Antioquia

Las tradiciones paisas que hoy son solo recuerdos de “aquellos diciembres”

Desde la caza de globos hasta la natilla de maíz en paila de cobre: así han cambiado las costumbres decembrinas.

Periodista del Área Metro.

16 de diciembre de 2023

Los recuerdos que evocan quienes dicen que aquellos diciembres nunca volverán saben a fritanga, natilla de maíz y tamal; huelen a humo de leña y papeletas; suenan a chillidos de marrano entre notas de acordeones y guitarras; se sienten como el tumulto que reza la novena alrededor de un pesebre y se ven como un cielo de azul penetrante y límpido cruzado por globos de colores.

La nostalgia es infaltable en estos días en las generaciones que vieron transformarse, o en algunos casos esfumarse, las tradiciones navideñas del arraigo paisa. Las historias de padres y abuelos remiten a una sencillez que contrasta con abundancia, a la unión de vecinos que convertían la cuadra del barrio en pista de baile y a un mes esperado con ansias todo el año y que parecía durar más que ahora.

Seguro en alguna fiesta del 24 o el 31 que se asoman en el calendario habrá a quien se le salga el relato de los diciembres de antaño, cuando no se servían pavos ni perniles bañados en salsas ni se destapaban los traídos antes de la medianoche. Estas son algunas costumbres antioqueñas de Navidad y Año Nuevo que para muchos solo quedan en el recuerdo.

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Chamizos forrados de algodón

Ángela Echeverri todavía arma un arbolito pequeño, de esos que pueden ponerse sobre una mesa. A su lado, el pino verde artificial que sostiene papás Noel y muñecos de nieve, poco se parece a los que decoraba cuando era niña. Entonces, adornaba alguna planta que su madre tenía en el jardín de la casa con algodón y bolitas de colores: “En ese tiempo no había tantos adornos como hay ahora, era muy sencillo todo. Las mismas cositas y jugueticos que tenía uno los colgaba ahí”.

El ornato de esas épocas lejos está de los elaborados árboles de ahora, lo recuerdan entre risas quienes vivieron la moda de forrar un chamizo con algodón que simulaba nieve y al que le daban color con serpentinas que giraban y bolas brillantes que se quebraban como cáscara de huevo.

Esas ramas muertas que cobraban vida tras ser adornadas permanecían en lugares visibles de la casa mientras duraban las fiestas.

Los adornos navideños se fueron convirtiendo en una forma de hacer visible la identidad decembrina. En los barrios, las cuadras se llenaban de guirnaldas y coloridas serpentinas brillantes que cruzaban de acera a acera, colgando de terrazas y balcones.

A principios de la década de los 50, la luminosidad le puso otro toque a la festividad con la decoración de tres grandes pinos con luces de colores, ubicados en La Playa, idea de familias pudientes que replicaban las costumbres de los países que visitaban.

En 1967, EPM asumió en propiedad todo el proceso para montar las luces navideñas que dieron origen a los famosos alumbrados, que este año recrean a los personajes de Disney. Desde entonces, los foquitos decembrinos fueron infaltables para iluminar barrios o árboles y corredores de quienes vivían en fincas.

Y no podían faltar, como rememoran varios, los pesebres grandes con animalitos de plástico, casitas de cartón y papel encerado o musgo, este último, especie de gran importancia ecológica que no debe extraerse de su ecosistema.

La recreación del nacimiento de Jesús, que este 2023 justo cumple 800 años en la tradición católica, alimentó la costumbre de hacer novenas masivas en calles o casas, donde se repartía comida, se cantaban villancicos y se daban regalos a los más pequeños, tras hacer la novena al ritmo de panderetas y maracas.

Ángela cree que entre los cambios de chamizos algodonados a los árboles sofisticados de hoy en día, una de las tradiciones que más se ha perdido es justamente la de darle al pesebre la importancia de antes. Otros opinan lo mismo y hay quienes cuentan que no volvieron a hacer novenas barriales porque “ya no hay tantos niños”. Lo cierto es que otros se niegan a que desaparezca la tradición, como se demostró ayer con el primer día de novenas.

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Cacería de globos

Aunque la tradición de elevar globos se ha revaluado por los peligros que implica, se asoma en las historias de nostálgicos que se deleitaban mirando decenas de formas de colores volando en un cielo que les parecía mucho más azul en diciembre. Ya fuera en el campo o en la ciudad, era habitual que los muchachos se volvieran cazadores de globos, le gastaran tiempo a perseguirlos largas distancias para atraparlos en cuanto cayeran, tal como lo recuerda Juan Bautista Correa.

Las historias cuentan que incluso los amigos apostaban plata a quién recogía más globos y algunos dicen que una vez atrapados, los doblaban con múltiples pliegues hasta lograr una pila de papeles coloridos que luego mostraban como trofeos. Otros relatan que los de más plata les amarraban billetes, con lo cual el cazador afortunado ganaba por partida doble.

Hoy, los globos de mecha son una de las prácticas prohibidas por las autoridades porque son un potencial generador de incendios en bosques y edificaciones. Tanto, que ahora los cazadores son personas contratadas por las empresas para que pasen estas fechas pendientes de que las coloridas figuras no caigan en los techos y causen emergencias.

“Antes perseguían los globos en los pueblos, la gente se iba a correr para cogerlos sin quemarse, pero hoy en día el globo es un perjuicio. Antes también la gente era más unida en diciembre, hacían fiestas y la comida era mejor. Yo quisiera volver el tiempo atrás”, cuenta Juan Bautista.

Los nostálgicos son conscientes de estos riesgos, pero no pueden dejar de evocar la imagen de la costumbre. Tal vez sea porque los remite a ese cielo que consideraban más hermoso en diciembre, que no se opacaba por las lluvias y que de noche daba su propio espectáculo de lucecitas pululando como una instalación navideña al aire libre.

Eran tiempos de marranadas

Al aire libre también solía prepararse y compartirse la comida en la fiesta navideña antioqueña. Los que traen a colación los manjares de la época lejos estaban de imaginar la transformación que tendrían los platos en diciembre. A Ángela le tocó el tiempo en que el 24 y el 31 se celebraban con una “comidita especial” que bien podía ser un sancocho de gallina.

Juan Bautista se acuerda de una predominancia típica en los festejos con preparaciones como morcilla, empanadas, chicharrón o tamales, que se hacían en las fincas o en las calles de los barrios en cantidades suficientes para compartir con los vecinos. Ahora persisten las cocinadas en la calle, con asados y sancochos, pero no es tan común que cuadras enteras se unan para festejar.

Otros ciudadanos no olvidan las marranadas, una de las tradiciones más polémicas y prohibida en la ciudad desde hace ya dos décadas por la crueldad con la que muchas veces mataban a los cerdos en vía pública.

La conciencia sobre el tema caló bien en la mayoría. Veinte años después el marrano para celebrar en diciembre sigue vigente y hasta persisten las marranadas, con la diferencia de que ya se compra la carne y no el animal vivo. Aun así, las cenas de Navidad y Año Nuevo han dado paso a una variedad de platos más sofisticados que una picada de chicharrón, chorizo y morcilla con arepa, influenciados por la cocina estadounidense, europea y hasta oriental.

Sobre el toque dulce de la celebración, algunos como Juan Bautista y Ángela creen que la natilla ya no sabe igual. Puede ser porque ahora se prepara en pocos minutos tras verterla de una caja a la olla con leche y no tiene ni punto de comparación con la engorrosa receta que implicaba moler grandes cantidades de maíz, que luego se colaba y se revolvía en la enorme paila de cobre que al final raspaban con cucharas los antojados hasta dejarla casi limpia.

No hay quien no hable de la natilla de maíz hecha en leña como uno de los símbolos del diciembre paisa, aunque muchos hoy crean que sabe mejor la de caja. Y otros recuerdan el manjar blanco, preparado con arroz molido que luego era colado y mezclado al fuego. Además, era común acompañar estos postres de buñuelos y hojuelas hechos en casa, que ahora la mayoría compra en panaderías.

Y más común aún, cuenta Lilia Estrella Ortiz, era cocinar en grandes cantidades, porque la tradición era repartirles los manjares a los vecinos, con quienes compartían el licor que no ha dejado de ser costumbre, si bien ya es poco común ver la chicha o la tapetuza, un aguardiente artesanal que amenizaba las celebraciones de antaño.

“Uno anhelaba que llegara la Navidad porque la pasábamos muy rico, esos tiempos dan nostalgia. Nos uníamos, comíamos marrano, chicharronadas, se tomaba chicha y aguardiente, se cerraban las calles, bailábamos, había mucha armonía con los vecinos”, dice Lilia Estrella.

El desfile de “traídos”

Otra de las tradiciones que muchos consideran casi perdida en los diciembres paisas es la de los traídos para los más pequeños. El tener que acostarse antes de que llegara el niño Jesús y ser vencido por el sueño mientras se trataba de tener el ojo abierto para pillarlo entrar con los regalos es una emoción casi mágica que ha sido desplazada por la versión de Santa Claus.

Algunos cuentan que en su caso los regalos, pedidos con antelación al niño Jesús, aparecían debajo de la almohada, siempre después de las 12:00 a.m. Pero otros recuerdan la escena de decenas de menores de edad en las calles del barrio jugando con los traídos el 25 de diciembre, a veces desde la madrugada, costumbre que se extendió por años y que, sin duda, se ha transformado aunque sigan existiendo los regalos, en mayor cantidad y más costosos.

Años más atrás, a Ángela, por ejemplo, le tocó de niña que la llevaran a la misa de gallo, antes de la medianoche, para conmemorar el nacimiento de Jesús. De ahí, se tenía que ir a dormir para que le llegaran los regalos, a veces estaban cuando llegaban a la casa y a veces tenía que esperar hasta el día siguiente. Casi siempre era ropa, como recuerdan también otros nostálgicos, y uno que otro juguete, como carritos, pelotas o muñecas que a veces apostaban con juegos divertidos entre hermanos y primos.

Una fiesta comunitaria

Sentados en una tienda de barrio en Envigado, varias personas hablan de los diciembres que nunca volverán con la certeza de que entre la transformación que han tenido las tradiciones, uno de los aspectos que causa más nostalgia es la unión que propiciaban estas fiestas en las comunidades.

Villancicos y la emblemática música de artistas como Los Corraleros de Majagual o Guillermo Buitrago sonaban por doquier desde antes de que llegara diciembre y ambientaba las fiestas barriales y familiares, con gente luciendo el estrén mientras bailaba en medio del ruido de la pólvora, práctica que tal vez en lugar de extinguirse se ha expandido y hoy es un problema reflejado en los 54 casos de lesionados en Antioquia, entre el 1 y el 15 de diciembre, un 38,5% más que en el mismo periodo de 2022, cuando iban 39.

Entre la complicidad del vecindario era también común hacer las inocentadas el 28 de diciembre con bromas como mandar un regalo grande que al destaparlo contenía botellas vacías o una natilla tan llena de clavos de olor que no se podía comer.

Lo cierto es que todos los que vivieron las navidades de antaño las recuerdan como una época de oro, como fechas gratas que no vivirán de nuevo, aun cuando hoy siga vigente la tradición de reunirse con familiares y amigos a celebrar los últimos días del año. Como dice la canción, algunos solamente quieren recordar esos tiempos que pasaron y que nunca volverán.

Los diciembres eran una metamorfosis del barrio: Reinaldo Spitaletta

Una de las imágenes más viejas que tengo de aquellos diciembres es la de un arbolito de navidad forrado en algodón blanco, con bolas de colores brillantes, puesto en una esquina de la sala de la casa. De pronto, el mundo comenzó a temblar y todo parecía hacer parte de un cataclismo, palabra que mamá usaba en ocasiones límite. El arbolito, apoyado en un tarro metálico de galletas, cubierto de luminoso papel celofán, se desplomó y las bolas se volvieron añicos.

Era el diciembre de 1962, un año de temblores de tierra y de caídas de catedrales. A nosotros, uno de ellos nos tumbó las ilusiones de tener un diciembre luminoso, porque, en un ataque de desesperación, la Mona (así le decían a mamá) tomó el árbol y lo tiró a una caneca de desperdicios.

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Vivíamos entonces en el barrio Manchester, de Bello, a una cuadra de la estación del ferrocarril, donde además se levantaba una ramada con una iglesia, la de Santa Inés, en la que cantaban villancicos y el 24 arrojaban voladores, no sé sabe si con el consentimiento de un cura colorado y cachetón, el padre Enrique.

En una emisora de radio, creo que era La voz de las Américas, sonaban villancicos, casi todos venezolanos, según supe después, y que nos aprendimos sin darnos cuenta, como Tutaina y El burrito sabanero, así como de Venezuela era una canción lloriqueante, que sonaba casi a la medianoche del 31 de diciembre: Faltan cinco pa’ las doce.

Entonces en la ciudad había fábricas por doquier, textileras casi todas, con pitos que tenían, sin que lo supiéramos entonces, los acentos del conductismo. En aquellos diciembres, para dar la bienvenida al Año Nuevo, sonaban esas sirenas obreras que se sumaban a las de los bomberos y a los estallidos multitudinarios de los voladores y otras pólvoras detonantes.

Aquellos diciembres, con vecinos parranderos, con “marranadas” y traídos sorpresa, eran una metamorfosis del barrio. Las calles se adornaban con guirnaldas, pasacalles de periódico recortados a modo de banderines o de papel de seda, y el cielo, día y noche, era atravesado por decenas de globos multicolores y con nombres según su forma: un chorizo, una caja, un cojín, un marrano...

Cuando en los traganíqueles de los bares de esquina sonaban Los Corraleros de Majagual, Guillermo Buitrago o temas de la parranda antioqueña, como Ya voy Toño y El camión, por ejemplo, se sabía que diciembre estaba en cocción, en calistenia, en preparación para los bailes domésticos, las natillas arduas de paila y maíz, la hechura de globos y las peticiones de traídos del Niño Jesús (Papá Noel y Santa Claus todavía no nos habían colonizado).

Aquellos diciembres, de afectos y solidaridades de cuadra y barrio, tenían deslumbramientos únicos, con olor a musgo y pesebres (nada ecológicos), donde el kitsch y las estéticas populares se conjugaban en una mezcla única de arquitecturas domésticas y dimensiones estelares.

Eran diciembres azules y en ellos, con inesperados sismos y todo, se encendía la imaginación para creer que la nieve rodaba por un arbolito navideño forrado con algodón que parecía de azúcar.