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El amante de Isabel Allende

El más reciente libro de la escritora chilena trata temas como la memoria y la vejez.

  • Isabel Allende escribe sobre el amor, un tema que ha estado casi siempre en sus novelas. FOTO archivo
    Isabel Allende escribe sobre el amor, un tema que ha estado casi siempre en sus novelas. FOTO archivo
06 de julio de 2015
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En la casa de Isabel Allende hay un letrero que dice “cuidado, usted puede terminar en una de mis novelas”. Sus amigos lo saben. Su familia también. Todo lo que digan, todo lo que hagan puede terminar en un libro, a la manera que ella lo organice en su imaginación. Es una ladrona. “Para mí –dice– la frontera entre la realidad y lo imaginado es muy borrosa. Soy bastante irrespetuosa con las vidas de mis conocidos y familiares; se las puedo robar al menor descuido de su parte”. Pasó también en El amante japonés, su más reciente novela.

La historia de este libro llegó cuando iba caminando con una amiga que le contó que su mamá había tenido un amigo japonés. ¿Cómo llegaron las demás historias?

“Yo imaginé que esa relación de 40 años pudo haber sido algo más íntima que un amor platónico. Investigando la época en que le habría tocado vivir a mi protagonista, surgieron temas fascinantes, como la Segunda Guerra Mundial y los campos de concentración para japoneses en los Estados Unidos. El resto de los personajes fueron apareciendo a medida que los necesitaba, primero Irina Bazili y después los otros. La residencia para ancianos, Lark House, está copiada de una que existe cerca de donde yo vivo”.

Trata el tema de los años, de la memoria. ¿Cada novela llega en el momento que es?

“Es cierto que cada libro tiene su momento y éste es un libro de la madurez, que tal vez no habría podido escribir cuando era joven. Sin embargo, creo que la ficción es siempre un ejercicio de intuición e imaginación. He escrito sobre esclavos, prostitutas, torturadores, comerciantes árabes, adolescentes. Si pude ponerme en la piel de ellos, no veo por qué no habría podido hacerlo en la de una mujer de ochenta años”.

¿Por qué es una exaltación del gusto por la vida?

“Muchas jóvenes piensan que la vejez es necesariamente triste, pero estoy rodeada de gente mayor que goza la vida con más entusiasmo que los jóvenes, porque han dejado atrás las responsabilidades y deberes de criar hijos y mantener un trabajo, se conocen a sí mismos, saben lo que desean y no temen al ridículo. Si tienen buena salud, algunos recursos económicos y una comunidad de la cual hacen parte, los viejos pueden pasarlo muy bien. La alegría, la sensualidad y la risa deberían ser un derecho natural a cualquier edad. Supongo que mi propio gusto por la vida sale también entre líneas en casi todo lo que escribo”.

La novela también toca el tema de la Segunda Guerra Mundial. ¿Por qué fue importante hacerlo parte? Eso implicó jugar con el tiempo.

“Antes de contar cualquier historia investigo el lugar y la época en que transcurre. La investigación me da mucho material y es el fundamento para la ficción. A mis protagonistas la Segunda Guerra Mundial los afectó mucho; no podía ignorar ese evento fundamental. La memoria, el recuerdo, el pasado, son muy importantes a toda edad, pero principalmente en la vejez, por eso me resultó inevitable jugar con el tiempo”.

Hubo un trabajo de investigación en el que descubrió lo de los campos de concentración para japoneses, por ejemplo. ¿Cómo investiga?

“La investigación de la época y el lugar donde transcurre la narración es fundamental para establecer el teatro donde se moverán mis actores. Yo no sabía nada de los campos de concentración para japoneses hasta que estudié el tema de la Segunda Guerra Mundial y cómo afectó a los Estados Unidos. Por lo general yo investigo sola, porque al comienzo no sé lo que estoy buscando, pero para afinar detalles a menudo pido ayuda a Sarah Kessler, que trabaja en mi oficina y tiene un olfato de sabueso”.

En el libro Lupita dice “que la edad, por sí sola, no hace a nadie mejor ni más sabio, solo acentúa lo que cada uno ha sido siempre”. ¿Qué ha sido Isabel siempre?

“Enérgica, impulsiva, enamoradiza, generosa, imaginativa, atrevida, curiosa, amante de mi familia, unos cuantos amigos, los perros en general y el chocolate negro en particular”.

El amor está en sus novelas. Es un tema universal. ¿Es eso de lo que no podemos dejar de hablar?

“El amor es el tema más trillado de la humanidad, es la obsesión de casi todos nosotros, aparece por todos lados en canciones, poemas, novelas, pinturas, cine, teatro. Nunca nos cansamos de escuchar la misma historia de amor con diferentes personajes”.

¿Por qué los fantasmas? ¿Cree en ellos?

“Creo en el misterio que nos rodea. La razón no puede explicarlo todo. Los posibilidad de que existan espíritus le da una dimensión interesante a mi vida y a mi escritura, pero no ando viendo fantasmas”.

Ha dicho que con los años se le ha acentuado la imaginación, ¿cómo es eso?

“La inspiración para mis libros nace de experiencias que se acumulan en el transcurso de la vida. Mientras más vivo, más experimento y más imagino”.

Si le fascina cuando sorprende al lector, cuando lo espanta, ¿cuando escribe piensa en él, en qué irá a pensar?

“Siempre me pongo en el lugar del lector y cuento mis historias como a mí me gustaría que me las contaran. Como lectora, deseo que el autor me enganche desde el primer párrafo, que retenga mi interés, que me emocione, que me haga pensar, que si es necesario me obligue a cambiar de opinión, que su historia o sus personajes se queden conmigo para siempre, como parte de mi memoria. Si soy capaz de lograr algo de eso con mis libros, me siento feliz”.

A los 72, ¿le parece que es una escritora distinta a la que escribió, por ejemplo, La casa de los espíritus?

“Soy una persona diferente en el sentido de que he vivido más, pero en lo esencial no he cambiado. Como dice Lupita, “la edad nos hace más de lo que ya somos”. Tengo los mismos valores de los 20 años, vivo con la misma curiosidad y energía, escribo sobre los mismos temas y con la misma pasión y disciplina”.

Nació en Perú (aunque fuera por cosas pasajeras), vivió muchos años en Chile, ahora en E.U. ¿Cada lugar le ha sumado a lo que es?

“Pablo Neruda dijo que era “un eterno desterrado”, porque así se sentía cuando estaba lejos de Chile, su patria. Yo me siento como una eterna extranjera. He vivido en muchas partes, eso me ha dado una visión bastante amplia de la realidad y mucho material para mis novelas. Tengo raíces en Chile, Venezuela y California, pero mis raíces más profundas están en mi propia imaginación, en el mundo interior que he ido construyendo palabra a palabra en treinta y cinco años de escritura y setenta y dos de imaginación.”

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