Cada treinta minutos un hombre abusa de una mujer en Colombia. En un año, 18.000 mujeres denuncian haber sido víctimas de violencia sexual, pero solo el 97 % de los casos terminan en una condena, según el informe de seguimiento a los autos de la Corte Constitucional sobre violencia sexual.
Y si esto pasa en Colombia, donde las penas por este delito son más severas que en la mayoría de legislaciones (de 12 a 20 años de cárcel por acceso carnal violento), ¿cómo es ser mujer en un país donde la víctima es culpable de su propia violación?
En el 2007, el caso de una muchacha de 18 años en Arabia Saudí conmovió al mundo. La Chica de Qatif, como la llamaron para proteger su identidad, fue violada en un parqueadero por siete hombres cuando estaba con un viejo compañero del colegio.
A pesar de que en ese país la violación de una mujer constituye un agravio contra el honor de la familia y la víctima no puede denunciar la agresión por sí misma sino a través de un hombre, la Chica de Qatif, con ayuda de su prometido, se atrevió a denunciar el delito ante las autoridades.
Aunque el fiscal pidió pena de muerte para los siete agresores, los jueces los condenaron a entre dos y nueve años de prisión. Pero además, la justicia sentenció a la Chica de Qatif a seis meses de cárcel y 200 latigazos por encontrarse sola con su compañero de colegio, con quien no tenía parentesco, y por “hablar con los medios de comunicación para influir en los jueces y dañar la imagen del país”.
El veredicto de los saudíes le dio la vuelta al mundo y reabrió el debate sobre la leyes que protegen al género femenino en el mundo islámico, donde la vida de la mujer vale la mitad que la de un hombre según lo dicta la sharia (ley islámica).
En Irán, por ejemplo, las leyes que protegen a las mujeres son un cuchillo de doble filo: el código establece pena de muerte para los violadores pero la mujer debe demostrar la agresión con un examen médico y además presentar un testigo del hecho. Si no lleva un testigo, el violador queda libre y la mujer puede terminar incriminada por falso testimonio.
En el 2013, cientos de mujeres, incluyendo varias periodistas extranjeras, fueron violadas durante las manifestaciones contra el régimen egipcio de Mohamed Morsi, el primer presidente electo democráticamente en 5000 años de historia.
El Comité de Derechos Humanos del Consejo de la Shura (uno de los organismos legislativos de Egipto) dijo en respuesta a las denuncias que la culpa era exclusiva de las mujeres. “Saben que están entre matones. Tienen que protegerse ellas mismas antes de pedirle al Ministerio de Interior que lo haga”, dijo el general de la policía egipcia Adel Abdel Maqsoud Afifi. “Si se ven envueltas en esas circunstancias las mujeres tienen el 100 % de responsabilidad”.
Pocos meses después el régimen de Mohamed Morsi fue derrocado por un golpe de Estado, pero la violencia sexual contra las mujeres no amainó. Según el Centro Egipcio para los Derechos de las Mujeres (ECWR), el 83 % de las mujeres de ese país confiesan haber sufrido algún tipo de abuso sexual y el 62 % de los hombres admiten que han sido victimarios.
Estas cifras podrían parecer exageradas, pero no están lejos de los índices de violencia contra la mujer en el resto del mundo.
De acuerdo con los estudios de la ONU, el 70 % de las mujeres han sido alguna vez víctimas de agresiones físicas o sexuales por parte de sus parejas permanentes. Sin embargo, este delito solo está prohibido en 125 de las 194 naciones del mundo: 603 millones de mujeres aún viven en países donde sus esposos las agreden física o sexualmente mientras la justicia está de brazos cruzados.