Faltaba que tanto del lado estadounidense como del cubano se expresaran palabras de reconciliación entre dos países que protagonizaron una de las enemistades más largas del Siglo XX, asunto que apenas se está empezando arreglar bien entrado el siguiente centenario, en 2016.
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Y solo restaba ver qué decían Obama y Castro, porque las imágenes y sonidos que empezaron a rotar en todo el mundo desde bien temprano eran ya significativos e históricos. Obama arribaba desde las 10:00 a.m. a la Plaza de la Revolución, en concreto al Monumento a José Martí, para rendirle homenaje al héroe de la independencia de la isla.
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Dejaba una ofrenda floral en la base de esa especie de obelisco que se levanta contíguo a la explanada pública, y se quedaba medio minuto en silencio y agachando la cabeza reflexivo en honor del poeta, periodista y prócer asesinado por los españoles en Dos Ríos.
Minutos después, los diplomáticos cubanos que lo acompañaban le pidieron a él y a la comitiva que se quedaran quietos. Por primera vez en 88 años, el himno de Estados Unidos sonaba en Cuba para honrar a un mandatario de la potencia.
Se acabó la oda a “La bandera tachonada de estrellas” (“The Star-Spangled Banner”), y la comitiva bajó las escaleras del monumento rumbo a la Plaza de la Revolución. El presidente estadounidense miraba ahora de frente los rostros de Ernesto “Che” Guevara y Camilo Cienfuegos. La Guerra Fría parecía ya parte del pasado.
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El grueso del problema
Tras cruzar la amplia explanada, Obama entró al Palacio de la Revolución, donde lo esperaba, por fin, el presidente cubano Raúl Castro. El estadounidense, seguido por las cámaras de todo el mundo, tenía ya la iniciativa para decirle al hermano de Fidel, en el corazón del régimen cubano, la necesidad de que la isla ponga su parte y deje a un lado la intransigencia con la que ha abordado temas como los derechos humanos y las libertades políticas.
Fue recibido con más honores y apretones de manos. Saludó a buena parte de los diplomáticos que han trabajado incansablemente en este año y tres meses convulsos, desde el anuncio del inicio del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre los dos países —el domingo alcanzó a acudir a la Catedral de La Habana para agradecer al cardenal Jaime Ortega el rol de la Iglesia católica—.
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Se sentaron Castro y Obama junto a traductores y asesores, mientras las cámaras de los medios mundiales registraban el inicio de la reunión. Se veían distendidos, alegres y no parecía haber tensión en sus gestos. Tras conversar unos minutos se paraban de nuevo hacia el pasillo, en donde les esperaba otra ceremonia, en la que tropas del Ejército cubano entonaron por segunda ocasión el himno de los Estados Unidos.
Avanzaron por el pasillo y esta vez se reunieron a puerta cerrada en otro salón, en el que se abordó el grueso de las diferencias y el carácter más complejo de la problemática entre ambos países: la falta de libertades políticas de un lado, y la perpetuación del embargo económico, del otro.
Cuba no responde
Mientras que Obama lleva más de 24 horas copando los titulares y portadas de la prensa mundial, robándose la atención de la opinión pública estadounidense en plena carrera de las primarias presidenciales, y difundiendo su mensaje renovador y reconciliador por el globo, el régimen de los Castro parece haberse quedado enquistado en el pasado, sin trascender de las buenas palabras.
Eso se evidenció en la rueda de prensa conjunta y posterior a la primera reunión de los dos mandatarios el día de ayer: “Las instituciones han reconocido 61 derechos humanos y civiles. ¿Qué país los cumple todos? ¿Lo sabe? Yo sí, ninguno. Cuba cumple 47. Unos cumplen más y muchos otros, menos. Entre ambos, estamos nosotros. No se puede politizar el tema de los derechos humanos para la confrontación, no es correcto”, dijo Raúl Castro.
Los numerosos periodistas que acudieron a la conferencia de prensa insistieron al presidente cubano sobre este tema, y el mandatario respondía con cada vez mayor molestia: “Dame la lista de los presos políticos. Si hay presos políticos van a estar libres antes de esta noche”.
“No debiera pretenderse que el pueblo cubano renuncie al destino que, libre y soberanamente, ha escogido y por el que ha hecho inmensos sacrificios. Debemos poner en práctica el arte de la convivencia civilizada. Implica aceptar y respetar las diferencias y no hacer de ellas el centro de nuestra relación”.
En diálogo con EL COLOMBIANO, Enrique Serrano, escritor y docente de la Facultad de Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario, consideró que la postura cubana ralentiza el proceso.
“Cuba piensa que ha ganado la partida porque se le han abierto muchas puertas. Espera que con un cambio político mínimo y con pocos gestos pueda mejorar su situación económica. Pero esto obedece a un timing interno de los demócratas, en plena campaña. Por eso Obama sabe que ya ganó algo con su histórico acontecimiento, mientras que la pelota la tienen ahora los cubanos”, dijo.
“El régimen seguirá sin mayores cambios y se demorará mucho en dar una contraoferta. La visita ya se quedó de esa forma y no habrá más resultado posible. Cada cuál protege sus intereses inmediatos”, agregó.
Por eso se vio a Obama con un semblante tranquilo tras la rueda de prensa. Empezó a promover horas después un fortalecimiento de los vínculos económicos estadounidenses en reunión con empresarios independientes cubanos.
Hoy además, les hablará en discurso televisado a los ciudadanos, esos mismos que lo han recibido no solo con cordialidad, sino con esperanza, con admiración, por ver en él la cara del deshielo frente a la intransigencia que intenta pegarse al pasado. En ese discurso, la presión que ya le pone a Castro podría aumentar.