A las 7:30 de la noche, Georgina Torres se acostó en una camilla, esta vez no para que un cirujano acabara con su cáncer de mama, sino para que una tatuadora dibujara dos ramas de cerezo y un columpio en el mismo lugar en el que tres años antes estaba su seno izquierdo.
Era el cuatro de abril de 2015, en México D.F., donde se encontró con Yamily Villagómez y Juan José Becerra, cómplices de este experimento simbólico que buscó convertir las huellas de una enfermedad tan avasallante como esta en un símbolo de lucha.
Ella fue la primera de las nueve mujeres que han hecho parte del proyecto Heart INK México, liderado por dos los jóvenes mexicanos que la acompañaron aquel día.
“Desde que vi mi cicatriz me pareció que era como una rama y yo decía que me agarré de ella para no morirme y, al mismo tiempo, es la que me permite seguir jugando”, recuerda.
Andrea Aristi, conocida como “Andie SwettHell”, nunca había realizado este tipo de tatuajes pero se ofreció como voluntaria para hacer realidad el anhelo de Georgina.
Para Aristi, hacer el tatuaje fue complicado porque el área de la cicatriz es más sensible que el resto del cuerpo. De hecho, el dolor fue tal que Georgina agarró con fuerza la mano de su acompañante, que era prácticamente una desconocida. “Ella ha pasado por tanto, que eso le dio fuerzas para seguir con el tatuaje”, asegura Aristi.
Durante seis horas, los guantes rosados de la tatuadora estiraron la piel para permitir que la aguja definiera la imagen que Georgina vería frente al espejo por el resto de su vida.
La pérdida de esta zona del cuerpo genera daños en la autoestima. Las mujeres sienten que acaba su identidad femenina, así lo explicó Claudia Perdomo, psicóloga de la asociación colombiana Amese, que apoya mujeres con cáncer de seno, por ello, “el tatuarse allí es recordar la experiencia y también se convierte en un símbolo de superación”, asegura.
Diez años atrás
A finales de 2012, cuando Georgina se abrió la bata para que el ginecólogo particular le revisara un bulto que tenía en su seno izquierdo, el doctor le dijo: “¡No, ciérrate!, este ya no es mi caso, es para un oncólogo, yo no puedo hacer nada”.
En ese momento, esta profesora de escuela y madre soltera confirmó sus sospechas: tenía cáncer. Desde 2005, el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) solo le había mandado desinflamatorios pues, a sus 33 años, el bulto no podía ser un tumor maligno. Sin embargo, siguió creciendo. Solo cuando la enfermedad estaba muy avanzada, los médicos del IMSS le prestaron atención. La masa en su seno ya medía siete centímetros y su cáncer se encontraba en el nivel más alto de la escala (estadio IV).
Luego de ocho sesiones de quimioterapia, una cirugía de mastectomía que le removió todo el seno, 35 radiaciones y una terapia hormonal, Georgina sobrevivió al cáncer. De eso ya hace diez años.
Desde que Georgina supo que tenía la enfermedad ha hablado de su proceso y ha compartido información acerca del tema en su cuenta de Twitter Lacito Rosa (@lageotorres).
En esa red, en febrero de 2015, encontró a Yamily, quien trataba de convencer a otra mujer, que padeció de lo mismo, de hacerse un tatuaje sobre la cicatriz que le dejó la intervención quirúrgica. Ese fue el momento en el que la mexicana decidió tatuarse.
Tatuajes curadores
La campaña Heart INK México se inspira en el proyecto P.Ink, creado en los Estados Unidos por Molly Ortwein, quien se sometió a una doble mastectomía en 2012, decidió tatuarse para cubrir las cicatrices y luego creó una organización en la que tatuadores ofrecen su trabajo sin costo a mujeres sobrevivientes de la enfermedad.
En el caso mexicano, cada vez que la pareja pionera selecciona a una mujer tiene en cuenta el tiempo que lleva de cicatrización, idealmente de tres a cinco años. Además, recurre a verificación de médicos para garantizar que la intervención no afecte la salud en cada caso.
“Tres de las mujeres no optaron hacerse el tatuaje en su cicatriz porque tuvieron reconstrucción de seno, una de ellas fue un caso especial porque era muy reciente su operación y aún le dolía. Se lo hicieron en otro lado de su cuerpo como empoderamiento simbólico”, explica Villagómez.
Cuando Heart INK México fue presentado al público, en febrero de 2015, no logró tener acogida. Todo cambió el día en que los dos jóvenes crearon una página en Facebook y abrieron su cuenta en Twitter. Empezaron a recibir mensajes de quienes querían hacer parte del proyecto y recibieron donaciones de dinero. Ya tienen 8390 seguidores en sus redes sociales.
Mostrar su experiencia
Georgina no oculta nada con el tatuaje, materializa una batalla ganada y la comparte en redes sociales porque “hay tanto miedo entorno al cáncer que quienes hemos podido salir adelante lo mínimo que podemos hacer es mirar otra vez la belleza de la vida”.
Para la psicóloga Perdomo, tatuarse en esta zona del cuerpo es “una manera de hacer un reconocimiento de lo que se perdió. Para aprender de las vivencias debemos compartirlas y eso implica exhibir el tatuaje para demostrar que la enfermedad se puede superar”