El 10 de diciembre de 2006, el día en que Augusto Pinochet murió, a Roberta Bacic, compiladora de la memoria de la dictadura chilena, le llamó la atención que a pesar de los esfuerzos por reconstruir y contar los vejámenes del líder, millones de personas salieron a las calles a llorarlo.
“La dictadura y la guerra dividen a un país”, dice ella, para quien 3.200 asesinatos en manos de agentes del Estado, 1.192 desapariciones y más de 33.000 personas secuestradas, torturadas y encarceladas por razones políticas, son suficientes para haberse identificado más con las víctimas que con los perpetradores.
Bacic trabajó por cuatro años en la Segunda Comisión de la Verdad de su país. Escuchó a familiares de asesinados, desaparecidos y torturados; también se encontró con sobrevivientes e incluso con responsables de los hechos.
Al final encontró que había un vacío: aunque la justicia ha operado en Chile con relativa diligencia, esas personas debían esperar muchos años hasta que se condenara o se reparara y, mientras tanto, el sufrimiento en medio de la cotidianidad se iba borrando de las memoria.
Entonces, la investigadora, que terminó yéndose a Irlanda del Norte, inició un trabajo paralelo de reconstrucción, distinto al que adelantaban las comisiones.
Entre 1973 y 1990, cuando tuvo lugar la dictadura del país suramericano, el arte y la expresión fueron altamente reprimidos, y luego confinadas a la clandestinidad.
La verdad en retazos
Entre las piezas más reveladoras sobre la situación estuvieron las arpilleras, tejidos sobre textiles de estopa, elaborados por mujeres que contaron con hilo y aguja las historias de sus desaparecidos, de la escasez de alimentos y las vejaciones que cometió el Ejército contra ellas, hijos y maridos.
La narración se completaba con el mensaje que solían insertar en el bolsillo trasero de la pieza y donde revelaban con más detalle lo sucedido.
Desde 1975, Bacic las adquirió, por medio de la Vicaría de la Solidaridad, un órgano de la Iglesia Católica al que acudían aquellas mujeres. Algunas las enviaba al exterior, para evitar que los militares las destruyeran, y con los años las fue recuperando para restaurarlas y exhibirlas.
Hoy, cuando Pinochet completa una década de fallecido, las colecciones dan muestra del drama que esa figura provocó. Tal vez la pieza que mejor lo retrata es ¡Adiós Pinochet!, un textil que le envió de vuelta una pareja suiza a Bacic, y cuya autora o autoras nunca se conocieron (ver imagen).
Elaborada con retazos de uniforme de colegio, esta pieza confirma que durante la era de Pinochet, los hombres eran los principales objetivos de arrestos, torturas y desapariciones, y las mujeres comenzaron a denunciar las acciones del régimen tanto en las calles como en sus arpilleras.
En esta, las mujeres se ven reunidas en un barrio modesto para demostrar su frustración y enfrentar la situación que les impide llevar una vida decente. Los hilos forman cables con los que tienen que robar electricidad para sus casas, que pese a la difícil situación económica, las plasmaron con colores brillantes y en medio de las montañas y el sol.
Aún así, según puede observarse, las mujeres se reúnen y protestan en dos grupos, cada uno llevando un estandarte. Uno dice: “¡Fuera Pinochet!”, y el otro “Adiós Pinochet!”.
Una figura contradictoria
Finalmente, en 1988, mediante un plebiscito, el 55,9 % de los chilenos votaron por convocar a unas nuevas elecciones presidenciales que dos años después marcaron la transición a la democracia. El arresto de Pinochet, en Londres en 1998, fue el otro hito que desencadenó cambios sobre la percepción del líder autoritario.
No obstante, hay aspectos suyos que aún hoy parecen difíciles de borrar y que conservan las divisiones entre la población por esa polémica figura y su gobierno.
“Pinochet es el político más transformador e influyente que tuvo Chile en la segunda mitad del siglo XX”, acepta Patricio Navia, politólogo y sociólogo chileno, para quien, pese a ello, su brutal dictadura dejó huellas indelebles en la democracia actual.
Según el experto, las violaciones a los derechos humanos son una herida que todavía no se cierra en Chile. Pero además de la brutalidad del régimen, Pinochet implementó el modelo económico que ha hecho de Chile el país más desarrollado de la región.
En eso coincide Lucas Sierra, subdirector del Instituto de Estudios Públicos de la Universidad de Chile. Según dice, la dictadura inició una reforma de la economía y de la estructura de las relaciones sociales que significó modernización y reducción de la pobreza para ese país: “Se cambiaron las relaciones entre el Estado y el mercado, se privatizaron de una forma importante los sectores productivos y se estableció un modelo de antimonopolio que los demás gobiernos heredaron y que hacen a este país un referente de desarrollo en la región”, comenta.
De otra parte, retoma Navia, aunque Chile ha hecho avances sustanciales en justicia y reparación por las violaciones a los derechos humanos, como el informe de la comisión Rettig, que permitió identificar a víctimas mortales de la dictadura, “es lamentable y doloroso que Pinochet haya muerto sin ser condenado”.
Y es que al entregar el mando, con una nueva presidencia, Pinochet retuvo mucho poder y los gobiernos democráticos privilegiaron solucionar los problemas urgentes de pobreza y fortalecer la democracia que tratar de buscar justicia. “Tal vez faltó algo de coraje moral”, reconoce el politólogo, y concluye con una analogía: “Chile hoy es como Luke Skywalker, de la Guerra de las Galaxias, mientras que Pinochet es el Darth Vader. Su influencia es negativa y la memoria que evoca es traumática. Pero hoy Chile no sería lo que es si no fuera por las reformas que implementó Pinochet, como la memoria de Vader sigue en la trama”.