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Sin internet y sin móvil, la vida se hacía a mano

Cada avance tecnológico cambia el mundo, acorta caminos y facilita procesos. ¿Cómo era el día a día antes de estar tan conectados?

  • Sin internet y sin móvil, la vida se hacía a mano
23 de febrero de 2018
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Cuando el músico Juancho Valencia, hoy director de Puerto Candelaria, estaba en la universidad, a cada rato le tocaba cambiar mil pesos en monedas para llamar por teléfono público a los 15 integrantes de una agrupación musical de la que hacía parte, para avisarles que había ensayo.

“Me sabía de memoria los teléfonos y los nombres de las mamás de todos. ‘Doña Omaira, ¿cómo siguió de la rodilla? Qué bueno. Por favor, dígale a Eduardo que mañana habrá ensayo a las cinco de la tarde’”.

Era el decenio de 1990. No había internet ni teléfonos móviles, dos de los avances tecnológicos que han cambiado la vida de manera drástica.

En esa misma época, Jorge Giraldo, hoy decano de Humanidades de Eafit, fue a Europa por primera vez. Les envió postales a los hijos por correo... “Llegué primero yo a la casa que las postales”.

Mientras esto pasaba, una escena se hizo tan repetida en las madrugadas bogotanas de principios de la década del 90, que corrió el riesgo de convertirse en estampa típica. Poco después de las 6:00, Norberto Vallejo, en ese momento periodista recién egresado de la Universidad Libertadores, dirigía sus pasos a la esquina de la carrera 7a. con 19, hasta el kiosco de periódicos del único vendedor que, en varios kilómetros a la redonda, recibía “ejemplares frescos” de diarios del mundo. El País, de España; La República, de Uruguay; El Universal, de México; El Nacional, de República Dominicana; Clarín, de Argentina... De estos casi dependía la vida del joven periodista. Debía revisarlos para alimentar las mañanas de Julio Sánchez Cristo, en Viva FM.

Existían las agencias de noticias, Reuters, AFP y demás. Cómo no, estas surgieron en el siglo XIX, pero en los diarios hallaba historias novedosas. “Curioseaba” los anchos folios en busca de notas impactantes, en las áreas de cultura y actualidad. Cuando hallaba una interesante, por lo original de su tema, su tratamiento, o por el personaje que la protagonizaba, sacaba la grabadora del bolsillo de su chaqueta y la leía en voz alta para reproducirla después en la sala de redacción de la emisora. Grababa también quién la había escrito y dónde ocurrían los hechos.

“No olvidaré nunca a ese vendedor de periódicos —dice Norberto, actual director de El Club de Lectura, de Caracol Radio—: se llamaba Mario y era Uruguayo”. Relata que, de ahí, lo que seguía era ubicar al periodista y al personaje. Todo se hacía por teléfono, vía Telecom.

“Señorita Liliana —le decía a la operadora, que casi siempre era la misma—: comuníqueme con el señor Mijail Gorbachov en el Hotel Ritz, de Buenos Aires, y dígale que el presidente de Colombia lo quiere saludar”.

No era cierto, pero funcionaba. Así armaba el show radial. Mientras tanto, lo demás era llamar a la Casa de Nariño y decirle al presidente, César Gaviria, que el líder de la Perestroika lo quería saludar desde Argentina.

Teléfono fijo, fax y bíper

Jorge Giraldo dice que fue una época de gran contacto con el exterior, tanto en las universidades como en las organizaciones no gubernamentales. Él, que la pasó entre la Universidad de Antioquia y la Escuela Nacional Sindical, indica que ese contacto era eminentemente físico. Había muchos viajes. Y se debían llevar maletas inmensas para que cupieran libros, revistas y documentos que se querían compartir y traer otros que se adquirieran allá.

Jorge cree que el gran salto tecnológico fue en la telefonía. Si bien no había móvil, se acabó el monopolio de Telecom y entraron empresas privadas que ofrecían servicios de llamadas para los hogares, especialmente a los de clase media, sin necesidad de operadoras.

En los 90, antes de los celulares, estaba el bíper o buscapersonas, un aparatico que cabía en el bolsillo, provisto de una pantalla en la que aparecía el número de teléfono de alguien que requería comunicarse con el dueño del bíper.

Juan Antonio Agudelo, el coordinador de Cultura de Eafit, era periodista de El Mundo en aquel tiempo. Cree que es bueno haber vivido sin internet ni teléfonos móviles, porque obligaba a ser recursivos, a realizar más trabajo de campo que hoy y a escuchar más historias de viva voz.

Recuerda la tira de papel interminable que vomitaba el fax, como los boletines de prensa de la Policía, en el que esta institución reportaba los delitos de la noche anterior.

Había que tener cuidado con el fax. Según Jorge Giraldo, si se quería preservar la información que llegaba por esta vía, era preciso fotocopiarla de inmediato; de lo contrario, en pocos meses, cuando uno iba a revisar el mensaje, no tenía más que una hoja blanca con manchones.

“Ahora recuerdo que cuando me gradué de la maestría, uno de los jurados de la tesis fue Luis Antonio Restrepo. Envió su concepto por fax a la universidad. Y cuando estaba escribiendo el libro El DIM, una pasión crónica, Darío Jaramillo me envió su texto por fax desde Bogotá. Era 2003”.

Ramiro Velásquez, periodista de EL COLOMBIANO, recuerda los teletipos, unos aparatos en los que se recibían las noticias de otras partes. Era un instrumento para cada una de las agencias a las que estuviera abonado el periódico. Mecanografiaba la información en papel.

El internet se implementó en Colombia desde 1995, gracias a gestiones del ingeniero Hugo Sin y su equipo de trabajo de la Universidad de los Andes, aunque de manera masiva cuatro años más tarde. Sin la red y sin telefonía móvil se hacía lo que se hace hoy, pero de otras maneras, más artesanales y directas. Como dice Juancho Valencia: con llamadas a teléfonos fijos y otros medios se acordaron las giras de los Beatles y de la Fania. La falta de un avance tecnológico nunca ha sido obstáculo para nada.

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