Una familia le pone el pecho a la defensa del Páramo del Sol
Una historia familiar está detrás de la protección de este apetecido destino, amenazado por el turismo.
Soy periodista porque es la forma que encontré para enseñarle a mi hija que todos los días hay historias que valen la pena escuchar y contar.
La noche lateral del páramo no es posible cruzarla en un solo sueño. En cada parpadeo que divide la semivigilia aparecen imágenes excesivamente nítidas. Restos del día: el cadáver de un frailejón boca abajo entre una cascada, la secuencia de una azarosa caminata sobre el agua, los colores metálicos de una roca tallada por el hielo glaciar, un abandonado uniforme militar colonizado por el moho entre pastizales, la cruz de un muerto mirando al sol.
Es fin de semana y el Páramo del Sol, en Urrao, está vacío. Después de la última orgía de basura y fuego durante la Semana Santa de 2022, no quedó más remedio que prohibir el ascenso a los turistas. Una decisión que seis meses después es acatada a medias y vista con cierto desgano por algunos de los responsables de hacerla respetar. Después de todo, mientras un negocio como el turismo es próspero para muchos, pocos se paran a detienen en los impactos a futuro.
Matilde Montañez, viuda de Navarro, es una de esas personas que siempre piensa a futuro. Y es que si el páramo sigue vivo es gracias a que, cada vez que tuvo que tomar decisiones cruciales sobre el futuro de la montaña, Matilde eligió llevar la contraria. Tomar el camino difícil.
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El Páramo del Sol y el matrimonio de Matilde tienen un vínculo indivisible.
Matilde nació el 28 de enero de 1930 en un pueblito cerca a Bogotá. Recién desempacada de la escuela de enfermería desembarcó en Medellín, donde la suerte le repartió como destino Urrao para hacer su año rural. Allí, un día en medio de un festejo en un caserón, conoció a Humberto Navarro Vanegas, un veterano de guerra metido en el robusto cuerpo de un muchacho de monte.
Humberto salió de Urrao en 1951 hacia la península de Corea. Se ofreció, junto con otros 5.000 colombianos, para pelear una guerra entre dos países que apenas si había escuchado mentar. Volvió tres años después para conocerse con la enfermera Montañez.
El padre de Humberto era un hombre de la montaña. Fue uno de los pocos que se aventuró a comienzos del siglo 20 a intentar domesticar el páramo. Humberto heredó esa vocación y tiempo después, la tierra. Luego de casarse, Matilde se adentró en la montaña. Más de seis décadas después, y a sus 93 años, todavía tiene fresca la primera escena que vio cuando ascendió al páramo: una laguna enorme del azul más fuerte que había visto, rodeada de ovejitas fantasmales que aparecían y desaparecían entre la niebla. Las imágenes que ocurren en el páramo, casi siempre, son excesivamente nítidas.
Matilde y Humberto tuvieron siete hijos a más de 3.500 metros sobre el nivel del mar, criados en una casa recóndita incrustada en un valle rodeado de nacimientos de agua y frailejones: Llano Grande.
A los 39 años enviudó. Para entonces ya era capaz de administrar las 1.000 hectáreas paramunas de su propiedad, con ganado ovino y cultivos de papa, y al mismo tiempo trabajaba en el hospital donde ayudó a traer al mundo a cientos de urraeños.
Pero cuando aparecieron las vacas flacas le llegó el momento de mostrar su lealtad a la montaña. Un día cualquiera llegaron los chilenos con la certeza de que en el subsuelo había cobre. Pusieron un cheque en blanco para que Matilde pusiera la cifra, pero la respuesta fue un rotundo no.
Con las ofertas acumuladas, varias de ellas con intimidaciones soterradas, buscó una mano aliada y la encontró en Martha Luz del Corral de Jaramillo, cuyos antepasados ayudaron a colonizar Urrao.
Martha Luz se había enamorado del páramo con las historias de su padre y de la propia Matilde sobre los osos guardianes de la montaña y las quebradas multicolores donde las truchas saltaban a las manos de las personas.
Por eso cuando Matilde le propuso venderle 500 hectáreas en junio de 1980 para darle educación a sus hijos, Martha aceptó feliz. Pero había una condición: no existiría tal cosa como una futura venta con fines de explotación de esas tierras. Se volvieron una sola familia en defensa del páramo y ni siquiera dividieron los predios.
Y aunque entonces no conocía ningún estudio científico ni tenía conocimiento detallado sobre estos ecosistemas, Matilde tenía una certeza elemental: el agua del páramo había que cuidarla. Punto. Y convencidas ambas de este propósito creyeron que habían blindado definitivamente estas tierras de amenazas. Pero no estaban del todo en lo cierto.
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Escalar el páramo, aun en las circunstancias más favorables, es una experiencia brutal, dolorosa y angustiante. Para muchos termina convertida en la prueba física más grande de sus vidas. Mitiga, pocas veces, el clima. Dicen los nativos que cuando no llueve quiere decir que la montaña recibe con los brazos abiertos a los viajeros. Casi nunca pasa.
Otros buscan atajos más problemáticos e invasivos y no siempre efectivos. Remontan a lomo de mula las gélidas praderas, el tramposo bosque de subpáramo, los cerros paramunos y los humedales camuflados.
Pero hay cosas más sencillas que ayudan a soportar el suplicio de seis horas de ascenso. Por ejemplo, dimensionar la insignificancia propia ante las piedras que se pisan y las flores que se tocan.
En eso es de gran ayuda la compañía de alguien que sepa, en realidad, el origen y la historia del páramo al que se quiere ingresar.
José Fernando Navarro, biólogo investigador de la Universidad de Antioquia, cuenta, con ritmo pausado, que el páramo es un macizo ígneo y volcánico moldeado pacientemente por tres glaciaciones que ocurrieron 10.000 años antes de Cristo. Los registros de flora existentes solo permiten retroceder hasta 17.500 años, antes que eso solo había hielo. Pero en esos 170 siglos hubo todo tipo de cambios; hubo sequías y humedales que formaron la vegetación, la hidrografía y las geoformas que hoy existen.
El complejo que constituye este páramo conforma la estrella hidrográfica más importante del norte de la Cordillera Occidental. Su intrincado funcionamiento: las peludas hojas de los frailejones que captan agua y la almacenan, las depresiones que deslizan el agua hacia las llanuras y sus complejos lagunares garantizan que diez municipios de Antioquia, otro del Chocó, y en total 116 veredas, reciban agua. Pero la mano del hombre, menos paciente, también es capaz de desatar grandes cambios.
Después del fin de 20 años de una guerra entre guerrilla, paramilitares y Ejército que despobló el páramo –y cuyos rastros todavía se perciben en camuflados abandonados y viejos letreros marcados por mensajes y balas de fusil– surgió una nueva forma de habitarlo, de explotarlo, una que, aunque se encuentra hoy en suspenso ya mostró su cara destructiva: el turismo.
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Abajo en el pueblo, en Urrao, José Fernando apunta, con acidez, que paradójicamente mientras en negocios, murales y publicidad de todo tipo se ufanan de ser el hogar del oso andino, en el páramo su huella es cada vez más imperceptible.
Hace cuatro años, Diana Navarro, hija de Matilde, una mujer fuerte como un roble e idealista como una niña, le anunció a las autoridades del municipio una decisión que les acarreó algunas enemistades. Decidieron prohibir el paso de turistas hacia sus tierras en Llano Grande, el gran santuario de los frailejones gigantes y un enclave vital para la continuidad del páramo. El resultado saltó a la vista con el regreso de los comederos de oso, el jardinero del bosque altoandino, y los rastros de otras especies como el puma.
Diana, quien reside en Estados Unidos pero encuentra la forma para subir al páramo varias veces al año, tomó las banderas de la defensa de su mamá y desde hace varios años advirtió lo que hace apenas unos meses a regañadientes reconocieron las autoridades del municipio: que el turismo sin planificación puede ser una de las formas más arrasadoras de estos ecosistemas frágiles e irremplazables.
En los últimos diez años, y sobre todo con el impulso de las redes sociales, el turismo en el Páramo del Sol prosperó con la promesa de ofrecer una experiencia alucinante rodeado por valles y cerros de frailejones con más de 500 años y flotar entre nubes en el Alto de Campanas, el punto más elevado de Antioquia, a 4.080 metros sobre el nivel del mar.
Pero nunca hubo una preocupación por regular una actividad que estaba beneficiando a muchos, tanto de Urrao como de otras partes. Hoy ni siquiera existe registro de cuántas agencias y guías operaban en el páramo.
En julio de 2022 el país conoció por primera vez los excesos, cuando la Alcaldía de Urrao y Corpourabá anunciaron el cierre en medio de imágenes que delataban kilos de basura abandonada y frailejones quemados y mutilados. Pero el problema era un secreto a voces desde hacía años y dejó anécdotas tan desoladoras como inverosímiles.
A Diana le tocó ver a más de 3.600 metros un matrimonio de unos europeos con decenas de invitados y lujos de todo tipo: licor, un arsenal de alta cocina y cómodos muebles que llegaron a lomo de mula arrasando las delicadas turberas, ecosistema todavía enigmático para la ciencia pero del cual se tiene certeza que son indispensables para regulación hídrica. mantenimiento de la calidad de agua y que poseen, además, mayor potencial para capturar carbono y combatir el calentamiento global que los propios bosques.
Las malas prácticas se hicieron habituales. Guías sin certificación para ejercer el ecoturismo que abandonaban a su suerte a los turistas, viajeros abatidos por el frío y la mala preparación, animales y personas atrapadas peligrosamente por el fango y las turberas, caminos ancestrales destrozados y hasta la muerte de un jovencito de 17 años por complicaciones de salud cuya cruz, en la mitad del campamento en la Piedra del Oso, recuerda que la experiencia en el páramo no es un divertimento a la ligera como quisieron mostrarlo muchos interesados en el negocio.
En la línea gris de este conflicto socioambiental están personas como Luis Montoya, un guía urraeño que decidió certificarse con el Sena para hacer ecoturismo con todo el rigor y quien señala que el turismo es una fuente de ingresos necesaria y estable para miles de familias en zona rural y, además, una actividad económica y social clave para cortarle el paso a la minería y a intereses de multinacionales. Pero también reconoce que el único turismo posible en el páramo, para salvaguardar el agua, es uno pedagógico, no de masas.
Al Páramo del Sol siguen entrando turistas, sin permiso y conducidos por guías no certificados. Las autoridades: policía, Corpourabá y Alcaldía hallan escudo en lo que, ciertamente, es una dificultad: la extensión del territorio. El páramo tiene ingresos, incluso, por Frontino y Caicedo.
Sobre el futuro del turismo tampoco entregan posturas concluyentes. Vanesa Paredes, directora de Corpourabá, dice que la función de la entidad no es definir si es viable o no hacer turismo en el páramo y apela a la Resolución 0496 de 2016, la cual determinó la delimitación del páramo, así como sus usos y manejo. Un ejercicio a la carrera que hizo el gobierno de Juan Manuel Santos para cumplir con la meta de delimitar los 37 complejos de páramos y cuya falta de rigor y concertación social obligó al Estado a revisar y ajustar varios de estos procesos en todo el país.
Paredes reitera que la función de la entidad no es definir la vocación turística del Páramo del Sol, pero la entidad sí tiene a cargo un estudio determinante para saber el futuro de esta actividad.
En convenio con la Universidad de Antioquia adelanta un estudio de capacidad de carga que, asegura, deberá estar listo a mitad de año, justo cuando vence la prórroga del cierre del páramo, el 30 de julio de 2023.
Expertos aseguran que en ocho meses, lo que dura el estudio, es imposible determinar con rigor y veracidad la capacidad de carga del Páramo, un complejo de ecosistemas que la ciencia lleva años intentando comprender y del cual todavía le falta tanto por conocer.
Diana, como hija del páramo, sigue con su lucha utópica y está al frente del proceso que está cerca de garantizar que 307 hectáreas de bosque nativo que posee Matilde, rico en especies en vía de extinción, sea declarado Reserva Natural de la Sociedad Civil RNSC Matilde Montañez.
Diana tiene claro que solo un acuerdo social garantizará el futuro de la montaña. Por eso toca puertas, aquí y hasta en el exterior; busca aliados, expertos en educación ambiental que ayuden a entender a todos los actores involucrados que, independiente de la orilla y el interés con el que miren hacia el páramo, el único camino posible es la defensa del agua.