Cuando Wílmar Osorio dijo que la aeronave que se accidentó con el equipo Chapecoense -saldo de 71 muertos- tenía previsto regresar a Brasil después del partido en Medellín, y luego retornar a Colombia por Nacional para el juego de vuelta, un nudo en la garganta interrumpió su relato.
Por la cabeza del utilero del conjunto verdolaga pasaban muchos pensamientos de lo que fue y pudo ser. El recuerdo de los integrantes de la tripulación que ya eran amigos, pues el conjunto antioqueño viajó con ellos, en el mismo avión, a los partidos contra Cerro Porteño en Asunción de Paraguay y Bolívar en La Paz, Bolivia, de la Copa Suramericana.
Entre las líneas de negocios de la compañía boliviana LaMia está el transporte de delegaciones deportivas, como lo hizo hace 19 días la Selección de Argentina para el duelo frente a Brasil, también en la aeronave CP2933, que colapsó la noche del lunes en el municipio de La Unión, al oriente de Medellín.
En el exterior de la parte delantera y la mitad de la nave siempre ponen el escudo del club que transportan, además de una decoración especial en el interior. “Me desperté llorando, esto es demasiado duro”, contó el popular Niño, quien acababa de retornar de Guarne, donde el plantel estaba convocado desde el día anterior para el entrenamiento.
Encuentro triste
Aunque la tragedia se conoció en la víspera, luego de la confirmación del presidente Juan Carlos de la Cuesta, que casi a la medianoche visitó el sitio del accidente en compañía del alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez, el cuerpo técnico mantuvo la cita.
Sin embargo, ayer nadie quería hablar y menos entrenar. Hicieron una oración y hasta sugirieron ir con todo el equipo al sitio del accidente. Al final, cayeron en cuenta de que podrían afectar las labores de rescate. Más tarde los directivos delegaron a los médicos, al gerente deportivo y los demás profesionales de salud ocupacional de la institución para que visitaran los heridos y se pusieran a sus órdenes.
Ni los muchachos de la Sub-20 tuvieron ánimos y fuerzas para practicar. Todos en el club eludían el tema deportivo, pero cuando Wílmar supo que Nacional le pidió a la Conmebol otorgarle el título de la Copa Suramericana al Chapecoense, asintió, levantó su mirada al cielo y señalando con su índice derecho dijo: “Los campeones están en el cielo”.
Su dolor y tristeza era el mismo del técnico Reinaldo Rueda y su grupo de trabajo. De los dirigentes y empleados que se multiplicaron para colaborar con los familiares de las víctimas. Llamaron una intérprete (Cristina Luna) para responder cientos de mensajes y llamadas. “Esto golpea fuerte, es desgarrador y solo se siente impotencia y tristeza. La solidaridad es absoluta”, coincidieron los comunicadores Ramón Pinilla y Mario Cadavid.
La secretarías y asistentes, que esperaban un día agitado previo al primer duelo de la final, lloraban. Sintieron como propio el dolor de la tragedia del equipo brasileño.
Para el gerente deportivo Víctor Marulanda, en este momento lo fundamental es la parte humana. “Dejamos de conocer unos amigos del fútbol, no alcanzaron a llegar a su meta que era Medellín y luego regresar a competir a Brasil”.