Si el cuadro que uno compra es un Botero, un Grau, un Débora u otro de alguien reconocido, puede estar seguro de que a la vuelta de unos años, lejos de desvalorizarse, costará más. Si es el de un desconocido, con el tiempo puede volverse oro en polvo en las manos de su dueño... o quedar valiendo menos que un pegote.
Esta es la síntesis de lo que afirman los galeristas y vendedores. El prestigio de un artista hace que sus obras valgan más, pero también que si se mira con ojos de negociante, vayan a la fija.
Germán Duque, de la Galería Duque Arango, indica que la creencia de que el arte no se desvaloriza, no puede ser una afirmación tajante.
“Si compras un Botero, por ejemplo, y lo adquieres por un precio justo, si bien es cierto que haces una inversión alta, a la hora de redimirla, es más fácil y está más madura”.
Explica que todos los Boteros no son lo mismo. Una pieza de etapas tempranas, años 50 o 60, no cuesta igual que otra de un período en el cual ya hubiera desarrollado sus figuras volumétricas o el color. Y así con cualquier artista.
“Contar con asesoría de galeristas o representantes serios permite hacer una buena inversión, sin riesgos de que las obras sean sobrevaloradas”; no lo estafan.
Cuenta que esas piezas de inversión segura, pueden ser recibidas por la misma galería que la vendió años atrás. A la suya han “regresado” tres o cuatro veces dos Boteros: La estocada y El picador, de una serie de toreo. Y un Obregón.
Con el arte de creadores nuevos, dice, la inversión con propósitos de rentabilidad, “es un albur: puede ser rentable en el futuro o desvalorizarse”.
Esto depende de si el artista sigue en el arte y, si es así, exponiendo nuevas ideas en galerías, museos o ferias.