A la derecha del presidente Iván Duque se sentó el expresidente Álvaro Uribe el pasado miércoles 7 de noviembre, en la Casa de Nariño, ante la presencia de más de 200 líderes regionales del Centro Democrático. La preocupación de todos los visitantes era la misma: la ampliación del IVA a productos de la canasta familiar.
Uribe, jefe del partido que sirvió de plataforma a Duque, quiso que fuera el mandatario el que palpara y ayudara a calmar los ánimos que ha provocado el proyecto de ley de financiamiento, porque son esos líderes lo que han tenido que padecer los reclamos de las bases y temen ser castigados en las urnas, en las elecciones para alcaldías y gobernaciones del próximo año.
Al igual que hizo con los gremios y con otros partidos, el presidente Duque les explicó las que considera las bondades de la iniciativa y les contó sobre el diálogo que abrió para buscar consensos ante los reparos que han surgido.
El mensaje implícito fue contundente: existe uribismo, no duquismo, y al ser el Centro Democrático el único partido leal al mandatario, así haya salido a rechazar el IVA a alimentos básicos, es Uribe el principal garante de la gobernabilidad y, por eso, su poder e influencia han crecido.
No fue el ocaso político
El país político hacía cálculos de que Uribe era quien le pondría la banda presidencial a Duque el pasado 7 de agosto, pero este prefirió, pese a que tenía los votos suficientes, que la presidencia del Senado la ocupara otro copartidario.
Luego de varias filtraciones, a finales de julio de este año, la Corte Suprema ordenó abrir indagatoria contra el expresidente Uribe por supuesta manipulación de testigos. Ante este hecho, anunció su renuncia al Senado pero, al final, decidió seguir activo.
En ese contexto se posesionó el nuevo mandatario, y ese mismo día Uribe fue el más ovacionado en la Plaza de Bolívar, ante el reconocimiento que le hizo el presidente del Senado, Ernesto Macías, y el mismo presidente Duque, en sus discursos.
Cuando parecía que era su ocaso político, se fortaleció su protagonismo en la escena política, que no lo ha perdido, pese a que está en el peor momento en las encuestas. Según el Gallup de agosto de este año, Uribe registró un 42 % de favorabilidad y un 51 % de desfavorabilidad.
Puso al país y al Gobierno a estudiar el posible incremento al salario mínimo, de manera extraordinaria, por una sola vez; dio de que hablar con un proyecto que prohibe que la violación de niños sea considerada como delito conexo al político; le salió adelante al presidente con el proyecto que elimina la ley de garantías; y acompañó a la Supersalud a radicar otro que le da más dientes para el ejercicio de la vigilancia.
También protagonizó uno de los hechos políticos más importantes de los primeros hervores de este gobierno: el encuentro con líderes de la oposición, incluidos sus dos principales contradictores, los senadores Gustavo Petro e Iván Cepeda, y por primera vez conversó con miembros del partido de la Farc.
El propósito de esa mini cumbre era socializar la propuesta de crear una sala alternativa en la JEP para el juzgamiento de militares, y aunque no logró su cometido, sí fue aprobada la inclusión de nuevos magistrados, de otros orígenes (no de izquierda o defensores de derechos humanos, sino cercanos a la doctrina militar), para, a su juicio, darle mayor imparcialidad a este órgano.
También, el pasado martes, movió la agenda con la radicación de un nuevo proyecto que le que otorgaría media prima más a los trabajadores que ganan menos de tres salarios mínimos. Algo similar a lo hecho en 2002 como presidente, año en el que se redujo el recargo de horas nocturnas y dominicales, pero, a contraprestación el aumento en el salario mínimo fue generoso, 8,4%. También fue por una sola ocasión, pero las implicaciones de esa reforma laboral, por el contrario, se mantienen vigentes.
Pero el poder del expresidente tuvo su expresión máxima la semana pasada, cuando se reunió con la bancada antioqueña del Centro Democrático, en Medellín, para oficializar su desacuerdo con la propuesta del IVA. Le pidió al Minhacienda revisar otras alternativas.
Aunque en ese mismo sentido se habían pronunciado ya otros gremios y partidos, sin que hubiera respuesta del Gobierno, después de este pronunciamiento el ministro Carrasquilla se reunió con el expresidente y el presidente Duque convocó a los gremios y abrió el diálogo en búsqueda de un posible consenso.
Tras concluir su encuentro con Carrasquilla, Uribe, y no el ministro, salió a defender ante la prensa las bondades del proyecto de financiamiento y a recordar el déficit con el que Duque recibió el país. Además, Uribe notificó que el jefe de la cartera de Hacienda buscaría otras opciones con los partidos para corregir esta reforma, pero para sacarla adelante.
A la postre, dio la primicia del plan de austeridad que cocinaba el gobierno vía directiva, y que apenas este viernes fue firmada por el presidente. Con esta medida se esperan ahorros por 9 billones de pesos en gastos de los altos funcionarios de la rama ejecutiva en los próximos cuatro años.
El sabio de la tribu
Hasta los más críticos del uribismo destacan la disciplina del Centro Democrático. La bancada es puntual y siempre actúa en bloque. Pero esto no ocurre por generación espontánea, sino por el respeto que le tienen al líder.
A la derecha de su curul ya no tiene al senador Duque, pero sí a la senadora paisa Paola Holguín, quien luego será también promovida a otras dignidades. Y como todos esperan su bendición para ser precandidatos, es él quien ha sugerido nombres para la Alcaldía en Bogotá. Lo propio hará en otras ciudades capitales y departamentos.
Su presencia en los Talleres Construyendo País (va a casi todos), que realiza el presidente Duque cada sábado, no ha pasado desapercibida. Llega antes del mandatario, pero le hacen un corrillo similar, acompañado de sesiones de selfis.
El mandatario ha dicho que Uribe le enseñó al país a construir a través del diálogo popular, que es uno de los pilares del Centro Democrático; y aunque tienen su propio estilo, son una evocación de los consejos de seguridad de Uribe.
Las autoridades locales, en esos espacios, lo saludan en sus intervenciones, pero también lo hace al inicio de la actividad la directora de orquesta, Karen Abudinen, alta consejera presidencial para las regiones, y luego Duque.
En el taller de Amagá, hace dos meses, por ejemplo, el expresidente intervino dos veces. Una como exmandatario y otra como senador. Se limitó a saludar a los asistentes, a rememorar anécdotas y a estimular al gobierno.
Durante el desarrollo de estos encuentros Uribe cruza datos o inquietudes con los ministros. Ellos toman atenta nota de sus preguntas o sugerencias.
Hace un mes, en otra visita del mandatario a Antioquia, ingresó junto al expresidente al coliseo del municipio de Montebello, donde tenía lugar el XXX Encuentro de Dirigentes del Suroeste antioqueño.
En el gobierno anterior Uribe evitaba cruzarse con el presidente Juan Manuel Santos en estos espacios regionales. Si el uno iba en el día, el otro llegaba en la tarde. Esta vez, el expresidente acompañó al presidente Duque en la mesa principal, de nuevo a su diestra.
¿Existe un cogobierno?
No hay que perder de vista que mucha gente votó por Duque, pese a que la crítica que hacían sus opositores de que Uribe sería el verdadero poder.
Según Juan Carlos Arenas, docente del Instituto de Estudios Políticos de la U. de Antioquia, el país está estrenando una forma “singular” de equilibrio de poderes en el que la pérdida de capacidad de decisión del presidente se da a favor de una coalición en el Congreso de la República.
Para John Fernando Restrepo, decano de Humanidades de la U. de Medellín, Duque se hizo presidente en razón de una sola cosa: el aval de Uribe. “Sin él, no estaría donde está. Exigirle que se desmarque es como pedirle a un náufrago que abandone el chaleco”.
Agregó que se ha hecho eco del espaldarazo de Uribe a la JEP y a la necesidad de mantener el Acuerdo con las Farc, y que esto es un síntoma de que las decisiones de fondo no se toman en Palacio, pero es importante el guiño del senador Uribe.
Ante este panorama Andrés Úsuga, docente de Derecho Constitucional de la U. Pontificia Bolivariana, dijo que, a pesar del excelente desempeño del senador Duque desde 2014, su recorrido y experiencia no hubiesen bastado para adelantar su campaña de forma independiente y ser exitoso.
Por eso, su Gobierno, con un alto contenido técnico, requiere el apoyo político del Congreso y, en especial desde su partido y, por supuesto, desde su líder, Uribe.
¿Podría haber ruptura?
Al ser elegido presidente, Duque no se convirtió en jefe de su partido, como ocurrió con otros presidentes. Por esta razón, en caso de una hipotética ruptura con el expresidente, distinto a lo ocurrido con el divorcio entre Uribe y Santos, los congresistas rodearían a Uribe, no como lo hizo La U, que estaba con Santos, para mantener la “mermelada”.
Y a diferencia de Santos, que edificó unas mayorías sólidas a cambio de representación en el gabinete, Duque no tiene amplias mayorías, ni estructuró su gabinete con cálculo político, por lo que pelearse con el CD sería quedarse solo en términos políticos.
Es claro, siguiendo a Arenas, que el Jefe de Estado no controla su partido y que depende de él, lo que hace muy poco probable que, en temas sensibles para el país, el presidente pueda tomar distancia ante las posiciones del CD y por el expresidente.
A esto se suma que, según Miguel Silva, politólogo de la U. Nacional, el problema de que Duque no sea jefe de su partido es que le dificulta sacar sus iniciativas en la agenda, como la reforma a la Justicia, y por eso el CD se comporta como un partido más, garantizando su independencia.
Así las cosas, pese a que se hayan presentado diferencias sobre la Consulta Anticorrupción, con algunos nombramientos y ahora con el IVA, la luna de miel entre Uribe y Duque parece, por ahora, no tener fecha de vencimiento. Es una definida simbiosis.