Cientos de miles de nicaragüenses se agolparon ayer en la capital del país, Managua, para hacer un llamado rotundo de la ciudadanía a que el régimen de Daniel Ortega cese la represión y, en cambio, abogue por resolver los actuales problemas escuchando a los sectores inconformes y dialogando con ellos.
Ya no se trató de algunos conatos de estudiantes enfrascándose en disturbios. Desde distintos puntos de la ciudad, familias enteras y ciudadanos de todas las edades se trasladaron masivamente hacia la explanada que rodea la Catedral Metropolitana, junto a la avenida nombrada en honor del poeta nacional, el Paseo Rubén Darío. Respondían así a la convocatoria hecha por la Conferencia Episcopal de Nicaragua, que será mediadora del previsto diálogo entre gobierno y jóvenes.
De inmediato se realizó una homilía al aire libre en la que los obispos dieron un plazo de un mes para que se llegue a acuerdos en el marco de ese diálogo. Mientras que los ciudadanos gritaban consignas de “¡queremos la paz!” y “¡que se vayan!”, en referencia a Ortega y a su esposa, Rosario Murillo, vicepresidenta del país, los sacerdotes instaban al régimen a poner en consideración los problemas de “justicia y libertad” que plantean las protestas iniciadas el miércoles 18 de abril.
Paralelamente, el Movimiento 19 de abril, que agrupa a las organizaciones estudiantiles del país, exigió la creación de una comisión independiente para investigar la represión de las protestas, que hasta el momento dejó 43 muertos. Las marchas iniciaron contra el proyecto de reforma pensional de Ortega —quien lo retiró el pasado domingo 22 de abril—, pero hoy parecen destinadas a pedir un viraje político en la administración del Estado.
Para Aldo Olano, doctor en Estudios Latinoamericanos y docente de la Universidad Externado, “lo de la reforma pensional era apenas un catalizador de los numerosos sentimientos acumulados de la sociedad nicaragüense contra el régimen de Ortega”.