Selva adentro, así se educa en los colegios rurales de Antioquia
Acompañamos a cuatro profesores de las zonas rurales de Urrao, Antioquia, para contar cómo desempeñan su labor en medio del monte.
Periodista de la Universidad Eafit. Me gusta escribir, preguntar y sobre todo, escuchar. Mi gran pasión es contar historias y dejo que mi olfato periodístico sea guiado por la curiosidad.
Los profesores que dan clase en el monte lo dejan todo para construir sueños ajenos. Cuando se aventuran a enseñar en escuelas rurales lejanas emprenden una misión colosal: lograr que los niños que viven en comunidades cristalizadas en el tiempo tengan una nueva visión del mundo.
Para conmemorar el día del profesor, recorrimos escuelas de la zona rural de Urrao, Antioquia, pertenecientes a la Institución Educativa La Caldasia, y conocimos de cerca la historia y los esfuerzos de Yesy Mora, Hilder Vargas, Manuel Rosendo y Llirleidi Pestaña, cuatro docentes que asumieron la tarea de educar en la selva.
El camino hacia Taitá
Taitá es una vereda de Urrao, Antioquia, que no aparece en mapa alguno: no tiene carreteras ni hospital ni señal de celular ni agua potable. Para llegar, se siguen durante dos días los caminos del monte: a pie o a lomo de mula.
La escuela queda sobre un gran pastizal rodeado de árboles. Junto a ella los niños tienen el mejor patio de juegos: un río que se pierde, a lo lejos, entre las curvas del valle, con aguas cristalinas y colinas que usan como trampolines para zambullirse.
Para llegar a esta vereda, que en esencia es puro monte, el recorrido empieza antes de que amanezca. En Urrao el frío llega hasta los huesos y las nubes descansan entre las montañas. La señal de celular se esfuma comenzando el camino y nunca vuelve. Cuando el camino crece en vegetación, empiezan a verse casas abandonadas marcadas con la sigla AGC (Autodefensas Gaitanistas de Colombia).
La ruta está hecha de pantanos, riscos, serpientes, ríos, insectos y precipicios. Por momentos el camino es tan estrecho que los árboles y las lianas abrazan al viajero. Hay que abrir paso a punta de machete.
Avanzar se vuelve un acto de valentía: hay que estar alerta, pisar con fuerza, hacer equilibrio, mirar al suelo y agachar la cabeza para esquivar las ramas. Mientras tanto, los tábanos se alimentan de carne de caminante. Si no se aplastan con fuerza en el momento preciso seguirán al viajero el resto del camino.
A las ocho de la mañana los niños atraviesan la valla de la escuela de Taitá, una de las ciento cuatro que tiene el municipio de Urrao. Llegan sudando, con su uniforme azul empolvado y las botas pantaneras cubiertas de barro. Lo primero: limpiarlas en la poceta hasta que queden relucientes. Así se mantienen durante toda la jornada: cuando juegan fútbol se las quitan y patean el balón descalzos.
Mientras tanto, comienza la clase de los jóvenes. “No se dice ‘mi nombre mío es’, se dice ‘mi nombre es’”, les corrige Manuel Rosendo la presentación. Hoy, por primera vez desde 2012, hay clase en la posprimaria de Taitá, lo que hace las veces del bachillerato en el campo. Los alumnos comparten el mismo salón, aunque cursan diferentes grados.
“Ahora sí, díganme cómo se llaman y cuál es su meta para este año”, les pide el docente a los ocho asistentes, de doce matriculados. Manuel es de Vegaez, una vereda de Vigía del Fuerte, no supera los cuarenta años, es moreno, de mediana estatura, su cabello afro no alcanza el centímetro de largo y su barba rectangular en el mentón deja entrever algunas canas. Con su acento de la región pacífica y su voz fuerte, vocaliza bien cada palabra para que ningún rincón de ese salón de treinta metros cuadrados se quede sin su presencia.
El salón solo tiene tres paredes. La lluvia y los animales pueden entrar por el enorme hueco que alguna vez fue la pared trasera. Las que siguen en pie, de metro y medio, están hechas de madera. No hay ventanas. En su lugar, tablas delgadas con veinte centímetros de distancia entre sí se elevan hasta el techo. Por ellas se cuelan el viento, en medio del calor intenso, y la imagen de una enorme pradera que sirve de cancha de fútbol.
***
La educación rural les permite a los niños soñar, dice Duván Urrego, secretario de Educación de Urrao. “Soñar con ser médicos, profesores, ingenieros, astronautas o policías”. Pero ¿qué pasa después de once? La pregunta es difícil de responder, sobre todo porque muchas veredas de Urrao no tienen posprimarias y los niños están condenados a estudiar solo hasta quinto.
Un ejemplo es el Centro Educativo Rural (CER) María Auxiliadora, que queda a tres horas del pueblo, siguiendo el mismo camino hacia Taitá. Hace algunos años acogió a hasta ochenta estudiantes, pero ninguno jamás se graduó porque el bachillerato funcionó por primera vez en febrero de 2022.
“La vida es un canto de eterna belleza”, dice un cuadro que da la bienvenida a uno de los salones. Adentro decoran el salón carteles con el abecedario, números escritos en inglés y las reglas de la clase.
En los cuatro años que Yesy Mora lleva dando clase en esa escuela, solo un niño le ha preguntado qué sigue después del colegio. “Se llama Fraider de Jesús Jiménez Flórez y el papá siempre le dice: ‘Mijo, estudie, que hasta donde yo pueda, yo le voy a dar estudio’”. Fraider quiere ser profesor.
***
Hilder Vargas sumaba unos diez años enseñando en escuelas rurales cuando lo trasladaron al CER La Madroña, a cinco horas del pueblo.
Llegó con una misión: convencer a la comunidad de que necesitaban una nueva escuela. Al principio no fue fácil, pues los padres creían que para construir una escuela necesitaban mucho tiempo y dinero.
Cuando estuvieron decididos, la Junta de Acción Comunal organizó los convites para sacar la arena y la madera que necesitaban. Se demoraron doscientos jornales y, curiosamente, “el más pobre de todos donó el terreno e hizo las escrituras para legalizar la escuela”, cuenta Hilder, un hombre de piel clara y cabello canoso que bordea los cincuenta años.
Al igual que en la primaria de Taitá, la escuela está al lado de una quebrada, en medio de un pastizal. No hay tenis ni chanclas que sirvan para caminar alrededor. Con las botas puestas hay que estar atento de las culebras que se esconden entre el barro.
A simple vista la escuela parece pequeña, pero tiene todo lo necesario: un salón con pupitres y tablero; una cocina con nevera, licuadora, fogón doble a gas y un baño sin luz que hay que vaciar con balde. “Tómeme una foto aquí para que vean que tenemos biblioteca”, dice Hilder y se para orgulloso frente a una estantería repleta de libros de texto.
El salón tiene unos treinta metros cuadrados, dos tableros y afiches con números y palabras en inglés. Y aunque solo hay cuatro alumnos, el colegio es el orgullo de la comunidad.
Como queda a cinco horas del casco urbano de Urrao —cuatro a pie y una en moto—, el profesor se queda a dormir en la escuela toda la semana y los viernes viaja al pueblo para pasar el fin de semana con su esposa y sus cuatro hijos. Otros docentes de escuelas más alejadas que La Madroña viajan cada quince días o cada mes.
La primaria no necesita un laboratorio, ni una cancha de fútbol, ni más salones. Necesita un puente para que los niños pasen la quebrada: hoy solo tienen unas cuantas tablas y un cable del que asistirse.
Aunque hay sedes con el techo podrido y quince de ellas están incomunicadas, el presupuesto anual para las treinta sedes de La Caldasia es de veintidós millones de pesos. “Si quisiéramos solucionar eso, se nos iría todo el presupuesto arreglando una sola escuela”, cuenta Jorge Iván Posada, rector de la institución educativa.
***
¿Cómo enseñarles a niños que viven en la ruralidad dispersa? “A veces es frustrante, muy frustrante”, dice Yesy, y explica que el proceso de aprendizaje en el campo puede ser muy lento. Hilder señala dos dificultades: en las zonas rurales hay muy pocas herramientas educativas y a los jóvenes no los acompañan en casa. “Ellos todos los días están más atrasados porque siempre ven y viven lo mismo”.
No significa que los estudiantes no tengan capacidades; todo lo contrario: “Muchos dicen que los niños del campo no saben nada, pero ellos sí saben muchas cosas. Yo quisiera verme pegando una herradura con el fundamento y con la medida precisa; yo quisiera verme haciendo negocios como ellos, que solo con ver una vaca saben cuánto vale”, dice Yesy.
***
A la manera de los gitanos que visitaban Macondo, los docentes les llevan un pedacito del mundo exterior a los niños, y en vez de mostrar los inventos en una carpa, los venden en la tienda del colegio. Con paquetes de papitas, galletas, helados, gaseosas, yogures y dulces, los niños conocen algunos productos que se comen en el pueblo, un lugar lejano y desconocido para la mayoría.
“Cada familia puso un case de cinco mil pesos para el primer surtido y así yo no les tengo que estar pidiendo plata para actividades o para cosas que necesite la escuela”, cuenta Llirleidi Pestaña, la profesora de la primaria de Taitá. Con ese dinero también les hacen una fiesta navideña y les compran comida y regalos.
En una de esas reuniones, Yesy les llevó perros calientes a los niños, un manjar que nunca habían probado. “Uno de ellos me fue diciendo: ‘esto está tan bueno que provoca guardarlo e írselo comiendo de a pedacitos para no acabárselo de un solo tajo’”.
Los niños se alimentan de arroz, ñame, maíz, yuca y plátano. La proteína es escasa, de vez en cuando comen huevo si tienen gallinas en la finca. Muchas veces, los mismos profesores les preparan la merienda a los niños. A Hilder, por ejemplo, le da pesar que sacien el hambre con la lonchera fría e intenta remediarlo comprándoles galletas. No es que el plan de alimentación escolar (PAE) no funcione; sí lo hace, pero este año apenas se implementó a finales de marzo. En algunas escuelas, los niños llevan a sus casas el paquete de alimentos; en otras, las mamás se turnan para ir a cocinar.
***
Para que los niños y jóvenes no dejen el colegio, los profesores hacen milagros. En el monte es más importante la asistencia que la exigencia. Cuando los alumnos viven a dos o tres horas de camino, o cuando les toca empezar a trabajar, los docentes negocian con ellos para que vayan unos cuatro días a la semana y les dejan tareas.
***
En el campo, la niñez se esfuma rápido. Cuando los niños terminan el quinto grado y no hay una posprimaria cerca, “son adoptados en el trabajo laboral —comenta el rector— y a algunas niñas de diez o doce años las mandan a vivir con hombres porque, simplemente, ya no tienen nada más que hacer”. Como Yuli Aidé, que llegó a la reunión del colegio bañada en sudor. Su edad no era fácil de descifrar. Tenía la piel morena, tersa y una mirada triste. No caminó sola desde su casa, cuarenta minutos, hasta el colegio; lo hizo con un bebé en los brazos.
—¿Es tu hijo?
—Sí, se llama Geiber.
—¿Y cuánto tiene?
—Dos meses y medio.
—¿Y tú?
—Catorce.
Yuli Aidé no había ido a estudiar, sino a una reunión de la Junta de Acción Comunal. Ella solo estudió hasta quinto grado y no se pudo matricular en sexto porque todavía no había un profesor asignado para la posprimaria.
“A diario que me veía me saludaba toda eufórica: ‘¿Profe, sí va a empezar la posprimaria?’. Y yo le decía: ‘Estamos gestionando’. Cuando por fin pude mandar el listado de los niños que se iban a matricular, ella me dijo: ‘Profe, ya no puedo porque tengo marido y no sé si me va a dar permiso’”, cuenta Yesy. Pasado el tiempo, su esposo le dio permiso, pero ya estaba en embarazo.
***
Los caminos que van del pueblo a las escuelas no son ajenos al paso del ser humano: de tanto en tanto aparecen latas de cerveza, paquetes de papitas y bolsas entre los arbustos y las piedras. Una buena parte del camino son extensos prados que alguna vez estuvieron repletos de árboles, pero los deforestaron para la ganadería y la agricultura.
“El otro día estaba con un alumno haciendo un ejercicio de sujeto y predicado y comencé con palabras de su contexto: gallina, marrano, camino... Luego dije palabras que suponía que no conocía, como Rusia, Ucrania y camarón, y el niño me salió con que ‘en Rusia hay una guerra’”.
Por eso, cuando los niños por momentos escapan de las limitaciones que su entorno les impone y se preguntan qué hay después de la posprimaria o qué pasa a 12.658 kilómetros de su vereda, profesores como Yesy, Llirleidi e Hilder sienten que levantar salones, montar tiendas y construir sueños ajenos tiene sentido.
Los profesores más allá de enseñar a leer, escribir, sumar y restar, desempeñan la colosal labor de formar buenos seres humanos.