Una de las relaciones más complejas que se da entre seres humanos es la que hay entre los padres y los maestros de sus hijos. Sobre nuestros hijos tenemos un sentido de posesión que no tenemos sobre otros seres humanos. Es algo instintivo, difícil de definir, que tiene una complejidad emocional que puede ser incluso peligrosa. Puede uno llegar a creer que sus vidas nos pertenecen, que somos la guía sino el dueño y negar una realidad que cuando nos cae es como un choque de frente: a los hijos hay que dejarlos ir.
Dejar ir a los hijos es una aproximación a la vida. Es algo que nos expone a un desgarro constante y es quizás una de las claves para lograr aquello que la mayoría de los padres ansiamos: que ellos crezcan bien y que no nos perdamos como...