Carlos Mario Mena todos los días –luego precisa que casi todos– va al parque biblioteca Manuel Mejía Vallejo, dice, que porque allí se divierte más. Tiene 12 años, y en la mañana va a la escuela y luego al parque, después de caminar, eso cree, media hora desde su casa. Va solo y luego se encuentra con otros amigos, que también van todos –o casi todos– los días.
Él con sus crespitos cortos y negros pasa el tiempo en la sala infantil. Entre el computador, leer y hacer actividades se le pasa el tiempo. A veces –menos que más– hace las tareas. También le ayuda a Laura Correa, técnica de biblioteca, a organizar los libros. Él y sus amigos ya saben cómo ubicarlos –”como ellos tienen unos números”, explica él– y antes revisan que el pin haya quedado activado y, por supuesto, que suene. Que suene es lo que les causa risa.
De los niños que van a diario, entre la mañana y la tarde, Laura cuenta unos 15. Ya los conoce y sabe quién faltó y quién no ha vuelto. Son como su club de fans.
Al lado de la sala infantil está el cuarto de exposiciones a un lado y la sala mediática –para grandes y para niños, con 35 computadores–, en el otro. Natalia Espejo, directora del Manuel Mejía, señala que aunque en el parque hay presencia de niños, jóvenes y adultos, los adultos son más.
El 23 de julio de 2012 se abrieron las primeras puertas del parque biblioteca. Las segundas quedaron en los planos y ahí siguen, porque en este tiempo hubo un cambio de planes. Donde se iba a construir el segundo brazo del parque biblioteca será, desde julio, cuando se empiece a construir, una de las casas de la música que tendrá Medellín.
No está muy lejos de lo que quería la comunidad, comenta Natalia. Cuando la mesa de trabajo pensó en el parque no solo definieron que querían el nombre de un escritor, sino también un lugar cultural, que no tenían antes, que tuviera además un espacio para una de las vocaciones de la comuna 15, la musical. Serán dos espacios amigos, aunque administrados independientemente.
En el camino de la sala infantil a la de adultos está la zona de préstamo y las oficinas. Luego el lugar para los libros de grandes, con las mesas y uno que otro lector que no se inmuta ni con los gritos de los pequeños del otro lado. Hay, además, una esquina para los autores locales y otra para la comicteca que empezó hace un mes. Hugo Ruiz, técnico de biblioteca, explica que es una de las primeras que hay en los parques bibliotecas y que antes tenían cero materiales y ahora hay 115.
Al fondo, la sala Mi barrio, con la información y los libros locales, y donde esperan se reúnan los líderes a pensar sus barrios.
Salir de ese primer bloque es encontrarse con una manga a la que de cerca no se le ve el horizonte. Ahí es donde quedará la casa de la música. Aunque no les preocupa quedarse sin lo natural. Atrás tienen otro patio, igual de grande, para sentarse a leer, o para las mascotas.
El corredor continúa con los salones de préstamo, en los que se puede pintar, hacer danza o reuniones. Hasta lo que va de 2015, ya han pasado por ahí, más o menos, ocho mil usuarios.
Que la comunidad vaya al Manuel Mejía, expresa Natalia, ha sido un trabajo de convencer, mostrar y encantar. Un reto, porque el parque está más cerca de la zona industrial, que de la de vivienda. Al principio les tocó ir a la calle, ahora, la gente ya conoce y llega, sabiendo que los proyectos que salen de allí son para ellos y buscan incidir en su vida comunitaria. El parque hasta acompaña el plan de desarrollo local.
“Poco a poco –sigue ella– hemos logrado que nos quieran mucho”. Lo supieron el año pasado, cuando celebraron el cumpleaños y la comunidad fue llegando con regalos. Unos cantaron, otros llevaron sus poesías.
Hay proyectos que los incluye. Fabrica de ideas, por ejemplo, donde se propone a la comunidad compartir sus saberes. Ahí es donde los artistas locales tienen espacio para su trabajo e incluso quien quiera puede compartir las innovaciones caseras.
Porque si hay un interés, es el de proponer. Hay talleres creativos y para aprender idiomas, también para tecnología y experimentación. Pasan de un grupo de energía solar a otro de material reciclable.
Y ahí van, en ese brazo que los arquitectos diseñaron pensando en el sonido y sus ondas –cerca está el aeropuerto, había que bajarle al ruido– y en el origami. En la esquina, Gardel está en varios colores, dibujado en líneas de grafiti. Al frente está el monumento al tango. Es la esquina del tango y del grafiti. Casi la primera en saludar.