La lista es tan larga que don Heriberto Vargas no se la sabe toda. Hay aromáticas, legumbres, árboles frutales y ornamentales como guayacanes, y hasta una ceiba. Ya está pensando en sembrar unas semillas de maíz que le dieron en una visita. En el Parque Biblioteca Presbítero José Luis Arroyave San Javier, la huerta –que es grande, de casi todas las escaleras que van hasta el metro– es lo primero que se ve si se viene desde abajo.
Se acercan las doce del día y los voluntarios siguen removiendo la tierra, remojando, yendo de acá para allá. Son voluntarios y van los miércoles de 10:00 de la mañana a 12:00 del mediodía, pero es horario flexible. Un joven de uniforme de colegio saluda a don Heriberto, que le dice que si lo abandonó, casi es hora de irse almorzar, y él dice que no, que ahí está listo, y se quita el morral y empieza. “Es que un minuto que le dediques está bien”, cuenta el señor, que es visitante del parque, no se acuerda desde cuando, pero calcula siete años. No muy lejos del 31 de diciembre de 2006, cuando se inauguró el San Javier.
Que hay que preguntarle, indica, por lo que no hace, porque él está en la agroteca, que es su proyecto favorito, y en los Vigías del Patrimonio y en Los abuelos cuentacuentos, aunque se inscribe en lo que va resultando. Va a diario, que en la casa le dicen que le van a pasar la cama.
Personajes como don Heriberto, que no hay que dejarlo hablar porque ahí se queda, advierte él mismo, hay varios que tienen de segunda casa al parque. Ómar Pulgarín, técnico de biblioteca, lo sabe bien. Durante el Mundial se les ocurrió transmitir los partidos y durante el entretiempo él les contaba una historia de los equipos, del lugar de dónde eran, y gustó tanto que a lo largo del año fueron varias veces las que lo pidieron otra vez.
Hasta que un usuario ayudó a definir el sitio, planearon, llamaron a otros, y el 31 de enero empezaron las Tertulias Eclécticas en las que hablan de casi todo y comparten conocimientos, porque hay antropólogos y hasta un filósofo. Alguien expone y luego conversan. Iniciaron cada quince días, con cinco personas, pero tan no les alcanzó el tiempo que ya se reúnen cada ocho, van en 15 integrantes, incluyendo jóvenes, y a veces se encarretan tanto que Ómar debe cortar, porque sigue otra actividad.
Si de fidelidades se trata, en el José Luis Arroyave se escribe. Varios años lleva ya el Taller de escritura creativa Álgebra de estrellas, con dos libros publicados y una cita ineludible. Andrés Delgado, gestor de lectura y escritura, explica que es una tradición y fortaleza del parque. Además de escribir y leer, sigue él, creen en implementar la palabra conversar.
Por eso es que hasta tienen una sala especial para la literatura y, en el recorrido por los vagones de la biblioteca –el diseño se inspiró en los vagones del metro– hay varios lugares, varios halls, para sentarse a leer o a conversar. Es en esa sala donde hacen énfasis en la colección de escritores antioqueños, comenta el gestor de lectura y escritura, por un interés de acercarse a los autores propios, y no solo a los reconocidos, sino además a los nuevos. Entonces hacen las tertulias literarias en las que invitan a los escritores a sentarse a charlar con los lectores.
También salen de las paredes del parque. Con los abuelos cuentacuentos, que son voluntarios, se van a los centros infantiles de los barrios. Se ganan varios abrazos y la exigencia de los niños: no les pueden llevar el mismo cuento. Igual van a los colegios, porque la idea es que no todo se haga en los vagones, que se llegue hasta donde está la gente, y antojarlos de lo que pasa adentro.
Por eso cuando Andrés llega donde los más pequeños les pregunta que si se saben de dónde viene. A veces saben, pero él les dice que ¡de un lugar mágico!
Tan mágico que en el Ágora, que está en la entrada desde la parte de arriba, los grupos se reúnen. La música es fuerte en la comuna, y ahí estaba bailando hip hop un grupo de jóvenes, moviéndose como si no tuvieran huesos. Imagen que es cotidiana allí.
Que la comunidad se apropie del espacio es una de las tareas, señala Marian Montoya, gestora de servicios bibliotecarios. Afuera, cerca a la huerta, sembraron entre todos unas casitas para pájaros, y este año, desde febrero, abrieron un salón de lenguaje de señas y braille, donde personas sordas y ciegas aprenden y les enseñan a otras que no lo son. Intercambio de conocimiento. En la sala virtual infantil experimentan desde juegos hasta construir robots.
La comunidad es muy activa. Don Heriberto expresa que “aquí es el parche más especial. Aquí dicen vamos y todos trabajamos sobre esa idea. Esa camaradería es lo que hace que esto funcione”. Y que sean felices y sueñen juntos. Él anda escribiendo al Lado de la fonda del abuelo Kike –como bautizó a su casa de pájaros–, dos palabras en flores. Paz y bien. Un parque en el que se viaja en compañía.