La realidad es tozuda, dicen, y de ello dan fe los anfibios, una clase de vertebrados que ha perdido más de 200 especies desde los años 80, un declive evidenciado sin embargo desde hace 55 años al menos.
A un ritmo vertiginoso descienden las poblaciones y se pierden las especies, un problema del cual Colombia no está exento aunque se carece de documentación.
La Unión Internacional para la Conservación de la naturaleza considera que de 6.260 especies evaluadas, 32,4 % están globalmente amenazadas si bien considera que oficialmente hay 38 extinguidas para siempre.
No son mentiras. Un estudio en Sapiens reveló que de 15.589 especies amenazadas de extinción, 12 % son aves, 23 % mamíferos y 32 % anfibios.
Los anfibios comprenden ranas, salamandras y tritones y cecilios, pero han sido más estudiadas las primeras.
Amenazas
¿Las causas? Diversas. En los 80 se encendió la alarma por el descubrimiento de un hongo quítrido, Batrachochytrium dendrobatidis, asociado a la reducción de poblaciones de ranas en distintas áreas geográficas del planeta.
La organización Savethefrogs ha identificado 287 especies de anfibios en 36 países afectadas por la enfermedad que obstruye los poros de la piel y mata por asfixia.
Aunque es una causa que ha motivado discusiones y estudios, no es la única. La pérdida de hábitat por las actividades humanas, la deforestación y el cambio de usos del sueño, más el tráfico de especies y el cambio climático tienen que ver en la amenaza.
El último estudio sobre el tema publicado en Scientific Reports analizó la situación de 83 especies en Norteamérica, considerando cuatro de aquellos factores, para encontrar que no hay uno principal sino que depende de la región, hallazgo que sugiere la especificidad que deben tener las medidas de protección.
Los científicos determinaron una tasa de disminución de poblaciones del 3,79 % anual.
¿Y Colombia?
El hongo también se ha documentado en el país aunque no se han hecho estudios sobre disminución de poblaciones, explicó Mauricio Rivera Correa, PhD, profesor de la Universidad de Antioquia y presidente de la Asociación Colombiana de Herpetología.
No solo en el país, sino también en Antioquia, de acuerdo con dos estudios proporcionados por el científico.
En el primero, publicado en Herpetological Review, Sandra Flechas, de la Universidad de Los Andes, y colegas, reportaron el hongo en dos especies de sapos arlequín del género Atelopus de la región costera del Pacífico. Una novedad, pues la mayoría de las infecciones se dan en las zonas altas donde el hongo prospera con mayor facilidad; esto llevó a Flechas a concluir que las tasas de transmisión serían menores y los sapos podrían llegar a tolerar al patógeno.
En la otra investigación en esa misma revista, Sandra Galeano reportó la presencia del hongo en anfibios en la Cordillera Central, en Belmira, el punto más al norte donde se ha documentado.
Rivera Correa, que trabaja en otra línea de investigación, aclaró que no se ha estudiado la posible disminución de poblaciones aunque en forma anecdótica se tienen reportes de menos individuos observados en uno de los puntos del trabajo en el Pacífico.
Pero en el país no es la única amenaza. La deforestación y cambios de usos del suelo por minería, monocultivos e ilícitos también pueden estar afectando los anfibios, situación que en Antioquia, territorio con todas esas dinámicas, también puede estar dándose.
Y con un agravante: no se conocen todas las especies.
La hora amarga de los anfibios en el planeta.