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La poesía llevó sus versos a La Cruz

Cada vez que llega el Festival Internacional de Poesía, en el asentamiento La Cruz lo reciben con alegría.

  • Luis Alfredo, uno de los niños que integran el Taller Gulliver, aspira a ser poeta. FOTO Donaldo Zuluaga
    Luis Alfredo, uno de los niños que integran el Taller Gulliver, aspira a ser poeta. FOTO Donaldo Zuluaga
14 de julio de 2015
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Une al amor el Sol que ha de venir. Ubicada junto al tablero, es la frase que ven hasta sin mirar los alumnos de sexto grado en La Escuela Luz de Oriente, cuando están en el salón de clase.

A esa institución del asentamiento La Cruz, situado a pocas cuadras de Manrique Oriental, en dirección al cenit, subió, como ha sucedido durante varios años, el Festival de Poesía. El domingo, con lecturas de obras de escritores de Venezuela, Argentina, Italia y Colombia. Ayer, con el taller de poesía Gulliver.

Y jugando, como a veces aprenden los niños, se van acercando a la poesía, en sesiones semanales que comenzaron con el año. Tienen un «Cuaderno Gulliver».

Luis Alfredo, uno de los estudiantes, llama a la casa para que se lo traigan. Lee un poema de su autoría, en el que los versos van formando un triángulo, porque el primero es una palabra; el segundo, dos y así, sucesivamente, hasta que logra comunicar la idea de que solamente cuando el Sol deje de brillar y la Tierra de girar, dejará de amarla.

¿La destinataria? La novia. Una chica del mismo grado.

Él, lo mismo que sus parceros de clase, Jeison Estiven, Íduard y Dídier, asisten al taller. Jeison, hijo de padres inmigrantes del Chocó, dice que le gusta la poesía, porque “le abre el entendimiento a uno y le ayuda a aprender cosas que no sabía”.

Jeison dice que quiere llegar a ser futbolista; Dídier, escritor, y Luis Alfredo, poeta. Es más, Luis Alfredo dice que él ya se siente poeta. “¿Yo? Medio poeta, más bien”, precisa Jeison, quien disfruta oyendo las historias que le cuenta su madre de los tiempos de infancia, en Quibdó, y leyendo cuentos y poemas a su hermano menor.

“A mí también me gusta oír a mi papá —dice Dídier— contar cuentos viejos, de cuando era niño en un pueblo de la Costa. Su papá lo mandaba a comprar tabacos, y él iba contestando que más tarde iría y, cuando menos pensaba llegaba la noche y debía montarse en un caballo para ir a la tienda. Y él sentía que lo perseguían los lobos. Y acosaba más al caballo, del susto, y sentía que los lobos lo perseguían también de regreso, casi hasta la casa”.

En el auditorio, los demás compañeros de Gulliver juegan con el tallerista John Garzón. Cantan rondas, se agrupan en línea para formar gusanos y, en fin, se alegran de que las palabras existan y de que los otros están ahí para establecer vínculos alejados del miedo y del odio, para abrazarlo y reír con ellos.

Al regresar al primer piso, una cartelera escolar, colgada en una pared junto a las escalas, enuncia: «Un lector vive mil vidas antes de morir. El que no lee solo vive una».

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