. Uno de sus trabajos compositivos más interesante fue Misa colombiana, un disco en el que le dio sonidos nacionales a la liturgia más importante del catolicismo. También compuso los bambucos Jorge Humberto y Gloria Eugenia, piezas sofisticadas del acervo cultural colombiano. Fue precisamente esta faceta de compositor la que inspiró el libro Manuel J. Bernal, una investigación de Guillermo Alejandro que trae las partituras de las obras emblemáticas del músico.
Le puede interesar: En Armenia Mantequilla los Mejía hacen quesos franceses
El volumen fue publicado con recursos de la Alcaldía de La Ceja con ocasión del centenario del natalicio del artista. “El libro muestra la trayectoria de Manuel J. Comienza con las composiciones de juventud, que hizo para su padre. Sigue con el músico en todo su brillo y termina con el músico anciano”, dice el autor.
Tras oírle la historia de su tío, le pregunto a Guillermo Alejandro por qué dedicó su tiempo libre a rescatar la memoria de Manuel J. Con los índices se señala el pecho, responde: “Mire, gracias a él el nieto de un campesino iletrado es ahora un médico egresado del CES. Cuando él tuvo dinero ayudó a sus hermanos, entre ellos a mi papá”, dice. Para los Bernal, de La Ceja, la música ha sido un asunto profesional, una pasión y camino de ascenso social. Todo eso comenzó en el coro de la iglesia, con Samuel y Manuel J.
El músico murió en Bogotá el 19 de mayo de 2004. Los últimos años de su vida los pasó alejado de los eventos musicales públicos. A fin de cuentas, el silencio también es música. Desde hace unos cuantos años, en La Ceja se realiza el Festival de Música Andina Manuel J. Bernal, un evento que convoca a los más diestros intérpretes colombianos de pasillos, guabinas y bambucos.