Los asistentes al décimo quinto Festival de Poesía, en 2005, pudieron escuchar la voz del poeta nigeriano Wole Soyinka, premio Nobel de Literatura 1986:
La pluma puede abrirle un sendero a los arados/ La pluma puede forjar espadas con arados/ Con palabras del arado y la espada./ Y la pluma consagra, y la pluma desenmascara las mentiras/ De vanas teologías, la pluma entroniza/ Los reclamos mohosos del Poder, recomienda/ Como de orogen divino espacios disputados...
Dos años antes había escuchado, de labios del propio Gonzalo Rojas, premios Reina Sofía y Cervantes:
Cada diez años vuelvo. Salgo de mis raíces,/ de mi niñez, y vuelvo hasta las últimas/ estrellas. Soy del aire/ y entro con él en toda la hermosura terrestre:/ en el fuego, en el vino, en las espléndidas/ muchachas. Soy el mismo/ que silba su alegría en las radiantes/ calles, el mismo príncipe y el mismo prisionero.
Son dos ejemplos de los cientos de poetas que han desfilado por el Festival.
Ahora, cuando el certamen llega a la edición 25, la Corporación Prometeo publica un libro de Fernando Rendón, su director, titulado El imposible realizado: sintetiza la trayectoria del evento que ha sobrevivido a pesar, no solo de quienes dicen que la poesía es un asunto íntimo, nunca multitudinario, sino también a pesar de quienes han señalado a sus organizadores como simpatizantes de actores armados.
El Festival nació con el decenio del 90, uno de los más violentos de la historia nacional. Los poetas —así como los teatreros, los músicos, los artistas plásticos y narradores—, no se arredraron ante amenazas. Con 16 poetas nacionales comenzó el Festival. Uno de ellos, Carlos Enrique Ortiz, definió a la Colombia del momento en un verso con precisión de relojero: “No es este un país, sino la pesadilla de un muerto”.