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Una calle pública en La Quintana

El Parque Biblioteca Tomás Carrasquilla, además de ser un lugar para la cultura, también lo es para mirar la ciudad.

  • El Parque Biblioteca Tomás Carrasquilla-La Quintana se ubica al costado sur de la quebrada La Quintana con la carrera 80. Un lugar diseñado para darle espacio a lo público, al encuentro con el otro. FOTO Jaime Pérez
    El Parque Biblioteca Tomás Carrasquilla-La Quintana se ubica al costado sur de la quebrada La Quintana con la carrera 80. Un lugar diseñado para darle espacio a lo público, al encuentro con el otro. FOTO Jaime Pérez
Una calle pública en La Quintana
05 de julio de 2015
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El corredor central del Parque Biblioteca Tomás Carrasquilla-La Quintana es una calle pública por la que transitan los usuarios o, también, los que solo van de paso. El diseño del arquitecto Ricardo La Rotta pensó en la vía pública para recibir a las personas y, desde allí, ir a la biblioteca, al balcón, al teatro al aire libre o a observar las sombras que se hacen entre el sol y el techo.

“El planteamiento valora la calle peatonal como un espacio dinámico para el encuentro ciudadano (...) –se lee en un documento del parque que escribió el arquitecto– y conduce a la gente, como un río en movimiento a través de una estructura continua de espacios variados y conectados visualmente, que define una experiencia urbana donde la vida se convierte en el insumo esencial de la arquitectura propuesta, una arquitectura abierta y libre, un espacio democrático”.

Si se toma la calle y luego se bajan las escaleras, la biblioteca aparece en dos partes. Por un lado la sala infantil y por el otro la de adultos, que tiene un piso para la sala Mi Barrio y otro, más abajo, para los libros y las mesas. Tiene además el silencio para leer, aunque sea el periódico, que es plan de muchos.

Milena Sepúlveda estaba buscando un libro que se acomodara a ella. Era la primera vez que llegaba al parque biblioteca y eso que vive, confesó, relativamente cerca. Falta de tiempo, se disculpó, pero como andaba más cerca que otros días, se entró a curiosear. Andaba deslumbrada por lo grande, por lo organizada, por la atención. “Hay muchas cosas que uno cree que no tiene una biblioteca. En un momentico me enteré de todo”. Prometió volver, con los hijos.

Porque eso les pasa a muchos. Van la primera vez y vuelven luego, acompañados. Clara Mejía Correa, gestora coordinadora, explica que los usuarios del Tomás Carrasquilla no tienen edad, van desde niños hasta adultos, si bien estos últimos pueden ser un poquito, solo un poquito más. Tienen usuarios que están desde el principio y que han pasado por muchos procesos, como un grupo de señores y señoras que siguen pidiendo “la clase de computadores”, pero que ya se las ingenian para hacer nuevas cosas. Andan por estos días en un ejercicio de documentación, que hace parte de uno de los procesos que la biblioteca propone en cultura digital, en el que han tratado de conectar con la cotidianidad.

Al lado de la biblioteca también está la sala de exposiciones, pese a que las paredes, no importa cuáles, son sitio para colgar las ideas comunitarias, el arte más cercano, como el que por estos días los hace recordar los viejos tiempos. “Cartas de amor –se lee–. Cartas amarillas, hojas dobladas, sobres rotos, pedazos de papel sobre los que ha pasado el tiempo, pero no el amor”.

Entre todos

La Tomás Carrasquilla, a la que muchos llaman más por su segundo nombre, La Quintana, se inauguró el 10 de marzo de 2007. Antes era un lote baldío, un botadero de escombros. Ahora es un lugar para encontrarse y muchas veces, para hacer más cosas que leer –si bien se lee y hay muchas actividades de lectura y escritura– y dedicarse a la cultura –si bien se actúa y se baila, entre otras cosas–. Los fines de semana, por ejemplo, comenta la gestora coordinadora, adentro en las salas hay pocas personas, pero si se pasa por el mirador, desde el que Medellín se ve en forma de casitas y montañas, la gente está ahí, sentada, conversando y mirando, dejándose tocar por el viento –la estructura pensó en aprovechar el viento para hacerla más fresca–, montando en patineta o escuchando música. “Este es un espacio de convivencia. Un espacio que es de todos”.

Tan de todos que juntos han ido haciendo que el parque se acomode a sus intereses. En La Quintana, sigue Clara, hay mucho movimiento artístico y cultural, y como los salones de talleres no eran adecuados para la danza, la comunidad se puso en la tarea de buscar cómo hacer que esos dos espacios tuvieran sus espejos y el piso adecuado para bailar. Lo lograron. Ya tienen su salón para que los grupos de danza puedan ensayar cómodos. “Sí ves que hay apropiación de la gente. Ellos mismos han donado cosas para hacerla mejor”. Procesos comunitarios, para el bien común.

Lo único que se acalló desde hace un tiempo fue el espejo de agua, que era como una quebrada que bajaba entre las escaleras de la parte de arriba, y que tuvo un problema técnico. Están en estudio para mirar qué es mejor, si arreglarlo o convertirlo en algo más.

Por lo demás, están completos o dispuestos a hacerlo mejor. Las ideas llegan, como esa de hacer un jardín de Carrasquilla, buscando las conexiones del escritor con la vida cotidiana.

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