Belisario cojea pero llega. Treinta minutos tarde pero cumple la cita. Abre las puertas del despacho, saluda, se sienta y luego le posa al fotógrafo que intenta encontrarle el ángulo con la cámara. Alza el mentón, esconde la papada, se acomoda las canas, lo mira de frente y, para insinuarle que ya es suficiente, le detalla los crespos y dispara el primer comentario: "Tranquilo que yo soy tan despelucado como usted".
El ex presidente se endereza, le luce de perfil, guiña el ojo, alza la mano, parpadea ante las ráfagas del flash y, cuando el joven sugiere cambiar de set para continuar el fotoestudio, Belisario cierra su sonrisa y le pide que no interrumpa más.
Primero habla sobre la desgracia. Llegó de luto con saco negro, camisa azul y corbata roja lamentando "la tragedia de Francia". Y después de notar mi sorpresa, me aclara: "Perdió el partido ante Sudáfrica".
-¿Y la de Amagá?- Belisario cambia el semblante de comentarista de fútbol que narraba el ocaso de los ídolos de este mundial y declama: "estoy lleno de pesadumbre por la desdicha en la región minera de mis remotas mocedades". Suspira por la mala racha del equipo de 73 paisanos y asegura que parientes suyos también perdieron la vida en las entrañas del Valle de Sinifaná "donde la tragedia es una repetición constante".
Nunca soñó con extraerle el carbón a las montañas. Hubiera preferido ser arriero, ingeniero de dulces, trepador de árboles o actor de película Western antes que minero. Gracias a las correrías de su padre Rosendo, adquirió experiencia en las trochas, aprendió a alquilar mulas y a madrugar a las tres de la mañana. Deshizo sus primeros pinitos en el mundo del deporte cuando escaló troncos y quedó con "una cicatriz y una parte de la cabeza plana" al caer de las ramas. Tenía aptitudes para la aleación de ácido tartárico con azúcar blanco, era el primer productor de minisigüí del pueblo y lo vendía en las cuatro estaciones del ferrocarril de Amagá.
Como un primo era maquinista, otro cadenero y tenía rosca a lo largo de la vía férrea, conoció el encanto de caminar por encima de un tren en marcha, de escuchar el silbato mientras el aire y el humo se estrellaban en sus pómulos y descubrió una secreta fascinación al tirarse del vagón como un pistolero del oeste cuando pasaba cerca de su vereda.
Cuando llegó al seminario de Yarumal en los años 30, no solo aprendió latín y griego, a caminar escoltado por los curas a las citas con el dentista y a desentonar los cantos gregorianos sino también a escribir los versitos vulgares que lo hicieron acreedor de una expulsión y le frustraron su carrera al Vaticano:
"Señor, señor te rogamos,
Y rogaremos sin fin,
Que caigan rayos
De mierda
Al profesor de latín"
Luego de recitarlo con picardía cuenta que alguna vez García Márquez dijo que en esa materia sí cayeron rayos, pero que uno precisamente le cayó a Belisario.
El break
Han pasado 45 minutos desde que empezó el encuentro. Olvidó que tenía otra entrevista y que afuera había varios en la banca calentando otras preguntas. Antes de que me enseñe la salida, le sugiero un receso y retomar cuando termine con los demás. Mientras espero el tiempo complementario, detallo la trinidad que acompaña al expresidente en su oficina. A la derecha, está el Quijote sobre una mesa; a la izquierda, el Papa Juan Pablo II en un portarretratos; y al frente, tiene a Bolívar colgado de la pared.
Cuando retorna, reanuda la conversación recordando que en otra época a las mujeres les atraían los hombres cojos que empuñaban cayados como él. Y confiesa que, aunque ya se recuperó de su última caída, decidió quedarse con el bastón con la esperanza de que alguna lo vea más guapo y le eche el mismo piropo que Tomás Carrasquilla "les echaba a las muchachas después de mirarles el trasero: 'Tiene garabato'".
Luego toma la bocina del teléfono, llama a Fany, le pregunta la hora y le cuenta que tiene hambre y frío. Y mientras llegan los pasantes, describe cómo fue el 7 de agosto de 1986 cuando le entregó la "corona" a Barco.
Segundo tiempo
A las 3:30 de la tarde, su esposa, que en paz descanse, se encargó de recordarle que ya no era el jefe de Estado ni ella la primera dama. Según el protocolo, el puesto de atrás a la derecha del carro es el lugar de honor, el sitio del presidente y al otro lado, queda el de la señora. Cuando salieron de la Casa de Nariño, Belisario se hizo en el puesto habitual y Rosa Elena reclamó: -Ahí me toca a mí-. -Pero si ese es mi puesto- respondió Belisario. -Ahí te tocaba hasta hace unas horas, pero ya no eres el presidente y ahora yo soy la jefe del hogar-. Después de esas palabras tajantes "me corrí al otro lado".
Desde entonces ha notado que suena menos el teléfono y que los ascensores se demoran más para abrir. Y aunque se redujeron las visitas, aún sigue sacando el tiple y cantando bambucos destemplados en las noches cuando ya quiere que los invitados se vayan de la casa. "Dejar el poder no es un acto de humildad sino de pragmatismo, hay otra vida además del poder y te tienes que habituar a esa otra vida".
"Bueno. Ya te conté toda mi historia, lo demás está en los libros", me dice el ex presidente entregándome varios, que incluyen su biografía. Y cuando Fany entra con el pedido al gabinete, me advierte que después del último sorbo de café "damos por terminado".
Mientras Belisario toma el tenedor para clavárselo al queso, me toca trinchar mi cuestionario y tragarme la mayoría de preguntas. Le pregunté por el tercer periodo de gobierno que quiso Uribe y de repente se atragantó con una galleta de soda; indagué sobre el Palacio de Justicia y tuve que esperar a que masticara todos los cuadritos de papaya y de queso blanco que justo en ese momento se metió a la boca; y cuando le toqué el tema del asesinato de su Ministro de Justicia, el accidente aéreo con sus invitados a bordo, la erupción del volcán y el terremoto de Popayán, solo le echó una pastillita de azúcar al café y se lo bebió de un solo trago.
En contados minutos, los platos y la taza del ex presidente ya estaban vacíos, miró la hora e insinuó el "final, final, no va más" porque tenía otro compromiso. Me empacó una revista con versos de su autoría, me dejó el autógrafo en varias cartillas y me condujo a la salida. Antes de despedirme le dije que solo había ido a Bogotá por él y que quedaba con dudas que no estaban entre esas páginas.
Entonces miró las tres camionetas de vidrios polarizados parqueadas en la acera, llamó a un guardaespaldas y mientras le entregaba un billete, le indicó: "Vea para que me saque a la niña, me la invita a almorzar y me le hace un tour por la ciudad". Luego me mandó con saludes para Medellín, me dio un besito en la frente, casi me da la bendición y me dijo adiós.
Las horas de reposición
Franklin y Jáder fueron los escoltas que se convirtieron en mis guías por la capital. Como me embutí el café, el queso y la papaya en un minuto por el afán de Belisario, quedé sin ganas de almorzar así que no paramos en ningún restaurante del norte como lo sugirió el patrón. Primero me llevaron a dos miradores, me señalaron de lejos la gran morada del jefe, pasamos de largo por Monserrate y cuando llegamos a La Candelaria, me mostraron la casa donde "el señor presidente estuvo en clases de tango con su esposa".
-¿Y sí baila bien?- Hay un silencio prudente antes de que Franklin revele que "la señora Dalita sí aprendió pero el señor presidente no fue capaz". -¿Es verdad que la esposa raja mucho de Chávez?- Ambos se miran y sueltan una carcajada a la vez, que me responde.
-¿Lo llevan mucho al médico?- Franklin dice que no. Aunque a veces cuando le recibe el bastón y le da la mano para que suba a la camioneta, lo nota decaído y lo siente sin fuerza. -Muchacho, ¿qué música lleva?- le pregunta mientras su escolta maneja. -Señor presidente, solo tengo rancheras- le responde Franklin y cuando Belisario le da vía libre, ambos tararean su música de despecho.
-Este es el Palacio de Justicia- interrumpe Jáder cuando llegamos a la Plaza de Bolívar. -Por acá fue que se metió el tanque en el 85- agrega Franklin. En ese momento recordé el malentendido cuando Belisario me habló de sus clases de pintura con David Manzur. -Estoy trabajando en una obra neoexpresionista que se llama El amanecer en el cañón "-. Abrí mis ojos creyendo que se refería a la toma del Palacio y antes de que me adentrara en el 6 de noviembre me borró la intención: "...del cañón del Chicamocha" y continuó su relato describiendo los paisajes santandereanos que aprecia desde que vive en Barichara con "Dalitín", como le dice por cariño.
Cuidar a Belisario es cosa fácil. Antes que un atentado, les preocupa más un tropiezo en la plaza empedrada de ese pueblo donde la mujer que le dice "Papi" a Belisario tiene su taller de cerámica y un restaurante cuya especialidad los atormenta: las hormigas culonas.
El marcador
Le hice caso y busqué respuestas en sus libros. Pero no en los que me autografió sino en los de su biblioteca en Medellín. La Colección Belisario Betancur de la UPB incluye obras en hebreo, quechua, griego, latín, árabe y todas las lenguas romances. Me llamó la atención un libro en inglés que se titula "25 ways to better love-making ".
Ojeé libros de la generación del 98, de los poetas del 27 y un par sobre el M-19 y ninguno tenía alguna palabra encerrada que a Belisario le gustara, o una frase con que estuviera de acuerdo. Pero luego de esculcar, encontré los recortes de prensa subrayados que él utilizaba de separador.
Entre los libros guardó artículos dobladitos que titulan: "Mezclar política y literatura es siempre funesto", "Mitos y verdades hay en todas las dietas" o "Proust era el hombre más maleducado y peor vestido de París".
Resaltó con tinta azul una frase de Fernando González que salió en un suplemento dominical: "A veces creo que no eres mi cónyuge, sino mis alas". Con lapicero negro encerró la opinión de un columnista: "¿Panamá? Era el corazón de la Grancolombia; allí estaría el Palacio de la Justicia, según el sueño bolivariano". También anotó con marcador el pedacito de una canción de Piero "...la edad se le vino encima" y enmarcó la postal que Gonzalo Arango le envió mucho antes de verlo presidente"...estoy orando para que el terrible sueño del poder abone tu alma para los sacrificios".
Antes de llegar al aeropuerto, no me resistí y le pregunté por el afán de Belisario a los escoltas que conocen sus rutinas. Ese martes, tenía dos citas: una con Francia en la mañana y otra con Argentina después del mediodía en la pantalla y yo era solo su intermedio. Antes de pensar que fue un desplante que no llegara temprano ni se quedara conmigo hasta tarde, comprendí que tal vez yo fui la periodista número cien mil en sus 87 años de historia y quizás, este, sea el último mundial de su vida.
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