Antes que el amor, fue el lugar, pues se necesitan muchas casualidades -Milan Kundera habla de seis en su novela La insoportable levedad del ser- para que dos personas coincidan en el mismo sitio en el preciso instante.
Ezequiel Benjumea, sin embargo, nunca ha hecho esas cuentas. El único cálculo exacto que guarda en su memoria es que llegó a la esquina de la carrera Bolívar con la calle Colombia hace 22 años como vendedor de mangos y que fue allí donde conoció a Libia Isabel Osorio, también “manguera”, a quien años más tarde convirtió en su esposa.
De esta historia de amor hay una testigo excepcional: La Gorda del parque Berrío o Torso de mujer, como llamó el artista Fernando Botero a esta escultura a la que nadie en Medellín identifica con el nombre que él le puso.
-Cuando yo llegué acá tenía 10 años, me tocó trabajar desde niño pa’ayudarle a mi mamá-, dice Ezequiel, con 32 años y siempre dedicado al mismo negocio.
La Gorda, que fue instalada junto a la fuente del Banco de La República en 1986, se volvió testigo mudo de los coqueteos de Ezequiel y Libia Isabel. Solo que inerte y sin cabeza, a la escultura, de 250 kilos de peso, le sería imposible contar los pormenores de ese amor que surgió entre el bullicio de los caminantes, el ruido y el smog de los carros y el delicioso olor a mango que salía y sale de las casetas de ventas de esta pareja de enamorados, que hoy sigue trabajando junta.
Ezequiel sabe el significado de esa historia:
-La Gorda es la escultura que mejor cuenta la historia del Centro, a mí me toca explicarles a los turistas todo ese cuento, y no crea, así pase el tiempo, la gente sigue encontrándose acá, porque es el mejor sitio de referencia, especialmente de los que no conocen mucho el Centro, porque cualquiera la identifica fácil.
Juan Ramiro Cifuentes, taxista, afirma que La Gorda debe estar llena de plata, pues en el punto de la vagina hay una ranura por la que muchos echan monedas y piden milagros. ¿A cuántos les habrá hecho alguno? Mientras lo dice, Juan Ramiro cae en la cuenta de un detalle en el que a lo mejor muchos no reparan:
-Ahora veo que no tiene cabeza, deberían ponerle la de la Gorda Fabiola, de Sábados Felices, pa’que quede completa-, apunta y suelta su carcajada. El escritor antioqueño Darío Ruiz Gómez dice que a La Gorda se la tomaron las empleadas del servicio de Medellín, la mayoría afrodescendientes, para encontrarse con sus enamorados los fines de semana.
Pocas cosas tienen la carga de nostalgia de una ciudad cambiante como Medellín, cuyo Centro es de los lugares más intervenidos por el urbanismo. Y en esa orgía de transformaciones, que parecen nunca parar, hay costumbres que no se van porque están en el alma y la cultura de los ciudadanos, entre ellas, los sitios de encuentro, allí donde las personas se ponen las citas.
Darío Ruiz Gómez señala que Junín, en los años 50 y 60, era el lugar de encuentro de los “cocacolos”, jóvenes paisas que, vestidos de mocasines, medias a cuadros y pelo engominado, imitaban a sus coetáneos gringos.
-Junín era para exhibirse, era la imitación de una calle de las ciudades gringas y había un bar que se llamaba Miami, donde todos confluían. Después surgieron el café Versalles, donde se citaban lo nadaístas, y el Ástor, donde podían entrar mujeres y muchachos-, recuerda Ruiz Gómez.
En 1972 se inaugura el edificio Coltejer y sus escaleras se fueron convirtiendo en el punto ideal para ponerse citas. Así lo ha hecho por décadas León Monsalve, pintor de profesión y quien a sus 60 años, no ha perdido la costumbre.
-Mi primera novia y yo nos citábamos acá. Pero el amor no prosperó. Ella se fue a Nueva York y yo me casé con otra, pero estas escalas sí me la recuerdan mucho-, afirma.
Dice que la seguridad y la tranquilidad han sido dos motivos para que la gente se siga citando en este lugar, tanto hacia el lado de Junín, donde están las escaleras eléctricas, como hacia La Playa, donde hoy se ubican decenas de personas a repartir papelitos que ofrecen préstamos de dinero fácil y al instante. Y artesanos.
Por muchos años, antes de que el sector El Hueco tomara auge, el circuito de calles entre Junín, Sucre, Palacé y la Oriental constituía el referente principal del Centro.
En 1979, la inauguración de la avenida Jorge Eliécer Gaitán, conocida como la Oriental (antes era una vía sencilla y estrecha, en nada parecida a los ocho carriles que tiene actualmente) coincide con la apertura del Camino Real, el primer gran centro comercial del Centro, que se convertiría en otro referente para los ciudadanos. Y fue en sus afueras, precisamente, donde más surgieron historias.
Una de ellas, entre miles o millones, la cuenta Edwin Alonso Tamayo, de 55 años, a quien se le asoma el sol en los ojos cuando evoca “aquellos tiempos”.
-Yo tenía 18 años y mi esposa (Gloria Amparo Tangarife) 19 cuando nos citábamos acá para ir a cine, a comer o caminar por el Centro. Las escaleras del Camino Real nunca dejarán de ser un referente para Medellín-, asegura.
Si bien aspectos como la inseguridad, la llegada de centralidades y las estaciones del metro les han robado un poco de protagonismo a varios sitios como puntos clave para encuentros ciudadanos, Edwin insiste en que nunca se irá para siempre d e este lugar.
-Aún me encuentro con amigos o familiares acá para ir de compras, a caminar o hacer alguna vuelta. Acá compraba yo mis tenis de marca-, recuerda, sumergido en la nostalgia.
Pilar Velilla, gerente del Centro, advierte que no existe una ciudad que no tenga un centro, “el lugar en donde comenzamos a ser ciudad y al que volvemos siempre”.
Y recalca que el Centro de Medellín no escapa a esa condición de ser punto de encuentro ciudadano.
-Por generaciones, los medellinenses nos hemos encontrado en cafés históricos, en esquinas, parques, en lugares como la Calle Real, hoy llamada Boyacá, el atrio de la Candelaria, el café La Bastilla o el bar Ganadero-, que son marcas de ciudad que cambian con ella.
Menciona que las escaleras del edificio Coltejer se convirtieron en referente para citarse con alguien y es como si el viejo Teatro Junín, que existió en su lugar, conservara su vocación de epicentro de ciudad. Si bien la avenida Oriental carga con el estigma de haber demolido parte del pasado arquitectónico de Medellín y de haber separado a Prado del Centro, también tiene su valor para la urbe.
-Es un lugar que para muchos es sinónimo de fácil encuentro-, afirma Pilar.
Según su visión, el cambio de nombre de Torso de mujer por La Gorda no es más que un fenómeno que revela una hermosa apropiación del patrimonio citadino por parte de sus moradores. En suma, pura poesía urbana, de esa de la que Medellín jamás escapa.