Aneiro llegó con sus vagones cargados de café
Periodista de la Universidad Pontificia Bolivariana. Magíster en Periodismo Multimedia de la Universidad Autónoma de Madrid-ELPAÍS.
Carrera 44 a la altura de la calle Bomboná. A dos minutos de la plazuela de San Ignacio en pleno centro de Medellín. En un primer piso el comerciante Aneiro de Jesús Barco, de 47 años y oriundo del municipio de Amagá, no solo tiene su casa sino su negocio de venta de todo tipo de cafés, fríos y calientes. Desde el chocolate, pasando por el tinto, seguido del clásico perico y hasta el capuchino salen de las mezclas que él mismo prepara en la cocina de su casa y que luego empaqueta en bolsas grises pequeñas.
Su negocio comenzó hace siete años cuando dejó el empleo de vigilante para abrir cuatro puntos de venta de café, dos como locales comerciales y dos más como carritos ambulantes, en donde trabajan cuatro jóvenes.
Francisco Henao, subsecretario de Espacio Público de Medellín, informó que debido a que la población de vendedores ambulantes en la ciudad fluctúa dependiendo de la época del año o ferias que se celebran en el Valle de Aburrá —Feria de Flores, Día de la Madre—, es difícil dar un dato exacto de cuántos ocupan el espacio público a fecha de hoy.
Sin embargo, la Secretaría de Espacio Público precisó que en total tiene registrados en su base de datos a 8.500 comerciantes informales, quienes pidieron su certificación a través de la expedición del carnet que emite esa entidad y cuya vigencia es de un año. De estos, solo 5.500 tienen su certificado anual vigente y están repartidos así: 3.500 en el centro y los 2.000 restantes en la periferia.
Entre los dos puestos ambulantes de Barco resalta lo que sería una copia exacta de uno de los vagones del Metro de Medellín, al cual perfectamente se le podría llamar el “Metrotinto”, por sus características tan parecidas al diseño de uno de los más grandes sistemas de transporte del Valle de Aburrá que diariamente lleva a aproximadamente 530 mil pasajeros, según la última encuesta origen-destino realizada por la Universidad Nacional.
“Yo diseñé este carrito como para mejorar la calidad de vida del ventero de la ciudad. Y pensaba que al ser no innovador y al ser supuestamente el Metro de Medellín las entidades pertinentes se iban a pellizcar e iban a decir: ¡Uy qué bien! Vamos a apoyar esta vuelta. Pero lamentablemente no hay con quién”, explicó Barco, sentado en una de los sillones de su sala, buscando quien le patrocine la fabricación de otros carritos ambulantes para poner a transitarlo en el centro de la ciudad.
Él mismo ha diseñado y fabricado cada uno de los “modelitos” en un taller improvisado que tiene en la última pieza de su casa, contigua a la cocina y el patio. Allí, sobre unos muebles y sin terminar, reposa lo que será la réplica de un vagón del Tranvía a salir a la calle próximamente. Su agilidad para crear este tipo de prototipos va ligada de su pasión por la escultura de bustos en cobre. Tiene una colección de caballos, águilas y desnudos que pronto, así lo aseguró, venderá en el mercado libre.
Según Barco, en sus puntos de venta la clientela es grande debido a los vendedores ambulantes que se acercan a rellenar sus termos en los locales del Parque San Antonio y la Alhambra. Al día, surte al menos 750 termos de un litro cada uno. O sea por termo salen 12 vasos de café. El termo de tinto lo vende a 1.800 pesos, el de perico a 2.100, el de colada a 2.700, el de chocolate a 2.600, y el capuchino y café helado a 3.000.
Henao explicó que una de las metas de la actual Administración es realizar una “intervención integral a los vendedores ambulantes del centro y la periferia de este, para identificarlos y así establecer cuáles de estos cuentan con los requisitos exigidos por las autoridades competentes para ocupar parte del espacio público” con sus ventas.
“El pensado mío es vender café a nivel nacional, buscar los medios para llegar hasta allá. Primero estoy creando una imagen”, aseguró Barco, que entre sus metas piensa crear su propia marca de café al que llamará El Barquito.
Y agrega: “Yo hago una mezcla de cafés, le echo otros ingredientes para recuperar las propiedades de salubridad y los toques secretos que hagan que la gente se tomen un tinto y tengan que volver a tomarse otro. Y como le digo, le echo otros detallitos que hacen que a ese café lo busquen todos los tinteros”.
De sus clientes fijos está el ventero Ramón Ibardo Serna, de 59 años. “Yo madrugo. A las 3.00 de la mañana estoy saliendo de aquí con siete termos de tinto y cuatro de perico. Y salgo a trabajar”, explicó este hombre, de 59 años, que trabaja hasta las 11:00 de la mañana todos los días. Cuadra su carrito en el centro en uno de los paraderos de buses de Envigado.
Así que, desde las 2:00 de la mañana, Barco surte a los tinteros de la ciudad. “Yo me levanto a las 2:00. Como le digo a esa hora vienen los primeros seis clientes. Yo le guardo el carrito a él (Ramón Ibardo Serna) pero es como una excepción que yo hago, porque es una de las dos personas que comenzaron conmigo hace siete años”, añadió Barco.
Kevin Acevedo, de 17 años, es otro cliente asiduo. Mientras espera a que Barco le rellene uno de los tres termos que porta en un morral a la espalda, no para de hablar. Y dice: “todo el mundo en el parque le viene es a comprar a él. Porque es que este es como el más ‘lechudito’. Hasta a los clientes que van a comprar, que se toman el tinto así menudeado, les gusta más, se nota la diferencia”.
Acevedo revende el café en la plazuela del Parque San Ignacio. “A mí las que me compran son las señoras”, aseguró riéndose.
El “Metrotinto” no solo tiene disponible la venta de cafés sino también buñuelos, empanadas y demás. Y próximamente contará con el servicio de Wifi y música a la carta para sus clientes.
“¿Usted se imagina viendo a todos los venteros o a cierto sector así como este con estos carritos y así uniformados? No quiero que este proyecto sea solo para mí sino que sea un bien común para toda la gente”, aseguró Barco, quien está en búsqueda de presupuesto que le dé la solvencia que necesita para poner a circular por la ciudad a más “Metrotintos”, cuya fabricación cuesta 6 millones de pesos.
“Usted sabe que hay competencia. ¿Entonces qué tiene uno que hacer? Mejorar. Los Willis son como decimos una carretas bonitas donde usted simplemente llega y monta una fruta y sale a vender. En cambio el carrito, ese que nosotros tenemos, esta semana ya le colocamos conexión a Wifi”, dijo Barco.
Y añadió, riéndose: “si usted me va comprar el tinto, el café o el capuchino, usted me puede pedir la clave del internet y yo se la doy. Y entonces, mientras que este ahí y nos esté comprando, pues bueno, pero si no nos compra...no, no, no le diremos: retirémonos que no le coja la señal”.
Los trabajadores de Barco trabajan de 5:00 de la mañana a 5:00 de la tarde. “Están los mismos adictos al café y todos los días toman, mañana y tarde. A veces se vende más en días de calor que cuando hace frío”.