Si bien fue en 1995 cuando se confirmó el primer planeta extrasolar alrededor de una estrella, a partir de 2009 con la llegada al espacio del telescopio Kepler se dispararon los hallazgos.
En su misión permitió la confirmación de 2.681 mundos, mientras cerca de 2.900 esperan confirmación.
Kepler no buscará más planetas. Luego de nueve años de trabajo, se quedó sin combustible, confirmó la Nasa, y se mantendrá en órbita lejos de la Tierra.
Una limitante con la que se contaba, a diferencia del percance sufrido en 2013, cuando uno de sus giroscopios falló y obligó a modificar el área de observación aunque se mantuvo activo.
Descubrió mundos como Kepler-186f (nombre derivado del orden numérico de la estrella observada), un planeta del tamaño de la Tierra en zona habitable, o Kepler-22b, un cuerpo entre el tamaño de nuestro planeta y Neptuno, uno que no existe en el Sistema Solar.
“Como la primera misión cazaplanetas de la Nasa, Kepler superó todas las expectativas en busca de vida en el Sistema Solar y más allá”, afirma Thomas Zurbuchen, director adjunto de la agencia en la sede de Washington.
En otras palabras, este telescopio cambió la visión que se tenía del espacio: cuando se mira en la noche la infinidad de puntos estelares titilantes, de 3 a 5 de cada 10 tienen un planeta probablemente pequeño, rocoso y en la zona habitable, aquella donde puede existir el agua líquida.
Una pequeña ventana
Lanzado en marzo de 2009 a bordo de un cohete Delta II, durante cuatro años exploró una pequeña región del cielo, unas 150.000 estrellas entre las constelaciones del Cisne y la Lira, en busca de ligerísimas fluctuaciones en la luz estelar que sugiriera la presencia de un planeta que pasaba delante de su estrella madre.
Es el método del tránsito, uno de los usados para la detección de planetas.
Cuando falló el giroscopio, la misión se redirigió a un parche celeste alineado con el plano del Sistema Solar en el que giran los planetas.
Así sumó cerca de 500.000 estrellas observadas.
Haber hallado tantos en esa pequeña área celeste y solo con un método, sugiere que en la galaxia, que alberga más de 100.000 millones de estrellas, los planetas son muy abundantes.
Cuando se encuentra una disminución en el brillo de una estrella, astrónomos estudian la información para ver si se debe a un posible planeta. Así se produce la confirmación. Y mientras se logra analizar todo el volumen de información, los otros permanecen como pendientes de confirmación.
Unos mundos diferentes
Los datos muestran que el planeta más común no tiene el tamaño de ninguno de los del Sistema Solar. Es más grande que la Tierra y menor que Neptuno.
No es la única novedad. Se encontraron formaciones increíbles, como varios planetas tan cerca de su estrella, que el Sistema Solar interior (va hasta Marte) parece amplio.
Para citar otro caso, en diciembre pasado con ayuda de inteligencia artificial se descubrieron ocho lejanos planetas. Así, de modo continuo, se habían ido presentando los descubrimientos.
En febrero de 2014, en un solo anuncio, se presentaron 715 planetas nuevos, cuatro años después de haberse confirmado los primeros que detectó el telescopio: cinco en la misma estrella.
“Ahora sabemos que los planetas están por todos lados. Kepler nos puso en un nuevo curso, lleno de promesas para que las generaciones futuras exploren la galaxia”, opina William Borucki, quien fuera director científico de la misión.
Menos conocido fue el aporte en dos campos activos de la astronomía: las supernovas y la astroarqueología.
En el primero, por ejemplo, Ed Shaya, astrónomo, recordó cuando miraba datos del Kepler y encontró el aumento de 10 % en el brillo de una galaxia. Sí, el telescopio había visto una explosión de supernova, ese evento final de una estrella masiva. Y aunque podría tratarse de un error de computador, el análisis confirmó que sí era la explosión.
Kepler, sin proponérselo, encontró más de 20 supernovas, incluida una de una clase exótica.
En astroarqueología, aportó numerosos datos de los temblores de las estrella, ondas estelares resultado de vibraciones originadas en estos cuerpos celestes y que los científicos utilizan para extraer información sobre ellas.
“La misión Kepler se basó en un diseño innovador. Fue muy acertado hacer este tipo de ciencia”, afirma Leslie Livesay, directora de Astronomía y Física en el Laboratorio de Propulsión a Chorro de la Nasa.
Pese al retiro del telescopio, los aportes no paran ahí. “No es el fin de los descubrimientos. Estoy emocionada por los hallazgos que seguirán con los datos”, sostiene Jessie Dotson, científica de la Nasa.
Los astrónomos tendrán años para seguir escarbando en la información que entregó el telescopio en sus nueve años, y deberán confirmar o no la existencia de los miles de candidatos reportados.
Kepler muere, pero vive.