Medellín es asesina y utilitarista; amada y odiada... antigua y contemporánea. La ciudad en la literatura es ideal y permanece en un eterno presente.
Y la nuestra ha habitado en las páginas de los libros, por lo menos, desde el siglo diecinueve. Y lo ha hecho de dos maneras: como escenario de acontecimientos y como personaje o, mejor dicho como entidad personificada con quien uno puede hablar.
No pueden dejar de mencionarse varios libros de Tomás Carrasquilla, quien a finales de ese siglo, 1896, publicó una de las primeras novelas urbanas de Colombia: Frutos de mi tierra, en la que habla de características de sus gentes, que permanecen: el ascenso social, el arribismo y la simulación.
Estos mismos aspectos se aprecian en Grandeza y Ligia Cruz, otras dos novelas del dominicano. Cuentos de ciudad también escribió Tomás, y un sinnúmero de crónicas y cuadros en los que describió barrios, calles, quebradas y parques.
“La Medellín de los libros es un eterno presente —señala Darío Ruiz Gómez, quien ha escrito novelas y cuentos que suceden en este suelo—. Esa ciudad no desaparece nunca. Me permite realizar una requisitoria sobre mí y sobre el presente. Volver a imaginar callejones y lugares ya inexistentes, acudiendo, por ejemplo, a la magistralidad de Tomás Carrasquilla”.
Dicen, Jorge Orlando Melo entre ellos, que Oropel, Aventuras de dos montañeses en la capital, de Camilo Botero Guerra, puede considerarse la primera novela centrada en la Villa de la Candelaria de Medellín. Fue publicada tres años antes que Frutos...
Al hablar de este tema, a Darío Ruiz Gómez, autor de los Cuentos de la Estación Villa, se le viene a la mente el libro La ciudad de las desapariciones, del ensayista inglés Iaim Sinclair, en el que registra un recorrido por Londres, contrastando lo que han destruido, con lo existente. Sin olvidar en ese registro, la música que había en ciertas zonas de la ciudad y ya no hay.
El escritor colombiano agrega que ha notado cómo la música ha desaparecido de la narrativa colombiana. Hasta se atreve a apostar que para muchos narradores, mencionar que crecieron con la Sonora Matancera o con los tangos, se ha tornado en algo vergonzante. Lo mismo que las descripciones de lugares, y las precisiones geográficas de los escenarios de los libros.
“Todo recorrido de ciudad se ha convertido en un acto político”, dice Ruiz que sostiene Sinclair.