El corredor central del Parque Biblioteca Tomás Carrasquilla-La Quintana es una calle pública por la que transitan los usuarios o, también, los que solo van de paso. El diseño del arquitecto Ricardo La Rotta pensó en la vía pública para recibir a las personas y, desde allí, ir a la biblioteca, al balcón, al teatro al aire libre o a observar las sombras que se hacen entre el sol y el techo.
“El planteamiento valora la calle peatonal como un espacio dinámico para el encuentro ciudadano (...) –se lee en un documento del parque que escribió el arquitecto– y conduce a la gente, como un río en movimiento a través de una estructura continua de espacios variados y conectados visualmente, que define una experiencia urbana donde la vida se convierte en el insumo esencial de la arquitectura propuesta, una arquitectura abierta y libre, un espacio democrático”.
Si se toma la calle y luego se bajan las escaleras, la biblioteca aparece en dos partes. Por un lado la sala infantil y por el otro la de adultos, que tiene un piso para la sala Mi Barrio y otro, más abajo, para los libros y las mesas. Tiene además el silencio para leer, aunque sea el periódico, que es plan de muchos.
Milena Sepúlveda estaba buscando un libro que se acomodara a ella. Era la primera vez que llegaba al parque biblioteca y eso que vive, confesó, relativamente cerca. Falta de tiempo, se disculpó, pero como andaba más cerca que otros días, se entró a curiosear. Andaba deslumbrada por lo grande, por lo organizada, por la atención. “Hay muchas cosas que uno cree que no tiene una biblioteca. En un momentico me enteré de todo”. Prometió volver, con los hijos.
Porque eso les pasa a muchos. Van la primera vez y vuelven luego, acompañados. Clara Mejía Correa, gestora coordinadora, explica que los usuarios del Tomás Carrasquilla no tienen edad, van desde niños hasta adultos, si bien estos últimos pueden ser un poquito, solo un poquito más. Tienen usuarios que están desde el principio y que han pasado por muchos procesos, como un grupo de señores y señoras que siguen pidiendo “la clase de computadores”, pero que ya se las ingenian para hacer nuevas cosas. Andan por estos días en un ejercicio de documentación, que hace parte de uno de los procesos que la biblioteca propone en cultura digital, en el que han tratado de conectar con la cotidianidad.
Al lado de la biblioteca también está la sala de exposiciones, pese a que las paredes, no importa cuáles, son sitio para colgar las ideas comunitarias, el arte más cercano, como el que por estos días los hace recordar los viejos tiempos. “Cartas de amor –se lee–. Cartas amarillas, hojas dobladas, sobres rotos, pedazos de papel sobre los que ha pasado el tiempo, pero no el amor”.