¿Por qué se desgarró el Cerro Bravo en Venecia y Fredonia, en el Suroeste antioqueño?
Vecinos de la quebrada La Tigra, en la parte alta del Cerro Bravo, sintieron hace una semana que la montaña vibró y rugió antes de llevarse todo a su paso.
Administrador sin ejercicio y periodista sin sección
Hay palabras que suenan a lo que significan: susurro, redundante, fractura, desgarro. Desgarro suena a algo que se rompe por dentro y hace un ruido que también viene de adentro. Desgarro y no derrumbe ni deslizamiento ni avalancha ni avenida torrencial es como debió llamarse lo que sufrieron el martes de la semana pasada, el 25 de junio, los habitantes del Cerro Bravo, entre Fredonia y Venecia, suroeste antioqueño.
Vale la pena fijarse en los nombres y en las palabras: la Venecia antioqueña se llama así en honor a la Venecia italiana porque en esta como en aquella había agua por todos lados. Un desgarro en Venecia es entonces, aquí y allá, un rompimiento de agua, un llanto.
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Antes del desgarro de la montaña de 2.600 metros en la noche del martes, los vecinos de la quebrada La Tigra alcanzaron a rezar el rosario, a ver los partidos de la Copa América y el noticiero de las 7 de la noche. El resultado de ese rompimiento y del grito de la montaña fueron más de 200 familias damnificadas, 20 viviendas destrozadas y siete personas desaparecidas.
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A la mañana siguiente, con la luz del sol, Horacio de Jesús vio al lado de su casa, en la vereda El Rincón, un boquete de tierra que parecía un sótano de cinco pisos, el kiosco de su casa en el suelo y su carro unos kilómetros aguas abajo. La noticia, sin embargo, pasó de agache. Quedó sepultada por la avalancha de artículos sobre la caída del metrocable en Medellín y la masacre de siete personas en una casa en Rionegro.
Para los técnicos, lo que ocurrió esa noche en Venecia no fue una avalancha ni un desgarro, sino una avenida torrencial. Así lo explica Marco Gamboa, docente del área Ciudad y Territorio de la Universidad Eafit. Gamboa dice que la avalancha se utiliza solo cuando lo que corre hacia abajo es agua y nieve, que suelen ser elementos menos contundentes, menos fatales, que los que se encuentran en una avenida torrencial. Lo que la diferencia de una inundación, agrega, es que tiene un gran porcentaje de sedimentos (rocas, árboles y cuanta cosa encuentre a su paso) y se forman en cuencas de muy alta pendiente donde las precipitaciones se presentan en un lapso corto y de forma intensa.
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Además, Gamboa señala que el agua que se desborda de las quebradas no tiene la suficiente fuerza para transportar las masas en estos casos, sin embargo, al juntarse con la tierra y convertirse en lodo, se vuelve más densa y es capaz de arrastrar la camioneta de Horacio de Jesús.
Al otro día, el rumor en el pueblo, a donde fue a parar lo que se llevó la avenida torrencial, es que antes del desprendimiento había temblado.
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Esa sensación de temblor, sin embargo, no fue por un sismo, sino por el movimiento de la capa vegetal de la montaña. Desde el Servicio Geológico Colombiano no nos dieron una explicación, pero Ismary, que vive en El Rincón, con su padre de 102 años, su madre de 90 y un hermano con discapacidad mental, de 56, lo explica bien: dice que a las siete de la noche empezó una lluvia que al principio parecía inofensiva. Que a las nueve se dio cuenta de que las quebradas, todas, estaban crecidas, que La Tigra, la más grande de todas, estaba llena, y que luego como a las 10, ya todo olía a tierra mojada.
“Empezó un sonido espantoso, la casa se llenó de lodo y de piedras y palos. Por todas partes, en todas las direcciones, como en un cine, por los lados, por arriba, se oía la caída de los árboles y la rodada de las piedras. Yo dije: Dios, se vino Cerro Bravo encima”.
Pero, ¿por qué se vino la tierra abajo? ¿Bastó solo un aguacero para que la vegetación del Cerro Bravo, de casi 2.600 metros de altura terminara prácticamente en el parque principal del pueblo?
Gamboa indica que en general la zona del Suroeste antioqueño, especialmente los municipios cercanos a Amagá, tienen una complejidad geográfica importante y está compuesta por materiales que fácilmente pueden saturarse de agua y moverse. Es una, zona, explica, donde hay cuellos volcánicos. De hecho, el Cerro Bravo, es así como Cerro Tusa, un cuello volcánico.
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De acuerdo con el profesor de Eafit, actividades como la minería y la deforestación pudieron haber desestabilizado algunos suelos, lo que pudo haber aumentado la probabilidad de que ocurriera un evento como el de la semana pasada. Sin embargo, dice que cree que este tipo de actividades no son predominantes en la zona y que esta avenida torrencial lo que hizo fue poner en evidencia un riesgo que a lo mejor no parecía tan latente.
Para el arqueólogo Pablo Aristizábal, la deforestación es sin duda la principal causa de esta tragedia. Para él, este fue un primer llamado para que los proyectos mineros que quieren hacer en la zona finalmente desistan de sus intenciones y se evite una catástrofe de peores magnitudes.
“Si bien, históricamente en estas zonas se cuenta con áreas dedicadas a potreros, es menester una relectura desde el Plan de Ordenamiento Territorial, de los municipios y las subregiones, estimular la reforestación y controlar las construcciones, en razón del impacto de las escorrentías sobre el territorio, con mayor riesgo en suelos de formación geológica Amagá, como en parte del Suroeste antioqueño que es tierra, agua y peña impermeable, que al saturarse de agua explota”, agrega Aristizábal.
Antioquia y especialmente el Suroeste es tierra de avenidas torrenciales. Entre 1990 y 2022, en el departamento hubo un derrumbe cada cinco días, y uno de cada cuatro de esos derrumbes ocurrió en el Suroeste. Cada que hay época de lluvias las noticias sobre deslizamientos, personas desaparecidas, casas derrumbadas y vías obstruidas se multiplican.
El arqueólogo señala que en los registros históricos del municipio de Venecia se encuentran reportes de eventos geológicos y movimientos en masa que cobraron vidas humanas. El primero de ellos fue en Cerro Tusa en 1896, antes incluso de que Venecia fuera un municipio, en el que murieron nueve personas.
El segundo evento fue en la finca San Isidro, en la parte baja del Cerro Media Luna, en julio de 1916. Ambos quedaron documentados en el libro del Profesor Nacianceno García Monsalve, Venecia su historia y geografía, así: “Al pie del cerro, en terreno que hoy es de la finca San Roque, vivía una humilde familia compuesta por las siguientes personas: Januario Agudelo con su esposa Paulina Montoya y cuatro hijos. El señor Juan Montoya con su esposa Clara Arango y un hijo. En un fuerte invierno del año de 1896, un enorme alud de tierra se desprendió de la montaña cubriendo completamente la casa pajiza donde residían estas dos familias, sin que hubiera escapado con vida ninguna de las personas residentes allí. Todos fueron sepultados por el derrumbe y sólo se halló el cadáver de un niño de esa familia, flotando sobre las aguas de la quebrada Marsella a donde había sido arrastrado por las aguas que ocasionaron el derrumbe”.
Para no ir tan lejos, en junio del 2021 una pareja de esposos en Venecia falleció sepultada por un derrumbe en la vereda La Arabia.
Los derrumbes están asociados a una serie de fenómenos como la configuración del territorio que pueden ligarse a la ocurrencia baja o alta de los movimientos en masa. La composición de las montañas, que pueden ser de roca o de un material menos resistente parecido a la tierra del suelo, es un elemento importante. De ahí que actividades como la minería u otras que propicien la deforestación pueden resultar peligrosas en zonas tan vulnerables.
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Hace apenas dos años, en el 2022, la ciudadanía del Suroeste tuvo que pararse firme para evitar que se le diera viabilidad a ocho títulos mineros en las inmediaciones del Cerro Tusa (hermano mayor del Bravo), una de las pirámides naturales más grandes del mundo. Para ese entonces había en Venecia ocho solicitudes para la exploración de mina de oro, cuatro para material de construcción y dos para carbón. En ese momento, el arqueólogo Aristizábal presentó un documento en el que dejaba en evidencia cómo estas minas se superponían en zonas de riqueza ecológica, arqueológica y tocarían reductos del bosque seco tropical, un ecosistema en vía de extinción. Por fortuna, tras la presión ciudadana, el entonces alcalde del municipio Óscar Sánchez, le puso tatequieto a las intenciones mineras por considerar que la minería de metales iba en “contravía del desarrollo” hacia el que se movía el municipio, que es aportándole principalmente al turismo arqueológico y natural.
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De hecho, si uno busca “Cerro Bravo” en Google lo que aparece son planes de senderismo para turistas locales y extranjeros. “Cerro Bravo es una de las montañas más imponentes del suroeste antioqueño, atravesado por caminos prehispánicos, que dividen los municipios de Venecia y Fredonia. Su prominente cima y sus 2.600 metros de altura la convierten en uno de los mejores retos para todo senderista”, dice en un blog de Comfenalco.
La pirámide, que de no tener tan cerca al Cerro Tusa, sería la más cotizada de la zona, cuenta con un área de reserva forestal protegida por Corantioquia desde el 2005. En ese informe, que tiene ya 19 años, hay pistas sobre las condiciones y los riesgos de la montaña y sus pobladores.
El Cerro Bravo, dijo Corantioquia en ese momento, “se destaca como uno de los ecosistemas estratégicos más importantes de la región, tanto por ser una estrella hidrográfica, como por la riqueza florística y faunística que conserva”.
En el capítulo sobre la geología y geomorfología del lugar, el informe hace énfasis en las fuertes pendientes superiores al 75%, y deja de manifiesto las altas posibilidades del desprendimiento de roca en los nacimientos de las quebradas La Tigra y El Cerro, en las que además hay menos posibilidades de crecimiento de vegetación de acuerdo con el informe.
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Entre los argumentos que entregó en ese entonces la autoridad ambiental para declarar una parte del cerro como área protegida y evitar así la actividad minera estuvo, por ejemplo que, además de ser un lugar de conservación de flora, fauna y potencial hídrico, el Cerro Bravo tiene un valor “muy alto” de patrimonio geomorfológico y paisajístico, determinado por la diversidad, el contraste del relieve, complejidad, presencia de agua, alcance visual y otras cosas más.
Sobre el suelo del Cerro, Corantioquia dice en su informe que son suelos superficiales, de baja fertilidad y de alta propensión a la erosión, por lo cual no deben ser objeto de actividades agropecuarias tradicionales, siendo necesario mantener su cobertura vegetal a partir de la vegetación natural”.
Mantener las zonas aledañas a cada vertiente de agua cubierta por vegetación, es, para el profesor de geología jubilado de la Universidad de Caldas, Andrés Calle, la mejor manera de mitigar estos desgarros en el futuro. De acuerdo con él, aunque la parte alta de la montaña (el área que está protegida como reserva) está cubierta por vegetación, las zonas medias y bajas ya estaban descubiertas en buena parte.
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La solución más obvia quizá sería seguir el ejemplo del Cerro Tusa, donde ya Comfama está terminando un parque ecológico y arqueológico en el que invirtió más de $8.000 millones.
El desgarro del Cerro Bravo parece curarse entonces con más árboles, vegetación y bosque. En eso coinciden las comunidades y los expertos, ¿lo harán también los políticos?
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