Yira Castro, la mamá de Iván Cepeda, murió joven. A los 39 años, por un tumor que intentaron tratarle en Cuba pero no pudieron derrotar. Su muerte provocó un gran impacto en las Farc: no solo bautizaron con su nombre a uno de los frentes de guerra, sino que en ese año, 1981, se puso de moda entre la guerrillerada adoptar como alias el nombre de “Yira Castro”.
Para ese entonces, Iván Cepeda tenía 19 años. Y se fue a vivir a la Bulgaria socialista, donde estudió filosofía en la Universidad San Clemente de Ohrid. Como todas las capitales del bloque soviético, la Sofía de esa época era una ciudad de arquitectura gris, bajo el control del Estado, y en donde la educación, los sindicatos y medios funcionaban bajo el control del Partido Comunista.
Es decir, Cepeda no conoció el comunismo de oídas sino en vivo y en directo, se formó en uno de los países satélites de la Unión Soviética, en momentos de especial efervescencia. No es claro si de ese entonces le quedó esa especie de impronta de Cortina de Hierro que carga en su ser: poco expresivo, adusto y sobrio hasta la monotonía en el vestir.
La escuela soviética privilegiaba el control sobre el ser espontáneo. El dirigente ideal no era el político improvisador, carismático, típico latinoamericano, sino un cuadro disciplinado, contenido y casi impenetrable. Se recomendaba leer los discursos, cuidadosamente redactados, daban pocas entrevistas y era evidente la desconfianza frente a la prensa que llamaban “hostil”.
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El Cepeda candidato encaja en ese molde. Y lo ratifican quienes lo han conocido: “Iván es enigmático. Es difícil leer qué está pensando. Sus silencios no son elocuentes: son silencios de verdad”, explica alguien que lo conoció en el Congreso y en el proceso de paz de La Habana.
Y añade: “Es una persona que no arriesga una opinión ni un comentario si no lo ha pensado. No improvisa reacciones: o se queda callado o recurre a un libreto muy elaborado por él y ya probado”. También varios de los entrevistados para este perfil coinciden en decir que es una persona respetuosa y disciplinada.
En términos políticos, “él es bien dogmático. Tiene unos anclajes ideológicos muy fuertes, más que Petro. Porque mientras en el caso de Gustavo Petro son elaboraciones que surgen de su propia vanidad para mostrarse creativo, progresista, lo de Iván es estático, sólido, dogmáticamente hablando”, dice la fuente.
Hijo de la Guerra Fría
Pero la historia de Iván no empieza en Bulgaria. Su nacimiento se dio justo cuando el mundo entero contenía el aliento por la crisis de los misiles de Cuba, que amenazaba con ser la primera guerra nuclear en este lado del mundo. El lunes 22 de octubre de 1962, Kennedy dio un duro discurso advirtiendo que si Rusia lanzaba un misil desde Cuba a cualquier lugar, Estados Unidos respondería con todo su poder militar. Dos días después, ese miércoles 24 nació Iván, en Bogotá.
Manuel Cepeda, para ese entonces miembro del Comité Central del Partido Comunista y líder de la Juco (Juventud Comunista), y Yira Castro, una de sus integrantes más combativas, seguían con especial interés los pormenores de esa crisis: Cuba era para ellos el ejemplo a seguir.
Tres años después, la familia se fue a vivir a la Checoslovaquia comunista. “Llegamos a Praga cuando estaba en ebullición la revolución de la Primavera”, contó Iván Cepeda en una entrevista reciente.
Y en 1968, cuando los tanques soviéticos aplastaron ese intento de ponerle “rostro humano” al socialismo, la familia, con Iván de seis años, voló a La Habana.En ese entonces, la isla era una especie de capital ideológica del continente: por allí pasaban guerrilleros, sindicalistas, dirigentes estudiantiles y emisarios de movimientos armados latinoamericanos. Así, Cepeda creció en un entorno donde se hablaba de “imperialismo”, “lucha popular” y “revolución armada”.
Regresaron a Colombia en 1970. Manuel Cepeda asumió la dirección de la revista Voz Proletaria e Iván, cuando apenas tenía 11 años, entró a la Juco, según él mismo lo cuenta: “Ya era estudiante de secundaria y comencé a hacer mi vida política y me metí de lleno en los barrios populares, sobre todo en Kennedy. Ahí hice mi trabajo como dirigente estudiantil, miembro de la Juventud Comunista (Juco) Yo era un muchacho que salía del colegio y me iba a los barrios y a la actividad política”.
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Cuando tenía 14 años, la policía lo detuvo, al parecer por repartir ejemplares de Voz Proletaria en las afueras de un colegio. Su padre lo felicitó “porque podría ser el primero de muchos canazos”, escribe el periodista Pacho Escobar en Casa Macondo.
La Juco no era un simple grupo juvenil. Se ha documentado que esta organización también alentó el “trabajo clandestino”, ponían bombas, llevaban a jóvenes a campamentos de las Farc y formaron la llamada Justicia Patriótica Juvenil, que según el exmilitante del M-19 Darío Villamizar fue “una de las primeras propuestas de guerrilla urbana”.
Ahora, en época de campaña, Iván Cepeda ha tratado de poner distancia con esa época. No solo lo ha dicho –“Entendí que lo mío nunca iba a ser eso por una especie de rechazo innato a la violencia física y a la violencia en general”– sino que se ha dedicado a citar frases de Gandhi. Como si de esa manera pudiera borrar cualquier asociación de su nombre con esa historia.
Y también se muestra hoy crítico en cuanto a Bulgaria: “Esos esquemas tan propios de la ideología que teníamos en esa época se fueron desmoronando y destruyendo uno por uno”, dijo a la Revista Bocas.
“Había un régimen dictatorial que reprimía. Los periódicos, por ejemplo, no publicaban malas noticias. Cuando ocurrió el accidente de Chernóbil las cosas que supe fueron más por lo que se transmitía en el voz a voz, que lo que informaban los medios oficiales”.
Sus palabras dicen una cosa mientras que sus actos parecen contradecirlo pues hacer homenajes en su cuenta de X a Fidel Castro o a Hugo Chávez o tomarse una selfie en el Congreso del Partido Comunista con una foto de Tirofijo al fondo, darían cuenta de una simpatía por esas formas dictatoriales.
Las Farc y los Cepeda
Los padres del hoy candidato presidencial del Pacto Histórico, y quien aparece de primero en las encuestas, fueron figuras profundamente simbólicas para la guerrilla de las Farc.
Si bien su papá, Manuel Cepeda, siempre apareció como dirigente del Partido Comunista, las dos organizaciones fueron uña y mugre, dos caras de una misma moneda, desde el nacimiento de las Farc y hasta 1993 cuando rompieron cobijas.
El cariño era tal que otro de los frentes de las Farc también adoptó el nombre de Manuel Cepeda, así como lo habían hecho ya con Yira Castro. Tal vez a ninguna otra pareja las Farc le han hecho tal ‘honor’.
Pero es que la relación entre Manuel Cepeda y Manuel Marulanda era particularmente entrañable. Cuando el presidente Guillermo León Valencia bombardeó Marquetalia (Tolima), Marulanda logró escapar del cerco militar con un grupo de campesinos, se escondió en la montaña y creó las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Cepeda protestó y fue a parar a la Modelo de Bogotá por “actividad revolucionaria”. En la cárcel aprovechó para escribir un libro de poemas titulado “Vencerás Marquetalia”, dedicado a la resistencia campesina. Incluso escribió un poema a Tirofijo a quien comparó con el viento:
“‘Por Manuel Marulanda
90.000 pesos’.
Quédate callado.
Quédate quieto.
Que hay pena de muerte para el viento”.
También le dedicó poemas a su hijo Iván que para ese entonces –mayo de 1964– tenía apenas poco más de un año.
Treinta años después, cuando asesinaron a Manuel Cepeda fue evidente que el cariño era recíproco. En la correspondencia interna de las Farc, que conservan algunos académicos, se lee el dolor de Marulanda. “Camaradas secretariado. En estos momentos de dolor y de indignación por el asesinato del C. Manuel Cepeda. Creo necesario hacer llegar (...) nuestro más sentido pésame por la irreparable muerte del C. Manuel”. En varios mensajes se refirió a Cepeda, “haremos justicia aunque sea un poco tarde”, escribió un día. Otro día convirtió la muerte en estrategia: “Me parece conveniente aprovechar el momento de crisis en la Policía (...) les vamos quitando el apoyo de masas”.
Lo que empezó con la poesía como banda sonora –Vencerás Marquetalia– se convirtió con el paso del tiempo en el reclutamiento de 18.677 niños y adolescentes y en 21.396 secuestrados por las Farc, según cifras parciales de la JEP, por mencionar solo dos de los delitos más atroces.
Tal vez en ese entonces, ni Manuel Cepeda ni su hijo Iván se alcanzaban a imaginar que ese entusiasmo ideológico iba a terminar en la máquina de terror y muerte en que se convirtieron las Farc.
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Tres historias cruzadas
Tampoco nadie se habrá imaginado entonces que, 60 años después, se iban a cruzar de nuevo en las elecciones que tendrán lugar el próximo domingo los herederos de tres protagonistas de este episodio que cambió para siempre la historia de Colombia.
El abuelo de Paloma Valencia, Guillermo León, era el presidente y, en medio de la ola anticomunista que recorría el mundo alentada por Estados Unidos en su Guerra Fría, bombardeó las ‘repúblicas independientes’.
El papá de Iván Cepeda, Manuel, no solo escribió la poesía ya mencionada, sino que era dirigente del Partido Comunista que, a partir del bombardeo, orquestó el nacimiento de la guerrilla de las Farc.
Y Álvaro Gómez Hurtado, quien en un debate en el Congreso las bautizó como ‘repúblicas independientes’, es el tío de Enrique Gómez, quien en la campaña de Abelardo de la Espriella ha sido jefe de debate y ahora ‘guardián ideológico’.
Esa relación entrañable entre el Partido Comunista y las Farc se mantuvo por décadas. Manuel Marulanda lo reconoció abiertamente. “En la fundación de las Farc, estuvo presente el Partido; desde esa fecha hasta la actualidad, no hay evento donde no esté presente”, habría dicho Tirofijo en 1988, según lo cita el historiador Isidro Vanegas, profesor de la Universidad Pedagógica y Tecnológica.
“Es que las FARC son el Partido Comunista”, concluía Tirofijo. Un estudioso del conflicto en Colombia, que prefiere no dar su nombre, va más allá y explica que es el Partido Comunista el que crea la guerrilla: “Manuel Marulanda no era estrictamente bandolero. Hacía parte de grupos armados que defendían a sus comunidades campesinas. El Partido Comunista, que estaba más en la ciudad, los politiza y luego crea la guerrilla”.
“La guerrilla y el partido operaban bajo la ‘combinación de todas las formas de lucha’: en el Estado Mayor de las Farc había gente del Partido; y el Comité Ejecutivo del Partido tenía gente de las Farc. El papá de Cepeda estaba en ese Comité y era de la línea del partido que más apoyaba a las Farc”, concluye el académico.
Manuel Cepeda, desde su regreso de Cuba, entre 1970 y 1987 dirigió el semanario Voz Proletaria, del Partido Comunista, pero también era miembro del Comité Central, del Comité Ejecutivo y del Secretariado.
Los Manueles eran dos caras de una misma moneda: Cepeda era la cara legal y Marulanda la ilegal de la misma batalla.Para cuando Manuel Cepeda se lanzó al Senado, las Farc y el PC ya habían partido cobijas, pero la guerrilla lo seguía apoyando.
En una carta del 24 de febrero de 1994, apenas unas semanas antes de las elecciones, Marulanda le escribió al “Camarada Timo”: “Lo de Manuel Cepeda es una exigencia del partido y nosotros nos comprometimos a ayudarle en las zonas guerrilleras o donde nosotros tuviéramos influencia”. Es decir, en ese entonces también los armados ayudaban a recoger votos tal y como se ha denunciado ahora para las elecciones del domingo. En carta posterior, Tirofijo dio por hecha la tarea: “nos comprometimos todos a apoyar la candidatura del C. Manuel Cepeda y salimos bien, porque lo hicimos donde quiera que hicimos la presencia”.
La carta de García
Iván regresó de Bulgaria en 1987 y, según ha dicho, se dedicó a dictar clases de filosofía en la Universidad Incca y en la Javeriana y a dar debates sobre “la disyuntiva que había en la izquierda de la lucha armada o la lucha legal”.
Sin embargo, llama la atención que, siendo un profesor universitario, iba a Casa Verde, famosa por ser el comando central del secretariado de las Farc. En 1987 se rompió la tregua con el Gobierno. ¿Por qué y en calidad de qué Iván Cepeda seguía yendo?
Es curioso que Iván Cepeda sea el que haya mencionado sus visitas a Casa Verde en una de sus entrevistas recientes. Sin que le preguntaran al respecto, el hoy senador aprovechó una pregunta cualquiera para contar que “era usual visitar a Casa Verde”. Según le dijo a la Revista Bocas, él visitaba ese lugar –bombardeado por el gobierno de César Gaviria en 1990– y tenía: “unas discusiones muy álgidas con Manuel Marulanda, con Jacobo Arenas, con Alfonso Cano, especialmente”.
“Yo, en esa época, ya era supremamente crítico de todo eso”, dice. ¿Cuál era el papel de Cepeda para que a sus 25 años pudiera llegar a “discutirles” a los duros de un ejército ilegal que para entonces ya tenía 48 frentes y 7.000 hombres en armas? Para ese entonces no solo ya estaban rotas las conversaciones con el gobierno de Belisario Betancur sino que las Farc desarrollaban acciones de guerra en buena parte del país.
El dato de las visitas a Casa Verde llama la atención porque es como si Iván Cepeda estuviera dando respuesta a una carta pública en su contra, que circuló en agosto de 2025. La misiva la firma Camilo García Giraldo, desde Estocolmo, donde vive exiliado desde 1989, militante de causas de izquierda; allí ha escrito varios libros sobre ética y cultura, incluso reseñados en medios de renombre; dice ser simpatizante del proyecto político de Petro y que por eso se siente obligado a advertir sobre el pasado de Cepeda.
García cuenta que conoció a Cepeda en la Universidad Incca y menciona, entre otras cosas, que Iván “solía visitar Casa Verde”.
La carta, de tres páginas, está llena de detalles que, en caso de ser ciertos, dejan en entredicho al hoy candidato presidencial. “En 2008, estando en Bogotá con mi esposa, me encontré con Armando Orozco, poeta y periodista militante del Partido Comunista. Nos invitó a su casa y, en la reunión, su esposa Isabel García nos hizo una confesión inesperada: que había sido durante casi seis años la secretaria de un comité semi-clandestino, de corte estalinista, del partido, compuesto por cinco miembros y dirigido por Manuel Cepeda, al que posteriormente se incorporó su hijo Iván tras regresar de Bulgaria en 1987. Su función era investigar a militantes del partido, o personas cercanas, sospechosas de ser críticas de las Farc o consideradas ‘traidoras’. Los llamaban ‘personas incómodas’. Una vez identificadas, se informaba al secretariado de las Farc”, se lee en la carta.
Entre otros varios detalles que relaciona Camilo García, dice también que la esposa del entonces periodista Jorge Enrique Botero, habría sido víctima de esos señalamientos. Una revisión de archivos públicos permite ver que en los años 80 se supo que la compañera de Botero, Daneli Salas, fue detenida y desaparecida.En su momento se dijo que era parte del exterminio de la Unión Patriótica.
Iván Cepeda respondió en X, en agosto pasado, a dicha carta, y afirma que hace parte de una campaña para vincularlo con las Farc, anuncia denuncia penal por calumnia y publica una declaración atribuida a María Isabel García Mayorca, en la que ella, si bien da por hecho que la carta es de Camilo García y que lo conoce, niega haber tenido esa conversación con él y califica las acusaciones como “viles calumnias” contra los Cepeda.
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La muerte del padre
En las elecciones de 1994, Manuel Cepeda sacó 51.032 votos, lo que lo ubicó en el puesto quince de los cien senadores elegidos, se lanzó por la lista del Movimiento Comunista Colombiano —nombre bajo el que inscribió su candidatura la UP—.
Pero Cepeda tan solo alcanzó a estar en su curul de senador 20 días. Lo asesinaron entre Carlos Castaño y algunos militares que tiempo después fueron condenados. Dos días antes de su muerte había tomado posesión como presidente Ernesto Samper y Manuel Cepeda había estado en una reunión privada con Fidel Castro, quien sorprendió al mundo con su presencia en la toma del mando.
Iván iba camino a la Javeriana, el bus comenzó a andar lento por un trancón, y en el cruce de la avenida Las Américas con carrera 74, a través de la ventanilla vio la camioneta verde de su padre. Se bajó. Con una tranquilidad inusual para las circunstancias, dijo a las cámaras del Noticiero Nacional: “Acabo de ver esta cosa tan terrible. Así que yo le pido al país, le pido al presidente Samper, a quienes tienen que ver con la justicia en Colombia, que hagan algo en contra de esta ofensiva contra los dirigentes de izquierda y que este crimen no quede impune”.
Hace poco le contó a la periodista Lariza Pizano: “Mi pregunta no era si el asesinato de mi padre iba a ocurrir, sino cuándo iba a ocurrir. En un momento era tan grave la situación que ya ni siquiera eso era una pregunta porque ya sabíamos cuándo iba a ocurrir. Ya teníamos claro cuándo iban a matar a mi padre”.
Iván encabezó el cortejo del ataúd, cubierto con la bandera roja del Partido Comunista. Asumió como tarea la búsqueda de los responsables de la muerte de su padre. Y logró cinco años después que los condenaran a 48 años de cárcel. En ese entonces, nació la idea a la que Iván Cepeda le ha dedicado más de treinta años de su vida: la causa de las víctimas del Estado.
La guerra cultural
Mientras su papá Manuel era partidario de todas las formas de lucha –o al menos las auspició en todos los años que estuvo en el Partido Comunista–, Iván, dicen conocedores, es más gramsciano, es decir, más que la guerra de las armas, le interesa la guerra por la hegemonía moral y cultural.
Para Antonio Gramsci se trata de ganar la conversación pública, la batalla moral, antes que el palacio presidencial. Es ahí donde aparecen las víctimas, los derechos humanos, la batalla simbólica y la narrativa histórica como herramientas políticas, todo lo que Iván Cepeda suele aplicar.
Tal vez por eso, en entrevistas, cita en varias ocasiones a Gandhi y utiliza camisas estilo Nehru, en referencia al líder de la India. Mientras que el año pasado cuando María Isabel Rueda le preguntó si sus camisas eran algo estudiado: “Me gusta este tipo de camisas sobrias. Creo que reflejan algo de mi forma de ser”; hace poco cambió su respuesta: “Me produce gran rechazo el atuendo clásico de los burócratas y políticos y, en general, toda esa cultura nuestra de la apariencia”.
En algún viaje a México le pidió a una de sus acompañantes que si cambiaban de asiento, que él prefería ir en económica y no en ejecutiva. No es fácil determinar si es parte de un personaje, y lo lleva al extremo para evitar una foto que desdibuje la imagen que ha construido en esa guerra cultural, o se trata de un sentimiento genuino de rechazo a los privilegios.
Una semana después del asesinato de su padre, Iván creó la Fundación Manuel Cepeda. En el año 2000, se fue a Francia, donde hizo una maestría en Derechos Humanos en la Universidad de Lyon. Álvaro Uribe asumió la presidencia en agosto de 2002; Cepeda regresó al país en 2003, y lo primero que hizo fue crear el Movimiento de Víctimas de Crímenes del Estado, Movice.
Hay un momento elocuente sobre de qué lado de la historia está Iván Cepeda. El 4 de febrero de 2008, se hizo una monumental marcha de protesta en la que participaron cerca de seis millones de personas en Colombia y el mundo, bajo la consigna “No más Farc”. La guerrilla tenía en su poder a cientos de secuestrados, incluida Ingrid Betancourt. Fue un golpe político de proporciones históricas.
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Lo que se recuerda menos es lo que ocurrió después. Al día siguiente de la marcha contra las Farc del 4 de febrero, Iván Cepeda anunció la convocatoria a una movilización del 6 de marzo que muchos interpretaron como una contramarcha para intentar matizar el efecto de la del 4 de febrero. Cepeda negó que fuera una contramarcha: “Esencialmente, lo que queremos es rendir un homenaje a las víctimas de los grupos paramilitares y de agentes del Estado”.
Lo que convierte el episodio en algo más que una movilización es lo que apareció en los archivos de alias Raúl Reyes, abatido en Ecuador el 1 de marzo de 2008. Una mujer identificada como Inés Graciela Dorado, alias Ingrid Storgen, envió una comunicación a los altos mandos de las Farc en febrero de 2008: “Por pedido del compañero Iván Cepeda estoy coordinando la unidad de las marchas que se harán en todos los países el próximo 6 de marzo”.
Cepeda ha dicho que su nombre fue “sembrado” en esos archivos. Sin embargo, la Interpol concluyó, tras una revisión hecha por 64 técnicos forenses que trabajaron 4.000 horas analizando tres computadores portátiles, dos discos duros externos y tres memorias USB, que la información no fue modificada, alterada, adicionada ni borrada.
En 2009, en calidad de vocero de la ONG que había creado, Iván Cepeda viajó con Piedad Córdoba a Washington para entrevistar a Salvatore Mancuso. Juan Carlos “el Tuso” Sierra, otro paramilitar extraditado que compartía dormitorio con Mancuso, reveló luego a medios de comunicación que lo habían buscado para ver si podía darles información que implicara a Álvaro Uribe. Incluso durante el juicio de 2025, Sierra contó que Danilo Rueda —el excomisionado de paz de Petro que también estuvo en la gira— quedó de gestionar el asilo para su familia en Suiza y Francia.
Cabe recordar que Álvaro Uribe, en sus dos gobiernos, le hizo la vida imposible a las Farc, por primera vez cayeron cabecillas como Raúl Reyes, Iván Ríos y el Mono Jojoy, y les sustrajo vía desmovilización unos 18.000 miembros.
Mientras que la delegación para recoger información contra Uribe la integraban Iván Cepeda, la senadora Piedad Córdoba, con su conocida cercanía a las Farc, y Danilo Rueda, que fue el encargado de diseñar –con Cepeda– y ejecutar la fallida ‘paz total’ de Petro que buscaba, entre otras, darles una nueva oportunidad a los de las Farc que habían traicionado el acuerdo de Santos.
En 2010, Cepeda logró un escaño en la Cámara de Representantes con el Polo Democrático Alternativo. Era su primera vez en las urnas y sacó más de 35.000 votos.
Ya como congresista, en 2011 emprendió una gira de visitas a reclusos con la justificación de evaluar las condiciones de las cárceles, y de ahí consiguió los testimonios de dos gatilleros —Monsalve y “Pipintá”— que señalaban a Álvaro Uribe como “creador del Bloque Metro” de los paramilitares. El padre de uno de los testigos, Óscar Monsalve, a quien Cepeda visitó 21 veces, dijo en la Corte que Cepeda “nos daba $1.200.000 cada mes. Lo hizo por tres meses. Y dijo que nos mandaba a Argentina”.
Un dato curioso de este pleito, en el que Cepeda se metió de pies y manos, es el papel clave que jugó Deyanira Gómez en el proceso. Deyanira era médica en la cárcel La Picota y terminó en un romance con Juan Guillermo Monsalve –el testigo estrella contra Uribe– y se convirtió en punta de lanza de la investigación: era la que entraba los relojes para grabar, la que sacaba cartas, entre otras.
No suena lógico que una médica termine enamorada de un gatillero que paga condena de 40 años de cárcel por secuestro extorsivo. La explicación tal vez está en los nexos que ella tendría con las Farc. Su abogado, por ejemplo, reveló que la pareja anterior de Deyanira, y padre de su otra hija, era Élver Penagos Tabera, alias Arley o Pitbull, señalado como cabecilla del Frente 21 de las Farc.
Mientras Iván Cepeda daba sus batallas contra Álvaro Uribe, no dejaba de manifestar su simpatía por el chavismo y Fidel Castro. “Nicolás Maduro es digno sucesor de Chávez y trabajará también por la paz de Colombia”, escribió el 9 de marzo de 2013, tras el fallecimiento de Hugo Chávez. “Hoy, rindiendo homenaje a Fidel en la embajada de Cuba”, escribió el 12 de enero de 2016. Y también el 13 de julio de 2017 publicó una selfie sonriente en el Congreso del Partido Comunista que tenía como fondo una foto de Manuel Marulanda.
El 28 de julio de 2025, Uribe fue declarado culpable en primera instancia por el Juzgado 44 de Bogotá, condenado por fraude procesal y soborno. Su defensa apeló y el Tribunal Superior de Bogotá revocó la decisión y lo absolvió.
El proceso de paz
La simpatía de Iván Cepeda con los miembros de las Farc se hizo evidente durante el proceso de paz de La Habana. Sin tener ningún cargo que lo acreditara dentro de la negociación por parte del Gobierno, era uno de los colombianos más asiduos en la isla.
Una persona que estuvo de cerca en todo el proceso y prefiere no ser identificada es categórica: “Cada delegación tenía hasta treinta personas, asesores. Iván Cepeda nunca fue parte de la delegación del gobierno de Colombia. Él nunca asesoró al gobierno como gobierno. Él estaba para acompañar las propuestas de las Farc”. Y precisa la mecánica: “Noruega hacía el esfuerzo de llevarles a las Farc expertos en distintos temas, y dentro de ese grupo estaban Álvaro Leyva e Iván Cepeda. Ellos por la tarde se reunían y producían documentos. En ese grupo estaba Cepeda, con las Farc”.
Durante los diálogos, algunos participantes recuerdan el énfasis que hacía Cepeda en la defensa de los guerrilleros, para que no tuvieran un solo día de cárcel. “Tenía una influencia fuerte sobre los negociadores”, dice otra fuente cercana al proceso.
“En muchas ocasiones los movió a firmar el acuerdo, sobre todo en temas neurálgicos como la justicia transicional. Yo creo que él influía sobre Iván Márquez. Era el único externo —o incluso interno— porque Márquez era llevado de su parecer”. Esa frase además cobra sentido si se tiene en cuenta que alguna cámara de televisión mostró cómo, mientras estaba en el Congreso, al teléfono de Cepeda entraba una llamada de Iván Márquez. El jefe de la negociación por parte de las Farc era difícil de acceder para los delegados del gobierno, pero con Cepeda tenía línea directa.
El congresista Jota Pe Hernández sacó una serie de fotografías de Cepeda abrazado o ayudando a los jefes de las Farc: Iván Márquez, Santrich, entre otros. Cepeda se defendió diciendo que se trataba de fotos relacionadas con su papel en el proceso de paz. Y en efecto lo eran. Sin embargo, a ningún otro se le ven fotografías abrazando de esa manera a Iván Márquez o Santrich.
La controversia aumentó después del acuerdo, especialmente cuando Cepeda se convirtió en el gran defensor de Jesús Santrich tras su captura y respaldó la tesis de que existían intentos de “entrampamiento” contra exjefes guerrilleros para hacer fracasar el proceso de paz. Desde la lógica de Cepeda, era una manera de defender el proceso; sin embargo, fueron tantas decenas de publicaciones defendiendo a Santrich que se convirtió en un verdadero activista de su causa. Hasta que logró que lo liberaran y lo dejaran salir del país.
La misma persona cercana a la negociación es aún más drástica: “Claramente Cepeda estaba con las Farc desde el día cero: él peleaba para que no hubiera cárcel. Fue una piedra en el zapato. En vez de ser facilitador, era una muralla. Hubo peleas que perdimos”. Y remata: “Su vínculo con las Farc queda después mucho más claro con lo de la paz total: el que fue un testigo de excepción de los 5 años que duró el proceso, viene con Petro vía decreto a revivir a Iván Márquez y el Estado Mayor de Bloques”.
El personaje
Iván Cepeda es un hombre solo. Colegas congresistas dicen que lo han visto, cuando va a un restaurante cercano al Capitolio, que le gusta una mesa que da a una pared. Vive con su esposa, que trabaja en la JEP, y sus tres perros. Y en el centro de su sala tiene un busto de Maquiavelo.
Su estratega es Alberto Enrique Cienfuegos Rivera, economista barranquillero con maestría en Estudios Políticos, uno de los estrategas veteranos de la izquierda colombiana. La agenda programática está bajo la batuta de David Flórez, exvocero de Marcha Patriótica y cercano al Partido Comunista. Trabajan con disciplina de ‘focus group’ para evaluar cada palabra del candidato.
El país no ha tenido la oportunidad de evaluar qué tanto sabe Iván Cepeda de Colombia, más allá del conflicto armado y de derechos humanos. Su marca parlamentaria de 16 años es casi exclusivamente derechos humanos, parapolítica y paz. No hay un gran debate económico, de infraestructura, de salud o de política monetaria que lleve su firma.
Por primera vez en la historia, un hombre que pretende asumir la presidencia de Colombia no es lo suficientemente transparente para mostrar cuál es el conocimiento que tiene del país. No ha querido acudir a debates, aunque en un momento amagó con dar su brazo a torcer y dijo que debatiría, pero si los temas eran acordados previamente. Las mismas condiciones que puso para dar algunas entrevistas.
Eso ha generado la percepción —fundada— de que evita la confrontación porque no tiene profundidad técnica. Paloma Valencia lo confrontó en el Congreso llevando carteles con preguntas sobre Ecopetrol, la regla fiscal, el Banco de la República y la salud, sin obtener respuesta.
Pero también deja el sabor de que solo habla –incluso a veces en algunas entrevistas– con libretos creados para construir el personaje que él necesita proyectar en su guerra cultural.
Así mismo es hermético con su salud. Cepeda ha sufrido dos veces de cáncer. Ha dicho que está bien y que pueden verificar sus exámenes, pero la verdad es que nadie tiene acceso a ellos.
En cuanto a sus propuestas
En su programa de gobierno hay “propuestas bomba” que harían volar en pedazos el fisco. Promete todo tipo de subsidios y, sobre todo, no precisa metas. Cepeda, que critica la política espectáculo, parece que se ha doblegado al populismo sin sustento técnico.
Su programa incluye más de 140 menciones al presidente Petro y promete profundizar cada una de sus reformas. Ha dicho que su modelo “no es estatista”, pero ¿para qué quiere reformar entonces la Constitución?
La gran propuesta de Cepeda parece ser el Acuerdo Nacional. De ahí, ha dicho, debe salir o una Constituyente, o si no un ‘fast track’ para aprobar reformas en el Congreso o un aval que le darían a él como presidente para reformar la Constitución vía decretos. Un modelo parecido a las ‘leyes habilitantes’ que le dieron a Chávez y Maduro, con las cuales el país vecino terminó envuelto en la peor crisis de su historia.
Hay quienes creen que con él las Farc llegarán simbólicamente al poder. Él, por supuesto, lo niega rotundamente: “El gran reproche, la gran calumnia y la gran campaña sucia que han desatado en mi contra es que yo sería, ni más ni menos, ‘el heredero de las Farc’. Esa es una acusación infame”, ha dicho.
Sin embargo, un personaje reconocido en el país, que conoce a la familia Cepeda, dice: “Iván es un hombre de dos caras: por un lado se muestra como Gandhi, pero por la otra cara es Stalin”.
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