Para Sisy Arias Paraviciny, copiloto del avión 2933 que traía al Chapecoense de Brasil y quien falleció en el accidente en La Unión, la noche del lunes era su fecha soñada, pues ese día hacía su primer vuelo comercial internacional con la compañía LaMia después de varias frustraciones que había tenido en su sueño de llegar a ser piloto de aviación.
Muy compungido, su padre, Jorge Arias, narró que hace pocos días su hija tuvo una entrevista para ingresar a una compañía comercial, pero su anhelo se frustró en el proceso de selección.
“En la entrevista con los sicólogos, ella confesó que era madre de dos niños y esas compañías tienen como filosofía que una persona con muchos apegos no les sirve, pues les gusta contratar gente que no tenga de qué preocuparse para que se concentre en el timón del avión”, narró Jorge, periodista y quien dice conservar de su hija los recuerdos más gratos.
Sisy estudió aviación comercial en Estados Unidos, como lo hacen muchas jóvenes latinoamericanas que necesitan aprender bien el idioma inglés para poder trabajar en aeronaves internacionales. Tras culminar sus estudios, la joven estaba en la etapa de acumular experiencias, sumar vuelos que le dieran bagaje.
Pero eso aún no le era suficiente para ser enganchada. Sin embargo, Sisy echó para adelante y al sentir que no le iba a ser fácil coronar su sueño, emprendió otra empresa.
“Con su madre -que ayer lloraba y gemía al lado de su esposo Jorge mientras este hablaba con la prensa- inició el proyecto de una empresa. Iban muy bien y estaban muy contentas, hasta que apareció un amigo, le pintó que había una oportunidad de ingreso a esta compañía (LaMia) y después de un proceso le dieron este viaje”.
Una cita inconclusa
El lunes en la mañana Sisy tuvo el último diálogo con su padre. Lo llamó, le dijo que lo quería, que iba muy entusiasmada y que en dos horas partiría el vuelo que la traería a Colombia con el Chapecoense.
“Me dijo que nos veríamos el sábado y yo, tan ocupado, no le presté mucha atención... si hubiera sabido que era la última vez, le habría prestado toda la atención del mundo”, dice Jorge, acongojado, con el tono dulce del que sabe que jamás volverá a oír la voz de su hija ni a sentir el abrazo, el beso de saludo o adiós o el intercambio de consejos.
“Ella estaba muy dedicada a Dios, después de la tristeza de no pasar a la empresa internacional, entró a una iglesia cristiana, yo le dije que no olvidara todo lo que había aprendido y ella respondió que lo tenía muy presente”.
Sisy residía con sus hijos y el padre de estos en Santa Cruz de La Sierra (Bolivia), la ciudad en la que también viven sus padres. Acostumbraban verse, visitarse, compartir instantes de amor con los pequeños, pues Jorge se desvive por sus nietos.
Vivían todo eso que no es otra cosa que el amor de hogar, pero que quedó perdido para siempre. Pese a ello y aunque Jorge es consciente de que este accidente pudo evitarse, no guarda rencores ni buscará culpables.
“Fueron cinco minutos la diferencia entre que mi hija estuviera viva y que haya muerto, cinco minutos no más, pero no vamos a buscar responsables, ¿qué ganaría con eso?”, se pregunta y mira con ternura a su esposa, que llora abrazada a su otro hijo en las instalaciones del aeropuerto Olaya Herrera.
Ella, a cada afirmación de Jorge sobre Sisy, no evita que de sus ojos brote el llanto. Su hijo la abraza más fuerte. Se ve frágil, con mucho dolor.
“Yo sé que todos los que se mueren son buenos, pero mi hija era solo bondad, incapaz de hacerle daño a otra persona, estaba aferrada a Dios...”.
Así halló la muerte, intempestiva, como les pasa a muchos humanos. Pero antes de volar, Sisy cumplió. Oró. Dijo los adioses debidos. Siguió soñando. Y, como todo el que se va a la eternidad, dejó pendiente una cita, la que tendría el sábado en la noche con sus padres y que los tiene a ellos hundidos en la total melancolía en una sala del Olaya Herrera, esperando que les den su cadáver.