Un grupo de militares rebeldes de Venezuela, varios de ellos sancionados por Estados Unidos por narcotráfico y violación a los DD. HH. en su país, pidieron ayuda al gobierno de Donald Trump para derrocar a Nicolás Maduro y establecer un gobierno militar de transición mientras se instauraba un nuevo gobierno democrático, reveló el fin de semana el diario The New York Times.
El país del norte no aceptó, no porque le faltaran ganas, sino porque no encontró un plan claro de acción de los militares y tampoco contaba con el apoyo de los países de la región, que ya le habían expresado al presidente Trump que no apoyarían ninguna intervención militar en Venezuela.
En septiembre del año pasado, el entonces presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, principal aliado de EE. UU. en Latinoamérica, se negó a una intervención de tipo militar, durante una cena a la que Trump invitó a los presidentes de la región. Los mandatarios allí reunidos propusieron, en cambio, acompañar al pueblo venezolano en una transición pacífica.
Por eso EE. UU. calló ante la petición de los militares rebeldes para que les proveyeran radios encripados para tener comunicaciones seguras. Por lo menos 400 miembros de las Fuerzas Armadas estaban dispuestos a dar el golpe.
Pero aunque mantuvo silencio frente a las propuestas, algunos funcionarios norteamericanos dieron puntadas a la opinión pública acerca de que la intervención y el golpe de Estado siempre eran posibilidades a considerar.
Lo hicieron el congresista Marco Rubio, a través de Twitter, cuando trinó: “El mundo apoyaría a las Fuerzas Armadas de Venezuela si decidieran proteger al pueblo y restablecer la democracia con la destitución de su dictador”, y Rex Tillerson, exsecretario de Estado, dijo en febrero pasado: “cuando las cosas estén tan mal que el mando militar se dé cuenta de que ya no puede servir a los ciudadanos, encontrará la forma de realizar una transición pacífica”.
Pese a no llevarse a cabo, esta información aviva los miedos que generaron el golpe de Estado en Chile (1973), que llevó a la dictadura de Augusto Pinochet, o el apoyo encubierto de Ronal Reagan a los rebeldes de derecha en Nicaragua, en los 80.