Si el agujero en la capa de ozono se cierra este siglo, tal vez a mediados, sería el primer caso de colaboración internacional para remediar un serio problema ambiental causado por el hombre.
Un estudio presentado en Science reveló que el agujero sobre la Antártida se ha encogido 4,5 millones de kilómetros cuadrados desde 2000.
La reducción no ha sido constante por la incidencia de fenómenos naturales como las erupciones volcánicas.
“Ahora tenemos la confianza de que las cosas que le hemos hecho al planeta van camino a sanarse”, expresó Susan Solomon, profesora del MIT, autora principal del nuevo estudio y la primera persona en encontrar en 1986 las razones por las cuales aparece el agujero cada año.
Mientras el ozono bajo en las ciudades (en la troposfera hasta 10 kilómetros de altura) es un contaminante que incide en enfermedades respiratorias, en niveles estratosféricos (10 a 30 kilómetros) es un gas benéfico que protege la Tierra de los poderosos rayos solares. El 90 % se halla en esa región.
Es un gas escaso, solo 3 moléculas por cada 10 millones de moléculas de aire .
Reducción
El análisis muestra un encogimiento del agujero, que se forma en primavera austral a finales de agosto y en septiembre permitiendo que se cuelen rayos ultravioleta nocivos.
Los investigadores rastrearon el agujero desde 2000 a 2015, tomando los datos de globos atmosféricos y satélites, y la información sobre el dióxido de azufre emitido por los volcanes -que también destruye el ozono- registrado asimismo desde el espacio.
No solo se comprobó el encogimiento sino que más de la mitad de la reducción se debe a la menor presencia de cloro.
No es la primera vez que se establece la tendencia a la baja. En 2008 se mostró que se estaba encogiendo y en 2011 otro artículo en Geophysical Research Letters lo confirmó; y hace dos años la Organización Meteorológica Mundial reportó que el sellamiento había comenzando a gran altura en latitudes medias y bajas.
Pese a la tendencia, en 2015 fue una sorpresa ver que el hueco tenía un gran pico de 28,2 millones de kilómetros cuadrados, generando dudas acerca del proceso de cierre.
Pronto se encontró al culpable: el volcán chileno Calbuco. Su gran erupción produjo partículas que aumentaron la cantidad de nubes estratosféricas en la región polar, nubes con las cuales reacciona el cloro emitido por los humanos.
Solomon no cree que futuras erupciones eviten el encogimiento total de la capa.
La historia
Fue en 1974 cuando M. J. Molina y colegas detectaron que productos con cloro, los clorofluorocarbonos (CFC), emitidos en las lavadoras en seco, neveras y esprays descomponían el ozono. En 1985 científicos británicos asombraron con un artículo en Nature: había agujeros en esa capa. Solomon, luego, estableció que era por la polución antropogénica.
La respuesta, como nunca antes, no se hizo esperar: la comunidad internacional estableció en 1987 el Protocolo de Montreal, firmado por casi todos los países, que prohibió el uso de los CFC y los productos con cloro utilizados en refrigeradores y aires acondicionados, entre otros.
Ahora el artículo en Science demuestra que ha funcionado. Las cosas van en la dirección correcta, según Paul Newman, científico en la Nasa.
El agujero se forma a fines del invierno y en la primavera austral cuando la región Antártida despierta de los meses de oscuridad y los rayos del Sol inician reacciones químicas con los compuestos de cloro y bromo en la atmósfera que destruyen, por lo general, hasta el 60 % el ozono según un informe de la oficina del clima y la atmósfera de Estados Unidos (Noaa).
Las mediciones se han hecho en octubre en la máxima reducción del gas, pero el estudio de Solomon se centró en septiembre, hallando datos que refuerzan el optimismo sobre el futuro de la capa.
Para estos científicos hacia mediados de siglo el agujero podría ser historia. Y así no exista consenso científico, brilla el optimismo.