El gato que el maestro Botero le regaló al parque biblioteca que se llama como él, mira a esa estructura negra y rectangular las 24 horas del día, con su sonrisa y sus ojos fijos, pero ya sin bigotes. Aunque lo de los bigotes, que no volvieron a ponerle –o que no volvieron a crecer– porque se los llevaron varias veces, ya no importa. El gato no ha dejado de ser gato y en cambio es, de todas maneras, ese que saluda cuando se entra al Fernando Botero.
El gato, dice Juan Paulo Campo Vives, gestor coordinador, es un símbolo y sitio de reunión. En el de cola parada se encuentra la gente y si hace mucho calor, o si llueve, hasta se resguardan debajo.
El parque biblioteca se inauguró el 19 de octubre de 2011, pero cuando el gato llegó, el 1 de abril de 2012, fue casi como si se hubiera vuelto a inaugurar. Esa vez el maestro dijo que donaba la escultura con una intención, “el arte al encuentro del público y no el público al encuentro del arte. El hombre necesita del arte para vivir mejor”.
A Paulo le parece, de todas maneras, que por ese suceso malo llegó uno bueno. Pocos días después de que el gato se instalara en su pedestal se llevaron el primer bigote y las noticias cayeron sobre el parque biblioteca. No hubo felicidad por eso, pero de tanta bulla muchos más supieron que en San Cristóbal estaba ese lugar, mientras en la comunidad, otros más entendieron que había que apropiarse de la biblioteca, que era de todos, y que, sobre todo, no se cuidaba sola.
Después del gato está esa estructura negra de ventanas y balcón. Luego del primer hall, al frente está la sala de exposiciones, a la izquierda el teatro –que usan, aunque piensan en los detalles y en modernizarlo– y a la derecha la entrada a los servicios bibliotecarios.
En el fondo, en la sala infantil, los niños tienen un tapete de colores para sentarse a leer. Eidy Bedoya, técnica de bibliotecas, explica que los niños no van solos, que siempre hay adultos que se sienta con ellos, por lo general los papás.
Juliana Gómez, siete años, está ahí, entre un libro. “Hay muchos libros buenos”, dice, y sigue ahí. Su papá, John Jairo Osorio, mientras tanto, comenta que “venimos con frecuencia a compartir con los niños, para que se enamoren con los libros y se habitúen a la lectura”.
Si bien a la biblioteca van grandes y chicos, el gestor coordinador precisa que la mayoría son niños y jóvenes. Propuestas, no obstante, hay para todos, desde los servicios bibliotecarios, hasta los procesos de cultura digital y, muy importante, el fomento a la lectura.
Además hay espacio para las expresiones artísticas, que se construyen en comunidad. En San Cristóbal, comenta Juan Paulo, se baila, se actúa, se pinta y se canta. Por eso el teatro, para poder mostrar lo que hacen. La cultura del rock, precisa él, es muy fuerte. Cada tres meses hacen un encuentro, incluso.