Si Lucila González de Chaves no hubiera sido maestra, su espíritu seguro se hubiera marchitado.
A esta conclusión llega quien se acerque y hable con ella. Más que locuacidad, la suya es una elocuencia cargada de amor por ese oficio.
Sentada ante su computador, en su salón de estudio, acompañada por un órgano enmudecido desde 2011 cuando murió el maestro del canto lírico Luis Eduardo Chaves, su esposo, ella cuenta historias de su vida, que comenzó, según dice, “en el año uno de la era cristiana”. La va contando como una novela, a veces da saltos en el tiempo, hacia atrás, hacia adelante.
“Mi papá murió cuando yo tenía tres años, cuando se descarriló el tren en Medellín”, es decir, en 1930. Su madre se fue a Titiribí, de donde era oriunda. Allí se incorporó al seno de su familia. Lucila cursó la primaria hasta “la preparatoria”, pero no había nada más que estudiar.
—Tengo que seguir estudiando —le dijo a su abuelo.
—Y dónde, muchachita.
—No sé, pero yo no me puedo quedar así.
Buscaron por todas partes. El abuelo descartó la posibilidad de que se fuera para Boyacá, por lejos.
Les hablaron del Instituto Central Femenino, el Cefa, fundado por Joaquín Vallejo Arbeláez en 1935 para que las mujeres pudieran capacitarse y vincularse al mercado laboral, puesto que era liberal —como Lucila—.
—¿Usted va a matricular a la niña en un colegio liberal y ateo? —le preguntó al abuelo el cura del pueblo.
—Uno es lo que es en cualquier parte —le respondió y envió a Lucila a estudiar en Medellín.
“Para graduarme en pedagogía debía presentar una tesis. Metían en una bolsa los papelitos con los temas de las investigaciones. Por turno, las alumnas íbamos metiendo la mano y sacando uno. Metí la mano y ¡adivine qué me salió! ¡El café! Sentí que me había ganado la lotería, porque crecí entre cafetales, jugando con los granitos”.
Con su título en la mano, fue nombrada profesora en Amagá. A los dos meses, la trasladaron para Rionegro. Con menos de 20 años años, Lucila González Restrepo —este es el apellido materno—fue nombrada rectora de la Normal. Los profesores eran mayores que ella.
El Bogotazo la encontró en el colegio. Se enteró de él junto a sus compañeras en un radiecito que encendían un rato después de almuerzo.
“Las ansias de libertad de multitudes de personas liberales se fueron acumulando desde 1946, cuando el partido perdió las elecciones por haber llegado dividido. Se perdieron 16 años en el poder. Con el asesinato del líder, Jorge Eliécer Gaitán, explotó la violencia”.
Los conservadores decidieron destituirla con cualquier argumento. Ella, sin inmutarse, porque uno a esa edad no se echa a morir por nada, volvió a Titiribí a hacer de asistente de su tía, también maestra.
Le decía: “andá y dictales a los niños la clase de canto”, y ella iba y cantaba; “andá a darles la de dibujo”, y ella les dibujaba algo en el tablero... Y así pasó un año, “mejor dicho, vagando y tomando tinto, leyendo y hablando en el parque con quien tuviera una charla interesante”.
El cartón
Lucila volvió a Medellín y retomó su labor de docente en un colegio del barrio Sucre. Ingresó a la Universidad de Antioquia, en la plazuela San Ignacio, a estudiar Letras.
“El cartón, que recibí por allá en el 51 o 52, decía: ‘Experta en Letras’”.
Para ganarlo había “estudiado literatura a lo loco”, universal, norteamericana...
“Pero imagínese: en América Latina no había llegado el boom. De este continente leíamos obras de la venezolana Teresa de la Parra (Ifigenia y Las memorias de mamá Blanca), a la chilena Gabriela Mistral... De Colombia, claro, la poesía de Silva, la María de Isaacs... Y La vorágine, de José Eustasio Rivera. Para mí, la mejor novela nuestra de todos los tiempos. Reúne todas las corrientes: naturalismo, costumbrismo, tiene poesía e intriga. No más recuerde ese final:
El último cable del cónsul, dirigido al señor ministro y relacionado con la suerte de Arturo Cova y sus compañeros, dice textualmente:
‘Hace cinco meses búscalos en vano Clemente Silva.
Ni rastro de ellos.
¡Los devoró la selva!
Fui a exponerlo ante mi profesor Juan de Garganta, un español, y comencé por el final, a pesar de que se usaba era del principio al fin.
—¿Por qué comienza por el final —me preguntó.
—Porque me parece que ese final tiene un gran sensacionalismo”.
Lucila cuenta que De Garganta le cuestionó el término. Ella lo defendió hablando de las sensaciones diversas que le había causado.
—Siéntese —le dijo el español.
Después, al averiguar su nota, encontró que había sido eximida del examen final. Esa exposición suya había sido “un tiro al blanco”.
Los libros
La vida de esta educadora es sin duda una novela. Sin embargo, nadie me perdonaría si no cuento la historia de la serie de libros educativos Español y Literatura, que marcaron la pauta en la enseñanza del bachillerato por unos 30 años.
Todo comenzó con el cambio de programa de español, dispuesto por el Ministerio de Educación, en 1973.
Hasta ese año, “esta materia no tenía sino tres cosas: ortografía, gramática y literatura. Con la reforma, aparecieron mil cosas: fonética, sintaxis, etimología, lectura... Todo estaba mezclado de tal modo que resultaba inmanejable. Cuando vimos ese programa, dijimos: ¡Qué susto!”.
Lucila, con vocación de pedagoga, se quedaba hasta tarde en el estudio de esta misma casa de La Floresta —allí ha vivido por 60 años, dándole orden al maremágnum.
Tomó hoja por hoja de aquel cartapacio y fue separando cada uno de los componentes. Formó un cerro de fonética, otro de gramática y así sucesivamente. Como no se podían dictar separadamente, fue articulándolas con explicaciones y ejercicios, en unidades, porque entonces no se hablaba de módulos.
“Cuando logré entenderlo y ordenarlo todo, yo estaba feliz y los alumnos lo sentían”.
Entonces, en la Editorial Bedout se enteraron, quién sabe cómo, de que una profesora del Cefa llamada Lucila González de Chaves tenía su propio método para enseñar español y literatura. La buscaron. Les dio una copia de su libro de grado sexto —no se decía undécimo grado, como hoy—, el único que dictaba.
—¿Dónde está el de quinto?
—No hay.
—Pues debe hacerlo.
Y así fue saliendo la serie, del último al primero. Pronto se convirtió en best seller. Lucila les solucionó un problema, no solo a los profesores de Antioquia sino del país.