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Los muertos hallan en los libros su morada

En el mes de los muertos aludimos
a obras literarias pobladas de ellos. Una idea recurrente en las letras.

  • Ilustración Elena Ospina
    Ilustración Elena Ospina
08 de noviembre de 2016
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Esas ideas de que la vida sigue después de la muerte alimentan, sin duda, la literatura de muertos.

Antes que los cristianos, Platón dijo: “Cuando la muerte se precipita sobre el hombre, la parte mortal se extingue; pero el principio inmortal se retira y se aleja sano y salvo”.

Ese intuir que el alma ronda por ahí, encendía la chispa de Edgar Allan Poe para escribir sus historias de horror. Algunas de ellas con nombres de mujeres, en las cuales el personaje narrador, habitante del mundo de los vivos, evoca con obsesión a la amada muerta. Y parece traerla por momentos.

“(...) Y las brumas de una segunda noche se acumularon y yo seguía inmóvil, sentado en aquel aposento solitario; y seguí sumido en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su terrible ascendiente como si, con la claridad más viva y más espantosa, flotara entre las cambiantes luces y sombras del recinto”.

Chispa para que el genio de lo sobrenatural escribiera decenas de cuentos en los que la muerte, roja o como sea, ronda o habita. Pero nada como La conversación de Eiros y Charmion, un relato de ultratumba.

“Eiros: —¡Esto no es un sueño!

Charmion: —Ya no hay sueños entre nosotros (...). Me alegro de verte dueño de tu razón, y tal como si estuvieras vivo. El velo de la sombra se ha apartado ya de tus ojos. Ten ánimo y nada temas. Los días de sopor que te estaban asignados se han cumplido (...)”.

Y Charmion le explica su renacimiento o resurrección.

Esas ideas de un mundo metafísico también avivaron en el ingenio de narradores de cuentos de navegantes, como Horacio Quiroga. En su relato Los buques suicidantes, alude a esos barcos abandonados en medio del océano, por muerte de sus ocupantes, que parecen seguir con cierta vida, como animados por la energía de los seres que los habitaron.

O Gabriel García Márquez en El último viaje del buque fantasma, cuento que, digamos de paso, no tiene otros signos de puntuación distintos a la coma, cuenta la historia de un “trasatlántico inmenso, sin luces y sin ruidos, que una noche pasó frente al pueblo como un gran palacio deshabitado, más largo que todo el pueblo y mucho más alto que la torre de la iglesia, y siguió navegando en tinieblas hacia la ciudad colonial fortificada contra los bucaneros al otro lado de la bahía (...) sin un suspiro de máquinas, sin un alma, y llevando consigo su propio ámbito de silencio, su propio cielo vacío, su propio aire muerto”.

Esa idea inspiró el Pedro Páramo, de Juan Rulfo, con Comala, su pueblo fantasma... Y mil novelas y cuentos de muertos, espantos, vampiros... Omitámoslos todos, si se quiere —ningún espacio sería suficiente para nombrarlos—, pero no olvidemos La divina comedia, la historia medieval en la que Dante Alighieri manda al infierno a los corruptos, a los asesinos y a quienes causaron su destierro, y al Paraíso a su bella Beatrice. Allá, en el Infierno, llegó a oírle decir a uno de los desafortunados huéspedes de la fatal morada:

“Oh tú que a estos infiernos te han traído/ —me dijo— reconóceme si puedes:/ tú fuiste, antes que yo deshecho, hecho”.

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