Por Miguel Ángel López
“¿Y usted dónde estaba? Se perdió la natilla. Ya no le voy a dar”, le reprocha entre risas Ligia Arango a su hermano, cuando llega tarde a la cita que tenía su familia para preparar este postre navideño.
La de esta semana es una Twittercrónica dulce, que acompaña a doña Ligia, sus hijos, yernos, nueras y nietos en una tarde en la que se reúnen en familia a preparar una natilla, pero como las de antes, con maíz, molino, paila y fogón de leña.
Todos tienen que ayudar
Doña Ligia ya tiene 80 años y en su matrimonio con José Pablo Muñetón crió seis hijos con comida bien tradicional, porque nunca fue capaz de cocinar algo distinto. “Solo fríjoles, sancocho y arepa”, comenta.
Uno de ellos es Juan Pablo Muñetón. “Mi papá nos despertaba a las 6 o 7 de la mañana, usualmente el 23 de diciembre, a que ayudáramos con la natilla. Y no era si quería, era sí o sí”, recuerda.
Para prepararla se necesitan muchas manos. El primer paso empieza antes, en la mañana, o el día anterior si se puede, cuando cocinan el maíz y lo dejan enfriar para poderlo moler con mayor facilidad.
Mientras Juan Pablo muele, doña Ligia se sienta junto a dos de sus nietas a terminar de amasar el maíz con sus manos, y otra persona va picando el coco, el quesito y partiendo los clavos de olor.
Después de pasarlo una, dos y hasta tres veces por el molino, y un rato por las manos de doña Ligia, sigue el momento de colar. Sentada en una silla pone el mecedor encima de la paila para apoyar el colador. Una, dos, tres y las veces que sea necesarias.
El toque especial está en sacar el espeso del maíz (la masa que queda después de colarlo) y volver a molerlo. Un proceso que se repite las veces que sea necesario para sacar el mayor sabor posible.