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Por Gustavo Arango
Profesor de literatura
Durante los treinta días de gracia, entre el veredicto condenatorio y su ejecución, Sócrates se dedicó a memorizar un poema de Estesícoro. No es probable que ese gesto tuviera una intención didáctica, pero está lleno de enseñanzas. Acostumbrados a pensar en la muerte en términos negativos, se nos olvida que es posible llegar contentos y con tranquilidad de espíritu al momento final. Ese hombre que dedica sus últimos días a cultivar sus dones más humanos –el entendimiento, la memoria, la capacidad para apreciar la belleza– nos recuerda el deber de intentar ser mejores.
Su gesto supone, también, que con la muerte no todo se termina.
Sin hacer referencias ostensibles, el gesto de Sócrates habita y define el tono del poemario de Alberto Vélez, El esplendor y el miedo (Editorial Universidad de Antioquia, 2018). Su poema Sentencia dice: “No sabrás nada. Nunca Sabrás Nada. No te quejes. ¿Qué saben los que mucho saben? Un día tendrás alas en las ingles, leerás un poema en los umbrales de la muerte y sabrás lo que tenías que saber”.
El tiempo, la fugacidad, el olvido, la vejez y la inminencia de la muerte habitan el poemario. Pero también el tesoro de la memoria, la intensidad de la experiencia, la llama de amor viva de los cuerpos que se juntan, la dicha de lo vivido, la aceptación de la insignificancia.
La nostalgia es un fruto maduro: “Fueron largos los insomnios. Sin descanso, fluyó la sangre a nuestros miembros. Faltó el aire para un deseo que no cesó ni esperó tregua”.
El país es una sucesión de mujeres muertas: “Eva, hija de Ruth, hija de Sara, hija de Antonia, hija de Séfora. Murieron todas. La guerra les dio muerte impiadosa”.
Hay ecos de Spoon River, el poemario de lápidas de Edgar Lee Master. Su “Epitafio” dice: “Conseguir el olvido fue su empeño. Nadie advirtió su vocación constante. De todas formas hubiese cumplido su propósito”.
El viejo poeta murmura, aborrece, farfulla contra jóvenes, vecinos y viejos amigos, pero no deja de buscar su alma. Se mueve entre las rutinas de los días. Lamenta no haber sido capaz de viajar: algo lo amarró al barrio y no pudo salir. Busca la gracia entre las ramas de los árboles: “Sobre el guamo bañado de rocío, un mirlo canta”; se vale de poemas y películas: “Halla en Homero un fruto espléndido, que lo hace sollozar”; de recuerdos de amores: “Tu olor me llega. No estoy solo”; de oraciones: “Poco te pido hoy, Señor: que haya paz entre mi corazón y el día”.
Con cinco poemarios en casi cuarenta años, Alberto Vélez ha creado una obra indispensable. En El esplendor y el miedo su voz es ligera, depurada, sin arandelas innecesarias. Leyendo sus poemas no sólo se piensa en el milagro de la vida, sino también en el mucho más raro milagro de que se publicaran. Pudieron perderse en medio del ruido. Ahora están listos para acompañarnos mientras se cumple la condena.