El día que escribo este artículo, alguien que conozco está cumpliendo sus primeros noventa añitos. Se llama Ex César... (Bueno, no... En realidad se llama César Alberto, pero lo bauticé Ex César cuando me confesó que todo el mundo, menos yo, lo llama por su segundo nombre).
Es el rector emérito de una academia de caligrafía. Y es dueño de una memoria portentosa y de una prosa impecable con la que cada semana enriquece el último artículo publicado, que no necesariamente aplaude pero que sí me deja siempre una enseñanza.
Son personas como Ex César las que me devuelven la esperanza que me quitan otras, en especial cuando se trata de la dichosa paz que nos tiene divididos en dos bandos enfrentados a muerte, como si fuera obligación odiarnos.
Pero...