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El inodoro: vital pero vergonzante

El inodoro, elemento básico de la vida civilizada, no es tan común.

  • ilustración Esteban parís
    ilustración Esteban parís
23 de noviembre de 2014
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¿Por qué será que cuando a las personas, en su mayoría, se les pregunta, cuál es su parte favorita de la casa, se apresuran a responder: “la cocina”, “mi habitación”, “la sala”, pero nunca: “el baño”?

¿Será que con este lugar, en el que solo el espejo nos mira con ojos indiscretos desde un privilegiado sitio desde el cual lo domina todo, sufre de alguna estigmatización, como sucede con los órganos del cuerpo protagonistas en esos espacios cerrados?

Un pudor se tiende como un velo ante quienes no quieren hablar de eso. De aquellos que encuentran en los sanitarios un tema indecoroso, casi obsceno, al que poco o nada se debe aludir. Y si lo hacen, ¡virgen Santa!, lo hacen con eufemismos, que para eso hay tantos.

A pesar de que nada nos conecta tanto con el animal, con la Naturaleza que ese lugar, pues allí somos iguales a la bestia. Y nos hace conscientes, vanidad aparte, de que acaso somos algo más que un saco de malos olores, desde la impotable reina Isabel, pasando por las apetecibles modelos de calendario, hasta el último fulano en ingresar a la lista de los miserables.

Y, bueno, tampoco hay sitio en que podamos ser más humanos que allí, pues en los tiempos que corren, solo en la segura intimidad del baño podemos expresar nuestra rebeldía, sin riesgos de que nos corten la cabeza de un tajo. En ese sitio jamás nos cobrarán caro la autenticidad y el librepensamiento.

Cuentan que los primeros inodoros, al menos de los que se tiene noticia, datan de la Creta de hace 4.000 años. En el palacio de Cnossos había una especie de sitio así, cerrado, donde la gente se refugiaba a... con cuál eufemismo mencionarlo... ah, ya sé, de la manera en que lo hacía Félix Lope de Vega y Carpio: a descomer, que según el diccionario de la Real Academia de la Lengua significa “exonerar el vientre”. Pues bien, como decía, los cretenses de tiempos minoicos tenían la noción de aislarse para descomer.

Al parecer, usaban algas para limpiarse.

Sin embargo, ese bendito desagüe como automático del que gozamos hoy, que aleja de uno lo indeseable como por arte de magia (hasta que en el momento menos oportuno se daña el condenado mecanismo), no entró a funcionar sino hasta hace dos siglos. Antes de eso, cuenta la cochina historia, orinales y retretes debían vaciarlos en el espacio público. Pero eso sí, los estercoleros advertían previamente que habrían de hacerlo.

En la película El nombre de la rosa, basada en la obra homónima de Umberto Eco, hay una escena así: por una altísima ventana trasera de la abadía, los monjes dedicados a la limpieza arrojaban al abismo que se hundía al pie de la edificación, baldes y más baldes de hediondas excrecencias, las cuales rodaban montaña abajo, haciéndoles perder el verde característico a los campos.

Fiesta

Hoy, ese aparato, el sanitario, que creemos tan común, parece que no lo es tanto.

El jueves anterior, cuando el mundo o parte del mundo, celebró el Día Internacional del Retrete, la Organización de Naciones Unidas informó que más de 2.500 millones de personas en el planeta, no usan el flamante trono. Y que en la India, unas 800 millones de personas hacen sus deposiciones, ay, en cualquier parte.

Yo sí decía: esa túnica que visten los hijos y las hijas de Idra, Shiva, Brahama o Vishnú, oculta de los ojos del resto de la gente inciertas y extrañas actividades, cuando de pronto el sujeto detiene su andar, se acuclilla a un lado de la vía pública y pone ojos entornados hacia el cielo como si elevara una plegaria. Todo lo cual con la misma naturalidad con la que se agacha algún otro mortal del país asiático a quien Krishna haya bendecido con la buena suerte de encontrarse una rupia.

¿Letrina, retrete, bidet?

En nuestro medio, la evolución del sanitario es notoria. De las letrinas y los retretes, pasamos a los inodoros y tasas de baño. Letrinas se les dice al sitio que carece de tasa y las personas deben acuclillarse sobre un hueco que queda en medio de sus pies y... bueno, ya saben el resto. Y el retrete, según el diccionario, algún diccionario, viene de la palabra retirete, que quiere decir “un poco retirado”, pues se trataba de un local que construían más bien alejado de la casa para que no llegaran los hedores a esta. ¡Fo!

Primo hermano del sanitario es el bidet o bidé. Este nombre de origen francés se usa para designar esas tasas que lanzan chorros de agua al revés, de abajo arriba, como las ballenas, para los lavados genitales y anales.

Según el ingeniero Bernardo Uribe, en el Valle de Aburrá estos los usaban hace muchos años, casi cien, en las casas grandes en las que había espacios para todo. En construcciones muy viejas, nos ilustra, uno de pronto encontraba un enorme cuarto de baño con las dos tasas, la del sanitario y la del bidé, una al lado de otra. Hoy, explica, este artefacto difícilmente se encuentra en hoteles y moteles.

“No. Nunca he diseñado una casa, ni un hotel, ni un negocio con bidet”, cuenta Raúl Betancur, arquitecto. “Eso no se usa. Ni siquiera en las construcciones muy grandes, que tienen espacio suficiente”.

En cambio, en países europeos y del Cono Sur, como Argentina y Uruguay, tal accesorio es vital. Infaltable. Usado, pues, para los lavados genitales, también lo utilizan en lugar del papel higiénico.

Emanuel Constantinos Zerbos, paisano de Lionel Messi dedicado a la reportería gráfica en El Colombiano, reafirma esta idea. Dice que, en efecto, es tan común la existencia del bidet en su país, que no solo en las casas y los hoteles, sino también en los bares, los cuartos de baño tienen las dos tasas. O lo que es tendencia últimamente: el mismo sanitario está dotado de una tubería anexa que vierte los chorros para el consabido lavado.

“Sho no sabía que aquí, en Colombia, no se usaban —me dice como cantando—. Me enteré de eso al shegar”. Y el che comenta que, aunque, al principio, echó de menos el accesorio aquel, “sha me acostumbré a no tenerlo”.

El médico Emilio Restrepo cuenta que algunos amigos le han salido con este cuento: que después de ir al retrete, al inodoro, al wc, en vez de usar papel higiénico, lo mejor es darse un baño completo.

¡Puf! Paremos ya con esta hediondez.

mil años hace que en Escocia ya usaban un término parecido a “cuarto de baño”.
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