En 1985, Uruguay buscaba un camino de reconciliación entre ideas opuestas tras el fin de la dictadura. La ciudadanía se esperanzaba con una era de convivencia, pero persistían las dudas sobre si el Movimiento de Liberación Nacional - Tupamaros (MLN-T), tomaría el mismo camino o, con las heridas frescas de la tortura durante años en la cárcel, decidiría retomar las armas contra una incipiente democracia.
El 17 de marzo de ese año, con la atención del país puesta sobre ellos, los jefes del grupo guerrillero fueron convocados por distintos sectores a un acto público en el Platense Patín Club de Montevideo. Pero los líderes históricos no estaban, ni parecían querer estar frente a las cámaras. Adolfo Wassen había muerto cuatro meses atrás, y Raúl Sendic no quería saber nada más de lucha de clases, mientras intentaba recomponer la relación con su familia.
Lo cierto es que la presión del momento —donde hasta la izquierda temía quedar deslegitimada por lo que hiciera el MLN-T— forzaba a que alguien tenía que hablar en nombre de los Tupamaros. El que se vio obligado a tomar la vocería fue José Mujica. “Estábamos reunidos en Conventuales y llega el pedido de apuro que tenía que ir alguien que hablara. Los compañeros que estaban en ese momento determinaron que fuera yo, un poco porque tenía experiencia en discursos, nada más que por eso”, le contó al periodista Mario Mazzeo.
Y así se dirigió a un recinto repleto de gente: “vamos a ir a todas las tribunas que nos ofrezcan. Sin embargo, por estar en un estrado, no se deja de estar abajo. Estamos reaprendiendo, porque hasta en la tumba se aprende”.
25 años después Mujica asumía como presidente del Uruguay. 31 años después —el pasado jueves 15 de septiembre— convertido ya en un líder latinoamericano, visitó Medellín para apoyar otro proceso de dejación de armas y entrada en convivencia: el que intentan completar Colombia y las Farc. Durante la visita, EL COLOMBIANO dialogó en exclusiva con él sobre la búsqueda de paz, entre otros temas.
En ese discurso del 85, tal vez su primero sin fusil en las manos, ¿a qué se refería con que estaban “reaprendiendo”?
“Nosotros veníamos de una organización militar, obviamente clandestina y que como tal no podía tener el funcionamiento de consulta y discusión interna que debe tener un grupo abierto y democrático. Si bien eso puede propender a cierta eficacia, también amputa por el lado derecho y en gran medida la visión que se tiene de las cosas”.
Viendo este momento que vive Colombia, en el que seguramente las Farc deberán hacer cambio de mentalidad similar, ¿qué les aconsejaría?
“Las Farc tienen que conocer más en detalle la realidad diversa que tiene Colombia. Seguramente que no hay una Colombia, hay varias superpuestas. Y con contradicciones. Entonces lo peor que pueden hacer a futuro es tener una visión infantil del país y sacar conclusiones sencillas.
Lo otro es la importancia que tiene meterse en la construcción de cosas concretas. Esto obliga a bajar mucho al sentido común en la percepción de la realidad. A poner los pies en la tierra. Y en especial, obliga a tratar de ganarse molecularmente y lentamente el respeto de la gente. Porque va a haber muchos prejuicios, porque hay mucha gente dolorida —que tiende a mirar hacia atrás—, y hay que tener altura para no caer en polarizaciones pueriles.
Porque se puede firmar la paz, pero esta es un proceso de integración que hay que construirlo después. Eso no quiere decir que tengan que andar a los besitos. Pero que tienen que andar con respeto, que no es lo mismo”.
Usted se ha reunido con los jefes de las Farc en La Habana, ¿eso les ha dicho?
“Sí. Yo he hablado con ellos muchas veces. Ellos saben cómo pienso yo. Siempre me escuchan, pero el problema es que ese cambio que se les pide lo tienen que transmitir ahora a mucha gente. Y por otro lado no son solo ellos. Tampoco hay que caer en fomentar odios ante los que están en contra del proceso. Lo peor que le puede pasar a Colombia es que quede dividida por un Sí o por un No”.
Se puede debatir pero sin caer en confrontación...
“Se pueden tener posiciones contrarias, pero no caer en una antinomia de confrontación. Y en especial separar la cuestión del poder político de algo superior como la paz. El gobierno será bueno, malo o regular, y la oposición será buena, mala o regular, pero no entreveremos la disputa de carácter político —que inevitablemente en toda sociedad subyace a todos los niveles—, con el problema de la paz. Tenemos que separar esos asuntos, porque me parece que no solo le conviene a los colombianos, sino a toda la humanidad.
Eso si se tiene en cuenta que la civilización humana llegó a un nivel de despilfarro enorme, en el que por la mantención de los presupuestos militares gasta un caudal de energía que le sobraría para atender los problemas sociales más importantes del mundo. Se gastan en el globo 2 millones de dólares por minuto en presupuesto militar, saquemos la cuenta. Por día empieza a ser aterrador, y por año es ya una cosa de fantasía”.
¿Ha podido hablar con el presidente Juan Manuel Santos sobre este proceso? ¿Qué sensación le deja desde la parte del gobierno?
“Siempre vi una actitud positiva y abierta de él, y me pareció correcto respaldarlo. Eso no quiere decir que yo esté metido en la política concreta de Colombia. Ahí no sé nada y no me metería nunca. La razón por la que estoy acá es por la cuestión de la paz, a esta altura un problema de la humanidad.
De todas maneras yo le consulté a Presidencia antes de venir, y se me dio la luz verde. Vine respondiendo la invitación de los sindicatos. Es lo mínimo que puedo hacer. Desde el momento en que se planteó la negociación vi que había que apoyar porque ¿cuál es la otra alternativa?
¿Que Colombia siga crónicamente con una guerra intestina? ¿Puede ser la guerra la forma natural de organización y de vida de una sociedad? ¿El género humano está hecho para eso? ¡Medio grave sería! Las viejas definiciones de la guerra dicen que se hace por una paz mejor. Pero el objetivo nunca es la guerra, el objetivo es la paz. Entonces no veo otra salida. Reconozco que tiene dificultades, ¡claro que las hay! Pero más dificultades tiene no encarar este asunto e internarse en una lucha contra la paz. Esto sería decir ‘esta nación está condenada a vivir en guerra’”.
El periodista Andrés Danza decía que en años en los que se filtró poco o nada, usted ayudó a que Gobierno y Farc se sentaran en la mesa...
“Claro que sí. Por la razón que le dije. Tomé esa decisión cuando uno ve una guerra inútil para los dos lados, algo que no lleva para ninguna parte. Ni las Farc llegan al poder para modificar nada, ni el Estado llega a la sombra de la selva para liquidarlas. Entonces se tiene que poner racionalidad. No puede ser el objetivo de la gente vivir eternamente disparando en la montaña”.
Usted reitera que “este mundo está loco porque le sorprende lo normal”. Así parte de Colombia se sorprende con la posibilidad de vivir en paz y hasta le teme...
“Una parte de Colombia tiene incertidumbre ante la paz, y tiene miedo. Se acostumbró a vivir con el conflicto, y le parece que es una cosa natural. Por eso hay que evitar la confrontación. Hay miedo de que todo sea una maniobra, de que las Farc quieren respirar y colocarse mejor. Que van a tomar el poder. He leído cualquier cosa terriblemente subjetivizada, sin darse cuenta que el pueblo colombiano hacia adelante, en 15 años, ni mirará al que siga hablando del pasado. Todos van a mirar para adelante.
Y tal vez pueda que salga alguien de las filas de las Farc que sea mañana una figura política, capaz que sí, pero no va a ser porque fue guerrillero. Lo va a ser si le sirve a la causa de los colombianos de aquí en adelante en democracia, no va a ser por el pasado. ¡Mentira! A mí no me votaron porque fui guerrillero. Me votaron por estar sirviéndole a la gente, y tratando de ayudar a la gente, luchando por ellos. Pero no por la historia, eso es fantasiosamente ridículo (risas). Hay que lidiar con eso.
Y también creo que las Farc tienen sus miedos. Tienen prevención principalmente de que les pueda pasar lo mismo que la UP y el M-19. Que les lleguen amenazas y los empiecen a asesinar. Acá hay miedo por los dos lados y hay que trabajar país desmontando eso”.
Usted enfatiza en el respeto a las ideas contrarias. Y aquí, a pesar de nuestro historial democrático —no tuvimos largos periodos de dictaduras—, no parece que seamos buenos en tolerar al otro. ¿Pasa por cambiar la mentalidad?
“Esa es una lucha que tienen que impulsar en el campo de la educación, de las costumbres. Saber que puede haber enfrentamiento de ideas, pero que esto excluye a las personas. No tiene por qué haber enfrentamiento de la gente. La democracia tiene que reconocer que hay un choque de ideas, porque los seres humanos somos distintos. Ese debe ser el papel de la política, administrar las pugnas inevitables que surgen en la sociedad. Llegar a un mundo perfecto, sin diferencias ni disputas, es utópico. Lo que tenemos que buscar es que esas disputas no paralicen ni aplasten a la sociedad, y que esta pueda cumplir su papel de transmitirse a todos”.
También reitera que “nada es más importante que la vida, algo que parece de perogrullo, y aun así atentamos de tantas formas contra ella en el mundo”. ¿Se podría decir que su visión fundamental es una política de la vida?
“Para cada uno de nosotros, los que estamos en este planeta, no hay fortuna mayor que conservar la vida. Y eso sería lo normal, estamos programados así. Por tanto, ya somáticamente deberíamos estar contra la guerra. Y más cuando es una guerra sin salida, cuando parece que es a ciegas, porque es una guerra que ni cambia el poder ni llega a él para influirlo, ni el poder tampoco logra liquidar a los agentes de la guerra. Entonces es un esfuerzo inútil, un sacrificio inútil.
Pero los seres humanos tenemos peculiaridades que no tienen los otros bichos. Somos los únicos que enterramos nuestros muertos y los únicos que nos suicidamos a veces. Jamás vi un perro que se suicidara, un gato, un caballo, nunca. Tratan de vivir hasta lo último, con todo lo que pueden”.
Quienes lo conocen cuentan que usted adoptó esa ‘política de la vida’ de solo poder leer libros de biología en prisión..
“Es muy difícil para mí recordar eso. Estuve siete años sin libros, y después me dejaron leer solo los de ciencia: física, química, esas cosas. Fueron años muy tristes que me reformularon el carácter. Para mantenerme vivo tuve que pensar disciplinadamente conocimientos que tenía pero que no los había profundizado. No hubiera sido el que fui si no hubiera vivido esas peripecias, que me enseñaron mucho más que el resto de mi vida. Con esto quiero transmitirle a la gente joven que no sienta que el mundo se le viene abajo cuando tiene una derrota. Se aprende más de la adversidad”.
Llama la atención que su familia materna fue militante conservadora, del Partido Nacional. ¿Usted como personaje de izquierda aún mantiene algo de esas ideas políticas?
“Uruguay es un país muy peculiar. Es uno de los pocos países del mundo en que los dos partidos que le dieron origen como nación independiente siguen existiendo y se repartieron el poder por largos periodos de su historia. El Partido Colorado gobernó 90 años hasta que llegamos nosotros (Frente Amplio). Hoy están muy venidos a menos, pero ¿por qué lograron tanto? Probablemente porque nunca fueron partidos en el sentido europeo. En realidad fueron frentes. Siempre tuvieron una especie de izquierda, una derecha y un centro, que vivían negociando. Eso ha sido muy sano para el país. Le dio un tono muy conciliador a la política uruguaya en general, que nosotros heredamos, no por ser de izquierda, sino por ser uruguayos. Nos fue posible crear el Frente Amplio, que ya tiene 45 años. No es un frente electoral, es un frente programático. Tiene un programa que es revisado cada 4 o 5 años, y el cumplimiento del mismo es lo que nos garantiza la unidad. Funcionamos en torno al mismo, a pesar de que tengamos diferencias entre nosotros. Eso nos sirvió para llegar al gobierno”.
¿Usted cree por tanto que el cambio y lo conservador deben sumar, trabajar en pro del bien común, por encima de esa visión en blanco y negro que se debe superar?
“La historia se mueve un poco pendularmente. Lo que puede ser el cambio, o el punto de vista que llamamos progresista, son fuerzas tratando de amainar o disminuir las desigualdades y la falta de oportunidades que se dan en una sociedad que se está desarrollando. Lo conservador tiene la importancia de que se preocupa más que nada por la marcha económica y la gestión empresarial, prioriza eso. Mientras que lo otro prioriza los problemas de reparto, de enseñanza y de salud. En realidad creo que aunque el sistema pasa por periodos en un sentido y el otro, cuando la marea retrocede nunca se vuelve al punto del cual se arrancó. Quiere decir esto que la cara progresista va incorporando cosas que quedan en el devenir humano. Para entender esto, los Mártires de Chicago murieron todos por pedir ocho horas de jornada laboral. No lo lograron ellos, pero 50 años después nadie discutía las ocho horas en el mundo. Los mataron, pero triunfaron”.
Cuando usted fungía como mandatario, se contaba como uno más de los líderes de la izquierda en la región. Han pasado los años. Venezuela hoy está en crisis, en Brasil el PT fue expulsado del poder, el kirchnerismo en Argentina en su ocaso, todos con distintos escándalos de corrupción. Pero usted sigue como un líder latinoamericano desde la izquierda ¿cómo explica eso?
“Permanezco no por mí, sino por la gente. No es que sea yo, sino que los seres humanos siempre buscan creer en algo. Y es una época en que es muy difícil encontrar puntos de referencia. Agarran a un viejo estrafalario, medio raro, que vive con mucha sobriedad y sencillez. Que no se metió en los Panamá Papers ni en negocios turbios y les parece que es un fenómeno. Y no es ningún fenómeno, tendría que ser lo normal. Pero lo que pasa es que estamos en un mundo que le sorprende lo normal”.
¿Qué tiene ese Volkswagen Escarabajo azul celeste del 87, para que usted no lo reemplace por nada?
“No tiene nada, es cómodo. Está en línea con todo lo que pienso. Tiene una mecánica muy sencilla, y eso está muy bien. Y en el Uruguay hay repuestos hasta en la farmacia para el escarabajo. Son baratísimos. Además, andando a 60 km/h vas a cualquier lado. Y un viejo de 81 años manejando a 140 es un peligro (risas)”.