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Cumbre de las Américas, a un paso de ser fallida

El tema central será la corrupción y, casualmente, varios de los mandatarios que asisten están involucrados en estos hechos.

  • El presidente de Perú, Martín Vizcarra (i), interviene hoy, miércoles 11 de abril de 2018, durante el Foro de los Jóvenes, una de las reuniones preparatorias para la Cumbre de las Américas, en Lima (Perú). FOTO EFE
    El presidente de Perú, Martín Vizcarra (i), interviene hoy, miércoles 11 de abril de 2018, durante el Foro de los Jóvenes, una de las reuniones preparatorias para la Cumbre de las Américas, en Lima (Perú). FOTO EFE
12 de abril de 2018
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Cumbres de las Américas se han realizado para definir políticas regionales.

Las probables escenas de Donald Trump en una Cumbre de las Américas avivaron el debate y le dieron una relevancia inesperada al encuentro que tendrá lugar en Lima, Perú, el viernes y sábado.

¿Dialogará con el líder cubano Raúl Castro, días antes de que deje el poder?, ¿hablará del muro en la frontera con México?, ¿desbaratará tratados de libre comercio, como prometió en campaña?, ¿despotricará del chavismo en la mesa de los que se aferran al Alba?, ¿lanzará sanciones contra Venezuela?

Conjeturas eran apenas lógicas, teniendo en cuenta los desatinos de Trump en sus encuentros multilaterales: ser el único apático al Acuerdo de París contra el Cambio Climático en las cumbres del G7 y del G20, minimizar la importancia de la OTAN en la misma Cumbre de la OTAN, entre otros.

Sin embargo, con su decisión el pasado martes de cancelar la asistencia (argumentando un posible ataque militar al régimen de Siria), las hipótesis se deshicieron y la Cumbre de las Américas perdió el pulso.

El acto, que para muchos es un desaire, tiene impactos en la relación Estados Unidos-América Latina y en el alcance del encuentro.

Descuidar a un aliado

El efecto más relevante es simbólico: se trata de la primera vez que no asiste el presidente de Estados Unidos a una Cumbre, instalada en 1994, por el gobierno de Bill Clinton (ver la historia en el paréntesis).

“Es un ejemplo más de los insultos de este gobierno a la región. Se ausenta de los eventos estratégicos, como si fueran menores. También minimiza el comercio y la migración”, afirma Cristopher Sabatini, catedrático especializado en América Latina de la Universidad de Columbia, y añade que lo paradójico es que llevaba a Lima un discurso en el que pedía tener cuidado con cooperar con China por el riesgo de participar en malas prácticas de comercio. “Sin embargo, le importa tan poco, que no asiste a la cumbre regional más importante”, pues es la única que reúne a los mandatarios del hemisferio.

“La razón por la que se quita de la cita es porque América Latina no es prioridad”, repunta Sebastián Bitar, director del pregrado en Gobierno y Asuntos Públicos de la U. de los Andes. Según el internacionalista, podría monitorear una respuesta militar o diplomática a Siria, sin cancelar una visita.

Más bien, argumenta, coincide con el avance de investigaciones sobre la intromisión rusa en las elecciones presidenciales de 2016. “La cancelación se da en un momento de presión contra Trump. El FBI allanó la casa del abogado personal del mandatario y la pesquisa llega a su círculo cercano”, agrega Bitar.

Esto no significa que los vínculos entre Estados Unidos y América Latina no estén funcionando. Para el director de programa, a excepción de México, Trump no ha deshecho pactos comerciales en la región y las relaciones, aunque no son prioridad, “son funcionales”.

Juan González, exsubsecretario de Estado adjunto para el Hemisferio Occidental en la administración de Barack Obama, cree que los meses en que la comunidad internacional creyó que Trump asistiría a Lima fueron determinantes para darle relevancia a una cumbre que, dice, ha perdido fuerza.

Ahora bien, la participación del vicepresidente Mike Pence, en reemplazo de Trump, sigue enviando un mensaje “bastante importante” sobre las relaciones con Estados Unidos.

Según el exfuncionario, de origen colombiano, aunque el Washington de Trump refleja vagamente las necesidades de América Latina y parece dirigir sus esfuerzos a tres únicos temas (la crisis venezolana, la relación con Cuba y la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte), también es consciente de que abandonar otros asuntos de la agenda puede arrebatarle su histórico dominio en la zona, muy coqueteado por China y la Unión Europea.

“Si Estados Unidos no está involucrado competitivamente en temas de largo plazo, va a terminar cediendo liderazgo”, apunta González, para quien el vicepresidente Mike Pence deberá mostrar más que firmas de documentos y reuniones con jefes de Estado. “Lo importante será qué va a hacer cuando regrese a Washington: si enfocará los resultados de la Cumbre de forma más activa, si usará el escenario para proponer una verdadera salida democrática y pacífica en Venezuela”, concluye.

Una cita en declive

En sus inicios, 1994, la Cumbre de las Américas, un espacio de encuentro multilateral ideado por Estados Unidos, se convirtió en el escenario idóneo para señalar a este país como la potencia dominante de la región.

A excepción de Cuba, los regímenes dictatoriales habían caído y el ambiente estaba dado para expandir los valores democráticos y de libre comercio de Washington.

“Estados Unidos empezó a cumplir el papel de adalid de las relaciones internacionales en la región y a hablar de la necesidad de un acuerdo de libre comercio hemisférico desde Alaska hasta la Patagonia”, destaca Saúl Pineda, director del Centro de Pensamiento en Estrategias Competitivas de la Universidad del Rosario, refiriéndose a un Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA).

Un cierto consenso en torno al liberalismo económico como punto de encuentro se mantuvo hasta principios del milenio. Sin embargo, los descontentos sociales no demoraron. Según recuerda Pineda, la orientación de Estados Unidos hacia desmontar políticas sociales en medio de la lógica del libre comercio se convirtió en un divisor de la región, lejos de aquella unanimidad que parecían haber logrado en las cumbres (1994, 1996, 1998 y 2001).

En cambio, el encuentro de 2004, en Mar del Plata, Argentina, fue de rupturas. El fallecido Hugo Chávez, expresidente de Venezuela, ya hablaba del socialismo del siglo XXI, mientras el peronista Néstor Kirchner lideraba en el país anfitrión del encuentro y Luiz Inácio Lula da Silva estrenaba un gobierno de izquierda en Brasil.

“Inmediatamente se deterioraron las relaciones entre América Latina y Estados Unidos. Con estos presidentes aparecieron descontentos de un modelo económico que estaba marginando a grupos sociales, al punto que, en ese año, mientras se celebraba la Cumbre de las Américas, otro, en el mismo país, realizaba una cumbre social”, destaca Pineda.

Aquel escenario, coincide Felipe Zarama, coordinador del Observatorio de Política y Estrategia en América Latina de la U. del Rosario, fue el “sepulcro del ALCA”, mientras la Cumbre de 2009, en Trinidad y Tobago fue la primera en carecer de una declaración final consensuada entre los 35 estados americanos.

Más tarde, Cartagena (2012) y Panamá (2015) dejaron resultados poco alentadores. “Se hizo evidente cómo la tensa situación sociopolítica de La Habana (expulsada de estos espacios por alejarse de la democracia) dificultaba la posibilidad de lograr acuerdos sobre temas regionales”, continúa Zarama, para quien el retorno este año de Cuba al encuentro de Lima podría darle un giro a esos antiguos desencuentros.

¿Retórica o acción?

El coordinador del Observatorio cree que pese al declive de la Cumbre como foro multilateral, las circunstancias “extrañas” que rodean la cita de Lima podrían ser una oportunidad en términos de simbolismo.

De acuerdo con su análisis, la ausencia de Trump y el claro reflejo de que América Latina le parezca irrelevante, puede generar acercamientos fuertes con China, por ejemplo. A su vez, la decisión del grupo de la Cumbre de las Américas de retirar la invitación al presidente venezolano, Nicolás Maduro, hará que el mandatario sienta aún más el aislamiento regional. (Ver columna).

Cristopher Sabatini, de Columbia, tiene menos fe. “Debemos ser honestos. La Cumbre nunca ha generado agenda, un plan de acción claro. Ni siquiera funcionó la primera, en la que plantearon la idea de un tratado de libre comercio para las Américas”, insiste en que estos espacios son simbólicos y sirven para enfocar la atención de los jefes de Estado norteamericanos respecto a América Latina.

Esta vez, además, está el agravante de que no irá el mandatario y, por ende, “será difícil que haya diplomacia para lograr algo”.

Saúl Pineda coincide en que estamos ante una situación en la que los intereses de Estados Unidos no coinciden con los de América Latina. “Más bien Trump, quedándose en Washington, trata de fortalecer su estrategia reeleccionista con una agenda de seguridad interna. Todo está orientado a posar para la pasarela interna de sus votantes”, detalla.

De otro lado, continúa el economista e internacionalista, tratar la corrupción (el tema central de la Cumbre de Lima) de forma multilateral no será fácil. “Con Brasil, Colombia, Perú, Argentina y Ecuador atravesados por escándalos de este tipo con los jefes de Estado involucrados, es más que evidente que serán cuidadosos en no dejarse meter la mano en su política interna”, concluye.

Voz contra la corrupción

Celebrar una Cumbre de las Américas cuyo centro de discusión será la corrupción resultó siendo una incómoda coincidencia para Perú. Apenas tres semanas después de que el expresidente Pedro Pablo Kuczynski renunciara a su cargo, luego de ser señalado de recibir sobornos de la empresa brasileña Odebrecht mientras era ministro, el país tendrá que ser escenario de este álgido debate.

Bajarle el tono a la discusión frente a una problemática que adquirió tintes transnacionales (con los pagos de Odebrecht a 10 gobiernos de la región), es una opción para Perú y para los demás involucrados (Brasil, Venezuela, República Dominicana, Argentina, Colombia, Ecuador, Guatemala, México y Panamá).

Sin embargo, Patricia Zárate, investigadora del Instituto de Estudios Peruanos y experta en corrupción lo considera un desafío. Aunque reconoce que la gente del común no está informada sobre lo que sucederá el viernes y sábado en Lima, al menos el Gobierno de Perú estará en la encrucijada de reconocer sus líos con la transparencia y proponer soluciones.

Perú, según el informe Barómetro de las Américas de 2017, es el país de la región que menos confía en los políticos (solo el 7,8 % de los ciudadanos), mientras el 91 % pensaba que la mitad o más de los funcionarios públicos están involucrados en corrupción.

El problema se ha agravado, teniendo en cuenta que, en 2014, solo el 10 % de la población lo consideraba como el más grave, y ahora lo platean así el 27 % de los peruanos.

“Tenemos entremezclada la corrupción con la política, y estamos en un círculo vicioso en el que la gente se desentiende de la política, porque la cree turbia. Los líderes aprovechan la ausencia de observadores para involucrarse en sobornos”, reflexiona Zárate, y agrega que la situación no es distinta en la región.

Eso mismo identifica Andrés Hernández, director de Transparencia por Colombia. Para él, el escándalo de los sobornos de Odebrecht alertó sobre el hecho de que en América Latina la corrupción es transnacional, afecta instituciones, viola los derechos humanos básicos de la población y requiere más que medidas cosméticas.

Hernández detecta que, como problema regional, la corrupción mantiene patrones comunes entre los países: comienza con la financiación de campañas, sigue con las áreas de compras y contrataciones y se aprovecha de sistemas judiciales débiles para mantenerse en el tiempo y fortalecerse.

Con esas características tan claras entre los países que asistirán a la Cumbre de las Américas, el director de Transparencia considera que este encuentro tendrá que cimentar bases de un escenario hemisférico para discutir los comportamientos alrededor de la corrupción y construir soluciones coordinadas para evitar que, como plagas, estas malas prácticas se muevan de país en país.

“No proceder de esa forma será como no hablar de un elefante que tenemos en la sala de y que, si sigue ahí, correrá el riesgo de seguir siendo tratado desde la demagogia y los populismos”, enfatiza.

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