Este fin de semana las cosas volvieron a salirse de control en territorio nicaragüense. Reviviendo lo ocurrido desde que las protestas contra el régimen de Daniel Ortega empezaron –miércoles 18 de abril–, la represión de las autoridades y la persecución de los simpatizantes del gobierno se ensañaron con los jóvenes y familias que claman por una democracia más amplia en el país centroamericano.
En la mayoría de las ciudades hubo enfrentamientos. Pero la localidad de Masaya, cercana a la capital, Managua, fue la más afectada durante 12 horas de caos.
Por decenas se contaron los disidentes heridos desde el sábado en enfrentamientos contra fuerzas antidisturbios y adeptos al régimen. Con palos y piedras, los vecinos que desde hace días protestaban por el fin de la represión y el totalitarismo de Ortega, respondieron a las provocaciones.
Fue la jornada más violenta desde que empezó esta coyuntura de presión al régimen orteguista. Y demostró para muchos nicaragüenses, que el mandatario no dará su brazo a torcer y que aún no escucha los distintos llamados al diálogo. De hecho, desde Managua, una multitudinaria caravana partió ayer hacia el destrozado pueblo –35 km al sur– con banderas y haciendo ruido, en apoyo a los vecinos que soportaron la fuerza represiva la tarde anterior.
Aún no hay un balance concreto de cuántos muertos dejaron las caóticas horas en el país pero, según el diario La Prensa, en Masaya hubo al menos un joven asesinado por disparos de efectivos policiales –o incluso de “paramilitares” al servicio del régimen–. En total, tras 26 días de crisis, se han confirmado 54 muertes por los enfrentamientos y la represión.
Fisuras sandinistas
¿Pero qué implica que se haya mantenido por tanto tiempo este movimiento estudiantil, ahora apoyado por amplios sectores de la sociedad nicaragüense? EL COLOMBIANO abordó el tema con expertos.
En opinión de Mauricio Jaramillo Jassir, docente de la Facultad de Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario, “el gobierno de Ortega no solo no tiene mecanismos de gestión de crisis, sino que su negativa a aceptar la mediación solo está logrando que la gente cada vez coincida más en que la solución directa es su salida. Normalmente no ocurre que la gente permanezca tanto en la calle, y eso demuestra un nivel de organización y logística mínimo que está creciendo. Esto indica también fisuras e inconformidades dentro del sandinismo por el papel totalitario de los Ortega, por lo que muchos están apoyando ya al movimiento estudiantil”.
Para Aldo Olano, doctor en Estudios Latinoamericanos y docente de la Universidad Externado, “la clave ahora es ver si, como no ocurrió en Venezuela, las fuerzas militares del país empiezan también a fisurarse, lo que realmente le causaría una crisis decisiva al régimen de Ortega”.
Punto de no retorno
Ambos académicos coinciden en que el primer reto del movimiento de protestas era asegurar que no se tratara de un conato pasajero de malestar ciudadano, pero ahora resta ver si, de mantenerse la intransigencia de Ortega, las fisuras se extienden no solo dentro del sandinismo, sino que empiecen a afectar a las fuerzas militares.
De cualquier forma, para Jaramillo ya hay una página histórica imborrable para el país: “creo que Nicaragua llegó a un punto de no retorno. No veo factible que el gobierno recupere su credibilidad. Al margen de que Ortega consiga mantenerse en el poder, va a ser muy difícil que la ciudadanía lo legitime. Hay dos escenarios posibles: que el mandatario se aferre al cargo sin legitimidad, o que las fuerzas del orden, por la violencia que se está dando, terminen por forzar su salida”.