El salón multipropósito de Plaza Mayor estaba ayer lleno de gente en medias. Sí, todos concentrados, tomando nota, aprendiendo de los expertos internacionales, y en medias.
El congreso internacional Otro Mundo, organizado por la Colegiatura Colombiana, ofreció a los asistentes una atmósfera inusual pero, sin duda, extraordinaria, no solo porque la mayoría de las personas hayan decidido aceptar la invitación de los anfitriones a quitarse los zapatos durante la jornada -entregando a cada uno un par de medias-, sino por la calidad y los planteamientos de los expositores a este encuentro.
No es frecuente asistir a una conferencia en la que se hable de felicidad o de que un país tenga establecido dentro de sus indicadores económicos el "Índice de Felicidad Bruta".
Sobre eso habló ayer en este encuentro la comisionada Sangay Zam, directora de la Comisión de Felicidad Nacional Bruta (GNH, por su sigla en inglés) y secretaria del Ministerio de Educación del Reino de Bután.
Bután es una pequeña monarquía democrática asentada entre el sur de China y el norte de India. Dos gigantes custodian esta nación de 700.000 habitantes que, según Sangay, tiene en la felicidad una meta para su desarrollo.
"El índice bruto de felicidad es una búsqueda que hemos trazado desde hace unos 40 años en el país. Está basada en el principio de que la aspiración final de todas las personas es ser feliz. Así tratamos de asegurarnos de que todos los planes o programas de desarrollo en nuestro país tengan en cuenta ese ideal. La meta es crear condiciones que hagan a la gente feliz. Lo que en otros países se denomina departamento de planeación, en Bután se llama Comisión de la Felicidad", explica la comisionada.
¿Cuáles son las condiciones que se buscan? "Hablamos de varios aspectos que parten, en principio, de proveer armonía y balance entre prosperidad material y satisfacción de las necesidades espirituales, emocionales y culturales de las personas. Luego aparecen la preservación de la cultura, el respeto por el patrimonio tradicional y el buen gobierno, como las claves para cumplir estos objetivos".
Pero Sangay asegura que es una política de estado, que reconocer desafíos en salud, infraestructura y educación, también los estimula para seguir trabajando en este sentido, siempre conscientes de la meta.
En esa misma línea, la brasileña Lala Deheinzelin, que se define a sí misma como futurista, pero que se formó como bióloga y artista, plantea la necesidad de volver a significar la idea de economía "a partir del inmenso valor de lo intangible, que es el recurso infinito, el que crece de manera exponencial y se refleja en diversidad, conocimiento y experiencia".
Lala ejemplifica su tesis al asegurar que cuando una persona compra un iPad de 500 dólares, solo 23 dólares corresponden al valor tangible de ese producto.
"Dicen que esta idea es muy bonita, pero que vivimos en el mundo real, que hay que comer y consumir. Desde hace años noté que si no desarrollamos otras métricas para entender qué es riqueza no llegamos a ninguna parte, es como si intentáramos medir el volumen de las cosas con una regla".
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