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¿Por qué ir al Centro de Medellín?

El Centro, ese entramado colorido y diverso, es un lugar que polariza opiniones: seduce o disgusta.

  • El Centro, ese entramado colorido y diverso, es un lugar que polariza opiniones: seduce o disgusta. FOTO Jaime Pérez
    El Centro, ese entramado colorido y diverso, es un lugar que polariza opiniones: seduce o disgusta. FOTO Jaime Pérez
El encanto del Centro de Medellín, empezar a habitarlo

Del Centro dicen muchas cosas: que tiene edificios bellos, que en él confluyen personas de todas partes, que hay arte, que tiene teatros y universidades, que hay mucha gente, que hace calor, que roban, que hay que agarrar bien el bolso y no hablar por celular, que va de afán, que está sucio. Cosas buenas y malas, de verdad, y de mentira también.

Los centros de las ciudades son referentes. ¿A dónde ir de primero? A la mitad, o por lo menos a ese espacio que se llama la mitad.

Para muchas ciudades del mundo, el Centro es fundacional. Ahí empezó todo. A pesar de que Medellín empezó en El Poblado, se trasladó pronto a esta zona y floreció con rapidez y vigor. El Centro implica que ahí es donde se desarrollan con más intensidad las actividades de una sociedad, económicas o sociales. Son puntos de encuentro, con estructuras, por lo general, que hacen una conexión con el pasado.

Este sector, dice Pilar Velilla, gerente del Centro de Medellín, “es el lugar en donde la ciudad echó raíces, por lo tanto es el punto de encuentro natural de los ciudadanos. Ir al Centro a callejear, sin romanticismos o con ellos, a vivirlo con sus atributos y defectos. Allí está buena parte de la institucionalidad, del comercio, de la cultura, de la banca. De la historia”.

También se refleja allí el desarrollo de la capital antioqueña. De ahí la urbe se ha extendido al occidente, al oriente, al sur y al norte.

María Ximena Colaveda, coordinadora de Urbam, explica que es el alma, ahí estuvieron las empresas más importantes y empezaron universidades como la de Antioquia, y añade que hasta mediados del siglo XX funcionó el ferrocarril y en el Centro estaba todo: transporte, alimentos, movilidad, educación.

En Junín, por ejemplo, vivió mucha gente, y era una calle que tenía espacios culturales, de espectáculos, de gastronomía y también algunas empresas que le daban vida. Existían incluso el verbo juninear.

Juninear fue un verbo que surgió a mediados del siglo pasado. Definía la acción de muchas personas que llegaban a esa vía, de moda en aquellos tiempos. Los salones El Ástor y Versalles eran frecuentados por intelectuales de esos tiempos —y de estos—. Gonzalo Arango llegó a tales sitios. En la novela Esteban Gamborena, de Arturo Echeverri Mejía, hay alusiones a este asunto. Juninear también era ir a vitrinear y a comprar. Siempre ha habido almacenes de zapatos, ropa, libros y joyas... O pararse en una esquina a piropear a las muchachas.

Eso era de otros tiempos. Ahora en esta carrera hay más que una oferta lúdica, una comercial. Ello demuestra la dinámica del centro, la del uso del suelo y la relación de la gente con este espacio de Medellín. No porque no siga yendo gente, no, sino porque el antes es distinto al ahora.

La coordinadora de Urbam expresa que uno de los factores para que el Centro cambiara y perdiera cierto valor, o que compartiera el protagonismo con otros sitios, fue que las empresas se fueron hacia El Poblado. “Ya la gente no siente la necesidad de ir al Centro”.

¿Recuperarlo?

Algunos hablan de la urgencia de recuperarlo. Sergio Restrepo, director del Teatro Pablo Tobón, quien ha organizado eventos como Días de Playa y Caminá pa’l Centro, señala que no hay que hacerlo, porque no se ha perdido, no se lo han robado y aún está vital.

Se trata, sobre todo, de habitarlo y apropiárselo y de que la gente no solo vaya a trabajar o a hacer una vuelta. “Hay que venir sin que haya una razón. Porque vengo a teatro, a un concierto, a caminar o a tomarme un café. Que el Centro sea un punto de encuentro”.

Esta zona es activa de día, pero no de noche. La dinámica es distinta. De El Palo hacia el Occidente, por esos lados de la Oriental y de El Hueco, el día es ajetreado: gente que entra a los almacenes, va con paquetes, mientras los vendedores listan sus ventas a gritos. De El Palo hacia el Oriente, en cambio, es más silencioso y menos transitado. Hay más edificios de apartamentos.

De noche, los papeles se trastocan. La primera parte mencionada es sosegada, con los almacenes cerrados. Solo se ven los vigilantes haciendo rondas. La segunda, por los teatros y el Parque del Periodista, se hace bullosa, tiene más vida. Hay bares y sitios de recreación y cultura abiertos. Parecen dos lugares distintos.

¿Por qué algunas personas no van a este territorio? También hay miedo. Ha circulado la idea de que es inseguro. Pilar Velilla expresa: “es tan seguro o tan inseguro como cualquier Centro del país o del mundo. Nuestro Centro se transforma a lo largo de las horas. Al amanecer unas puertas se abren mientras otras se cierran y los actores cambian. Sabemos que al igual que otras ciudades, concentra la mayor incidencia de delitos, pero al mismo tiempo es el espacio más cuidado de la ciudad y como en cualquier lugar hay que tomar precauciones”.

Por supuesto, cada quién habla desde su perspectiva. Sergio comenta que no le han robado. Incluso estaba en La Minorista con el celular en la mano. No dirá lo mismo quien haya perdido el bolso.

El fotógrafo Juan Fernando Ospina, que tantas veces ha retratado este lugar y es el director del periódico Universo Centro, indica que hay personas que lo viven, como él, y otras que lo han abandonado, sin quererse “untar”.

“Dicen que es peligroso. Creo que es un espacio con mayor densidad poblacional y, por eso, refleja más las distintas problemáticas de la ciudad. Estamos en una urbe donde hay crimen e ilegalidad. En el Centro se nota más. Con sus problemas, es un lugar muy atractivo”.

Algunas instituciones se han ido a la periferia, por distintos motivos. “Por supuesto, se extrañan —expresa María del Rosario Escobar, directora del Museo de Antioquia—. Uno pasa por sitios donde estuvieron y lamenta que se hayan ido, pero otras permanecen y llegan algunas más a aportar con su diferencia a ese entramado complejo”.

El encanto

Habitar el Centro es entonces la clave, no para recuperarlo, sino para descubrir sus atractivos y mejorar sus debilidades, como la contaminación, el ruido, la inseguridad. En cuanto al caos, cada quien lo disfruta o lo repudia, según sus gustos. No obstante, reconocer lo negativo, no quita mirar sus encantos.

“Es un espacio único —sostiene María del Rosario—. En ninguno otro se reúnen, de manera tan contundente, el pasado y el presente. Basta con mirar su arquitectura, para entender de qué hablo. Presenta una rica oferta cultural, gastronómica, comercial... Hay un continuo cambio de uso y de estéticas que merece ser visto y requiere apoyo para su preservación”.

Un ejemplo de ese encuentro del presente con el pasado se aprecia en la esquina de Ayacucho con la Plazuela San Ignacio: el tranvía, recién inaugurado, contrasta con la edificación clásica del Paraninfo de la Universidad de Antioquia. Y no solo hay oposición en elementos físicos: los hay culturales. Por allí mismo, la asepsia y el orden de Ayacucho, la calle del tranvía, contrasta con el resto del Centro, como si la Cultura Metro se hubiera bajado del metro. Por las aceras sin vendedores ambulantes caminan estudiantes y trabajadores, sin atropellos.

En cuanto a la inclusión, la directora del museo alude a que en el millón de personas que lo recorren diariamente hay poblaciones mestizas, afro, campesinos, trabajadores, empresarios, lgtb...

“Me encanta caminar por La Playa, por Junín y en los pasajes comerciales encuentro pequeños tesoros”.

El fotógrafo lo expresa de otra manera: “El Centro tiene un gran encanto. No existe otro sector de la ciudad donde haya tantos sabores, olores, colores y diversidad de población. Precisamente, a algunos les disgusta esta riqueza. ¿Será que quisieran que fuera una unidad cerrada?”.

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