Mallas rojas, antenitas de vinil, chipote chillón, chicharra paralizadora pastillas de chiquitolina. Se murió y ahora, realmente, no hay quien pueda defendernos.
Esas cualidades tan únicas (más ágil que una tortuga, más fuerte que un ratón, más noble que una lechuga, su escudo es un corazón) lo convirtieron en un personaje entrañable, mitad héroe, mitad burla de esos enmallados personajes que llenaban los cómics por allá en los 70 antes de saltar, con toda la parafernalia del caso, a las pantallas de cine ahora en el siglo XXI. Y, sin embargo, este superhéroe latinoamericano es tan inmortal como ellos.
Si fuera a elegir un solo personaje de los creados por Roberto Gómez Bolaños me quedaba con este, con el Chapulín Colorado y su capacidad de aparecer de la nada ante el pedido de auxilio, con su inexplicable incapacidad para terminar bien un refrán y su permanente llamado a la calma: “¡Que no panda el cúnico!”.
Apareció, como muchos de los personajes de Gómez Bolaños, en los primeros años de la década del 70 y se convirtió en uno de los habituales del universo creado por ese genio latinoamericano que fue Chespirito.
En una entrevista a un canal chileno, confiesa su creador que le ofreció el papel a varios actores y que ninguno lo aceptó, para bien de él y de quienes gozamos viéndolo. Lo convirtió en un héroe porque, con todos sus defectos, sabía enfrentar los problemas y lo hacía muerto del miedo en ocasiones. “Esos, Batman, Supermán, no tienen miedo, son todopoderosos, esos no son héroes”, dijo alguna vez.
Pero más grande que el mismo Chapulín es Chespirito. Su gran legado es haber sido capaz de crear estos personajes que saltaron fronteras porque da lo mismo que uno diga “Se me chispotió” en Medellín que en Buenos Aires o Veracruz, todos sabemos que es El Chavo quien nos habla. O que digamos, ante cualquier torpeza, que “todos mis movimientos están fríamente calculados o que fue “sin querer queriendo”. Ahí está la grandeza de Gómez Bolaños, en ser tan americano como es posible, y cuando digo americano lo digo como el propio Chespirito veía esta polifacética América llena de países y no como la entendió el presidente James Monroe.
Había que verlo luego, en esos múltiples homenajes que le hacían allí donde llegaba, con esa facilidad para la lágrima ante los aplausos y los agradecimientos recogidos por cada uno de sus personajes, pagando con llanto de felicidad las muchas risas y recuerdos que creó con su trabajo.
Creo que se equivocaba Florinda Meza cuando, en la despedida del último capítulo de El Chapulín Colorado, en 1979, decía que un personaje como este “siempre tendrá un lugar apartado en la televisión”. No. Es Chespirito el que siempre tendrá un lugar apartado en el corazón de quienes lo vimos, día tras día, aparecer en la pequeña pantalla para decirnos que, al final de todo, no contábamos con su astucia.