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Así funciona el parque biblioteca Doce de Octubre

Los parques bibliotecas son centros de cultura. ¿Qué pasa en ellos? Empezamos un recorrido.

Los parques bibliotecas son centros de cultura. ¿Qué pasa en ellos? Empezamos un recorrido en el del Doce de Octubre, no inaugurado, pero activo. FOTO Robinson Sáenz

  • Así funciona el parque biblioteca Doce de Octubre
Un parque periscopio, desde el que mira el Doce de Octubre
31 de mayo de 2015
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Desde ese periscopio gigante y gris se ve el Oriente de Medellín, con sus casitas anaranjadas, un solo edificio y el final no habitado de las montañas. Desde el Parque Biblioteca Doce de Octubre, y casi a la misma altura, a lo lejos se ve el metrocable y esa piedra que es el Parque Biblioteca España, uno de los primeros que se construyó, de los nueve que hay hasta ahora.

El Doce de Octubre –el más reciente– no se ha inaugurado, no obstante, desde el 19 de agosto de 2013 –tres años estuvo en construcción– empezaron a ir y a venir niños y señores y muchachas y así sin pensar si son grandes o pequeños. Unos leen, otros navegan en internet, algunos bailan y hay quienes tocan guitarra o cuidan huertas caseras.

El diseño del periscopio es de Verónica Ortiz, Carlos Puerta y Diego López. La idea de hacer alusión a ese instrumento de visión que tiene un tubo alargado y espejos, y que en los submarinos los tripulantes usan para mirar lo que hay en la superficie del agua, tiene la idea –explica Juan Carlos Rodríguez, gestor de servicios bibliotecarios del parque–, de dar una visual de 360° al territorio. Si hacia el Oriente está la ciudad, hacia el Occidente está el cerro El Picacho. Al Sur y al Norte se ve el barrio.

Es un parque con muchas ventanas, que además de la visual, buscan conectar con el territorio, que no solo implica directamente al Doce de Octubre, sino además a Santander, Progreso No. 2, El Triunfo y otros de las comunas 5 y 6. En la seis, que tiene 201.730 habitantes, según cifras de la biblioteca, es donde se ubica. Aunque hasta allá han llegado usuarios de Envigado, Medellín, Bello y otras partes más lejanas.

Adentro hay cinco niveles. El quinto es para los niños. Un salón para leer y aprender, y computadores en los que hacen tareas y juegan. Al día pasan por allí unos 70 pequeños, muchos que son frecuentes visitantes, tanto que a veces la profesora llama a decir que no deje jugar a uno de sus alumnos porque tiene todavía un trabajo por terminar.

La responsabilidad, precisa Andrea Sierra, técnica en Cultura Digital, es acompañarlos, no solo a hacer la tarea, sino a responder sus preguntas.

Los procesos de formación pasan por ese piso y por el de adultos, porque son conscientes de su papel formador. No se trata de que en los 34 equipos para préstamo de la sala de internet para mayores, que se abre 11 horas y por la que pasan unas 400 personas, se navegue solo en internet y se abran redes sociales –“no podemos ir contra la corriente, sin embargo”, comenta el gestor–, sino que aprendan y exploren. A veces la sala se cierra al público, porque hay un taller.

Mientras tanto, en el cuarto piso está la biblioteca para adultos, con la mayoría de los libros. Por el tercero se entra, se lee el periódico y se presta el material bibliográfico, mientras en el segundo está el teatro.

Este parque, que no está inaugurado, parece inaugurado. Lo que falta, y por eso no ha pasado –la comunidad lo quiere hacer cuando esté completo–, es el teatro, al que le queda por hacerle la adecuación de luces y sonido, y la tramoya. Las sillas para más de 300 personas están puestas. De lejos parece que se pudiera usar. Otra cosa que no funciona aún es el ascensor.

Lo cultural

No hay dos parques iguales y el enfoque del Doce es lo cultural. Cuando aún lo pensaban en la mesa comunitaria esa era la prioridad.

En el piso cero, cuando ya no se puede bajar más, por el salón de música, insonorizado, pasan grupos a ensayar, muchos de rap y hip-hop, que suenan tanto en la comunidad. En el de danza hacen porras y también bailan, y en el de exposiciones los artistas locales proponen sus muestras, como la que hay ahora, Princesas destronadas de Luisa Cárdenas. Es una reflexión sobre la mujer.

En Sala mi barrio hacen una recuperación de la memoria, y procesos de arte urbanos. Más allá, la música de la escuela de la Red de Músicas de Medellín se escucha en sus once salones.

El Doce de Octubre, al que al año pasado llegó Gabriel García Márquez en imágenes gigantes y pesadas, porque se anunció que el nombre del Nobel será también el suyo –todavía no oficial–, es un espacio que se mueve. Si en la sala de lectura leen, afuera, en la plazoleta, practican skate, hacen conciertos e incluso uno que otro picnic. Hay hasta gritos.

Juan Carlos lo llama apropiación del espacio. Para Viviana Gutiérrez, usuaria, el Doce de Octubre es un punto de encuentro que se reconoce como espacio comunitario.

Dos horas después de que se abrió el parque hace casi dos años, un niño de nombre Juan José, dejó los zapatos a un lado para leer un libro en el tapete de colores. Todavía está el tapete, pero ya hay más niños.

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