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Esos años en los que el maestro Botero tenía 16

  • El Museo Nacional presenta la exposición El joven maestro, homenaje al artista colombiano Fernando Botero. Foto: Colprensa
    El Museo Nacional presenta la exposición El joven maestro, homenaje al artista colombiano Fernando Botero. Foto: Colprensa
  • Ilustración del maestro Botero para el periódico El Colombiano.
    Ilustración del maestro Botero para el periódico El Colombiano.
  • La exposición muestra cómo era la obra del artista en sus primeros años. Foto: Colprensa
    La exposición muestra cómo era la obra del artista en sus primeros años. Foto: Colprensa
18 de agosto de 2018
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La obra de Fernando Botero, la de la Camera degli Sposi (Homenaje a Mantegna) II fue rechazada una vez. Era 1958 y estaban en el Salón Nacional de Artistas, en Medellín. Él la envió y el jurado de admisión le dijo que no.

El maestro lo recuerda como un detalle curioso en un correo electrónico en el que le pregunto por ella:

–Luego de una ardua polémica –respondió el jueves– y de una protesta no tan generalizada, ganó el primer premio del salón. Ahora se encuentra en el Museo Hirshhorn de Washington.

Aunque no por estos días y no la misma de 1958. Esa se perdió. La que llegó el jueves (de la semana pasada) a la sala de exposiciones temporales del Museo Nacional de Bogotá, para unirse a otras 53 que relatan a un Botero en sus primeros años, la repitió en 1961. Eso lo cuenta Christian Padilla, el curador de la exposición El joven maestro. Botero obra temprana (1948-1963), como se llama la muestra que se abrió este viernes y va hasta el 28 de octubre.

La pieza es una versión de la pintura del renacimiento, La camera degli sposi, hecha por Andrea Mantegna entre 1465 y 1474. Botero tenía una predilección por esa pintura, que es en realidad una habitación completa pintada al fresco, hasta el techo. Es más, un día llegó a verla a Italia y le dijo al guía que había ido desde Colombia a ver la obra que está en el Palacio Ducal de Mantua, ese gigantesco –así lo describe en el correo electrónico– y el guía lo dejó quedarse media hora, solo. Es uno de sus recuerdos más emocionantes, dice: estar solo con Mantegna en la Camera Degli Sposi.

La suya no la recibieron, sin embargo, cuando la envió al Salón Nacional. Christian dice que el maestro ha tenido una particularidad, que lo hace único, y era raro en ese entonces, en el país, no afuera, hacer versiones de las obras de otros artistas. Entonces cuando él la presentó, a los jurados les pareció una caricatura grotesca y no lo aceptaron, pero la crítica de arte Marta Traba –lo sigue contando el curador–, que tenía tanta influencia, les pegó un regaño, les dijo que estaban desatinados, que no era para nada una caricatura, que en cambio sí bastante expresionista, y la pintura entró y pasó de ser la rechazada a quedarse con el primer puesto.

Un camino de regreso

Ahora viene al país por primera vez (esta segunda versión, que donó al museo de Estados Unidos Joseph H. Hirshhorn, en 1966) y es la pieza estrella de esta exhibición que es un homenaje del museo a Botero, en ese espacio que tienen para hacerle homenaje a ciertos artistas por su manifestación cultural al país. El año era perfecto, comenta Christian. Se conmemoran 70 de producción de Fernando Botero. La fecha inicial fue 1948.

El maestro escribió además en el correo:

–La obra de Mantegna: La camera degli sposi (El cuarto de los esposos), como su nombre lo indica es una amplia sala, dormitorio de los Gonzaga, príncipes españoles de Mantova (Mantua en español), y es una de las grandes obras maestras del renacimiento. Todas las paredes y el cielorraso son pintados al fresco. El muro principal en que se ve toda la familia y sus asistentes fue el que inspiró mi cuadro.

Ilustración del maestro Botero para el periódico El Colombiano.
Ilustración del maestro Botero para el periódico El Colombiano.

Y ese primero, tan él

La ilustración es en blanco y negro (ver ilustración), de líneas gruesas, la mayoría, otras no tanto. Es un juego entre unas y otras. Es la figura de una mujer desnuda, delgada. Hay una estrella, está la noche. A la derecha, la firma: F. Botero. 50. Esas letras sí son las de siempre.

No se parece al artista de ahora, con sus figuras voluminosas, si bien el volumen ya estaba. Lo dijo el mismo maestro en 2012, en una entrevista para EL COLOMBIANO, después de una pregunta de si Botero era uno cuando empezó y otro ahora.

–Básicamente lo que hay es evolución, pero está la creencia de que el volumen es un elemento muy importante en la pintura y esa convicción la he tenido a través del tiempo. Siempre he hecho un énfasis en el volumen, sea en una forma o en otra. Los cuadros cambian mucho de una época a otra.

Si hay algo que ha logrado Fernando Botero en estos años es que lo reconozcan en cualquier lugar del mundo (su estilo particular representado en sus famosas gordas, como el maestro ha reiterado que es incorrecto llamarles), pero sus comienzos son otra cosa.

Es una sorpresa, dice el curador. Es un Botero difícil de imaginar, que tenía otras preocupaciones, pintaba figuras delgadas. Era experimental, curioso, buscando su particularidad, con cambios constantes. Christian describe la exposición como novedosa, porque es una nueva mirada en su producción, que va a complementar la forma en que se reconoce. Era otro, a su manera.

Por supuesto que hay muchas acuarelas. Es la época de la escuela antioqueña que se expresa en esa técnica. Hay dibujos y un poco más hacia el 52, óleos y pinturas.

Hay ilustraciones. Botero trabajó para EL COLOMBIANO, de ilustrador.

–Estaba yo un día en el Café La Bastilla con mis amigos –dijo en la entrevista de 2012–, a donde íbamos en ese momento, y leí que iba a salir el Suplemento Literario y que el director iba a ser J. Mejía Mejía, que era un famoso columnista de EL COLOMBIANO a quien conocía personalmente porque era muy amigo de Ciro Mendía, el poeta, y yo era muy amigo del hijo de Ciro. Me fui para donde Jota y le dije: mire, yo soy pintor y quiero ser ilustrador del periódico. Me dijo, aquí hay un poema de Mendía, mira a ver cómo lo ilustra. Hice un dibujo y Jota me dijo, está bien, está bueno, te lo publico. Después me dieron otros poemas y fui ilustrador durante varios meses. Además, me pagaban por hacer eso. Yo estaba pagando mi internado en Marinilla, después de que me echaron de Bolivariana, con lo que me pagaban por las ilustraciones. Como ves, mis primeros ingresos fueron con EL COLOMBIANO.

Hay más anécdotas de esos primeros años, que cuentan cómo inició: Para Botero había un pintor español que se llamaba Carlos Ruano Llopis que era, para él, el Miguel Ángel o el Rafael de esa época. El joven pintor los copiaba en acuarela y los vendía, aunque, contó también en 2012, que eso de vender era solo un decir. En esa época estaba el almacén de Rafael Pérez, donde se compraban las boletas de las corridas. Él fue, llevó las acuarelitas, le dijo que las pusiera en su vitrina y luego pasó casi todos los días sin que se vendieran. A los seis meses faltaba una: se la habían llevado por dos pesos, que eran dos dólares, que era, recordó el maestro, un montón de plata. Un mundo completo. Ese fue el primer cuadro que vendió en su vida.

Y ese también es el Botero de los primeros años.

Para Camilo Castaño, asistente de curaduría del Museo de Antioquia, en esos trabajos se nota una potencia muy grande, no solo en el volumen que lo caracteriza, o en el sentido de la monumentalidad que se encuentra después, sino en la expresividad de los colores, de la mancha, de las pinceladas, que son muy distintas al Botero reconocido de ahora. Hay una gran experimentación, cada obra, sigue él, es una nueva forma de crear una pintura. Cada obra, todavía habla él, es en sí misma una sorpresa.

Porque los temas son los tradicionales: bodegones, desnudos, alusiones a la historia del arte. Están su viajes, esos artistas que conoce, Italia, Alemania, Nueva York. En las obras, precisa Camilo, se nota todo: son de transición.

–Creo que hay un interés por experimentar –comenta Christian. Desde el principio hay una intuición que lo va a llevar al volumen, pero que va a sufrir distintos cambios antes de encontrar su lenguaje personal. Es una producción bastante ecléctica, no está casado con ningún estilo. Hay cambios tremendos. Cuando viaja a Europa la paleta de color se vuelve más apastelada y cuando va a México es explosiva, y cuando va a Nueva York la pincelada es bastante expresionista.

En la obra de Homenaje a Mantegna ya empieza a verse a ese Botero de los grandes volúmenes. La pintó cuando estaba en Nueva York y es de sus periodos más expresionistas. Es monumental.

–La pincelada es muy distinta, la relación entre el fondo y las figuras todavía es muy simple –explica el curador asistente. Ya está constituido lo que es él, pero todavía no es reconocible para muchos.

–Es una obra clave –continúa Christian– porque es la consagración de un estilo en plena búsqueda.

Y así. En esa exposición, en esos dibujos y en esas ilustraciones y en esas pinturas que poco se parecen a las de ahora, está el maestro Botero cuando tenía 16, y un poquito más. Hasta los 31.

$!La exposición muestra cómo era la obra del artista en sus primeros años. Foto: Colprensa
La exposición muestra cómo era la obra del artista en sus primeros años. Foto: Colprensa
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